Un manual involuntario

Por Leticia Martin // @leticiamartin

conversaciones-con-mario-levrero-silva-olazabal-ed-argent_MLA-F-4401721813_052013Conversaciones con Mario Levrero

Editorial Conejos

199 páginas / $80

Dice que no se considera entre sus autores favoritos, que hay que narrar con imágenes, que escribir no significa “escribir bien” sino estar dispuesto a lidiar con los fantasmas interiores, que usar sinónimos para ocultar la falta de elaboración es una torpeza enorme, que para corregir hay que alejarse del texto, que escribir es una forma de leer, que su literatura es existencial, que el respeto y la admiración te llegan cuando te importa un bledo lo que piensen los demás, y que, sobre todo, hay que confiar.

Mario Levrero habla sobre el acto de escribir en este libro donde Pablo Silva Olazábal organiza las conversaciones que mantuvieron vía mail entre 2000 y 2004. Esa “relación escrita” que empezó en un taller virtual duró hasta la muerte de Levrero. Si bien los autores se encontraron personalmente alguna vez, la relación que mantuvieron fue mediada por la escritura; un poco porque Levrero a partir de 2000 entraba en su etapa de reclusión, y otro poco, tal vez, porque escribir era su forma más querida de comunicarse.

Si bien para ese entonces Silva Olazábal ya tenía textos publicados, su actitud fue la del discípulo que indaga en el saber del maestro, “tal vez el camino que recorriéramos fuera decididamente socrático”, escribe Silva Olazábal.

A diferencia de tantas recetas y fórmulas para escribir que circulan entre talleristas y estudiantes, este libro no intenta dar explicaciones, ni se presenta como un manual, un catálogo de técnicas, o un modelo de abordaje; sino que bucea el pensamiento marginal de un autor “raro”, como fue considerado Levrero, y pone en evidencia sus ideas más radicales. En este sentido se aleja de libros más bien formativos como Ser escritor, de Abelardo Castillo, o los textos concejeros como el Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, incluso el Decálogo del escritor de Augusto Monterroso, y expone una reflexión involuntaria sobre el arte de narrar.

Escribir, para Mario Levrero, es encontrar historias que preceden al propio acto de la escritura, historias tapadas por otras que suenan a volúmenes más fuertes y que el escritor debe estar atento y poder escuchar. “Las historias ya están escritas hace siglos, o años, o apenas fracciones de segundo. Tal vez las percibís cuando llegan a la punta de los dedos una fracción de milisegundo antes de apretar las teclas”.

En este sentido, Conversaciones con Mario Levrero podría ubicarse en línea con el pensamiento de escritores como Marguerite Durás, Maurice Blanchot o Georges Bataille, quienes produjeron textos filosóficos o que exponían su relación con la palabra y -en algunos casos- hasta sus interioridades.

En su libro Escribir (1994) Duras expresaba con otras palabras ideas bastante similares a las de Levrero: “estar sola con el libro no escrito es estar en el primer sueño de la humanidad”. O bien; “hablaré de nada”, frase con la que Duras le resta valor al contenido, permitiéndose trabajar con libertad sobre la forma del lenguaje.

En relación con este tópico Levrero le contesta a Silva Olazábal en uno de sus mails: “la forma no es algo que se le agrega a un texto, como quien da una mano de pintura. La forma ES el texto; los contenidos tienen una importancia menor, y siempre se pueden transmitir por otros medios. La forma y el contenido son una sola cosa; no podés forzar una sin destruir la otra. No podés cambiar arbitrariamente de envase sin alterar el producto”.

Respecto de sus ideas acerca del acto de leer cabe la asociación entre el pensamiento de Levrero y el de Maurice Blanchot. En El espacio Literario (1955) Blanchot asegura: “quien escribe no puede leerse”. Justamente esa es la pregunta que Silva Olazábal le hace a Levrero. ¿Habría que escribir, publicar y no leerse? Sin entrar en dilaciones Levrero le responde que “la lectura del autor no coincide con la lectura de ningún otro lector”. También agrega que a menudo un libro gusta por razones muy distintas de las que el autor creía, y que el autor escribe para leer lo que va apareciendo. Levrero dice no recordar dónde leyó esa idea, pero nosotros sí podemos intuirlo. Seguramente leyó a Duras cuando dice: “escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también es la más habitual”.

Levrero habla también del “peligro de la originalidad”. En este sentido escribir no sería pensar artilugios para “parecer diferente” sino usar metáforas que provengan de un lugar genuino. “Podés pensar intensamente durante algún tiempo y sacar a relucir todo tipo de ingeniosidades, pero las más reales y convincentes vienen desde adentro, fabricadas por la percepción directa de otro cerebro, independiente del yo consciente”. De alguna manera el oficio de escribir tendría que ver con el encuentro entre el autor y su voz. Se debe “aceptar la voz que nos tocó”, anota Levrero. No se trata de aprender a hablar como el Pato Donald o Alberto Candeau, “los que luchan por fabricarse un estilo son los que no pueden mirar hacia adentro”.

Conversaciones con Mario Levrero muestra el modo en que este autor cuestionó el predominio indiscutido de la razón y se adentró sin dudar en el territorio incierto y pantanoso de la propia concepción del mundo y la escritura.

Para terminar hay que agregar que este libro, publicado en Uruguay (2008) y en Chile (2012), completa y supera las ediciones anteriores con dos cartas de Silva Olazábal, una a Francisco Mouat de Lolita Ediciones, y otra a los editores argentinos de Editorial Conejos; dos momentos donde la voz del autor se escucha más nítida y ordena ciertas ideas de un modo contundente. Por último se agrega a esta edición una serie de textos periodísticos y una entrevista a Juan Carlos Onetti en la que el joven Mario Levrero participó junto a otros escritores.

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