Un silencio menos

Elvio

Por Ana Vicini / foto: Luis Andrade

Aunque rosarino, ELVIO GANDOLFO nació en Mendoza en 1947. Narrador, poeta, excelente y dedicado traductor, se dedica también al periodismo y publicó, entre muchos otros, los libros La reina de las nieves, Parece mentira, Ferrocarriles Argentinos y Cuando Lidia vivía se quería morir. Dirigió junto a su padre, Francisco Gandolfo, la legendaria revista El lagrimal trifurca entre los años 1968 y 1976. Actualmente vive en la ciudad de Montevideo. En una de sus visitas mensuales a Buenos Aires charlamos con él sobre Un silencio menos, editado por Mansalva, donde recopila las entrevistas realizadas a Mario Levrero, el escritor, y sobre Jorge Varlotta, su amigo.

¿Cómo surgió la idea de hacer el libro?

La idea que le di a Francisco Garamona, que por suerte se animó, fue recoger todos los reportajes que había de Levrero. Está la idea un poco falsa de que él no daba reportajes. En el prólogo digo que en realidad nunca dejó de dar reportajes por más de cuatro años seguidos, digamos. Obviamente, no van a estar todos, siempre va a haber tres, cuatro reportajes que se te van a escapar. Después llevarlo a cabo nos llevó un tiempo demencial. Demoramos por taradeces nuestras, lo hacíamos un poco a medias. Garamona es un tipo muy piola, en el sentido de que trabaja mucho, como editor. Pasó en limpio muchas entrevistas, se encargó de diversas cosas. Hubo un tironeo con el título, yo le había puesto un título más bien chato, por no decir otra cosa. Él sugirió un título que a mí no me gustaba, que era La voz. Le dije: “¿Quién es ? ¿Frank Sinatra, Levrero?” Al final se le ocurrió este que a mí me pareció muy bueno: Un silencio menos. Y por fin salió, vimos el libro terminado.

¿Cómo fue el trabajo de recopilación?

Trabajoso. Por ejemplo, había uno de Enrique Estrázulas para El Día, que es el que abre el libro. Estaba en microfilm pero difícil de ver, porque caía en el lomo el texto. Al final me fui a la Biblioteca del Palacio Legislativo de Montevideo donde por suerte podés acceder al impreso, y lo copié a mano, lo pasé todo. De vez en cuando aparecían reportajes nuevos. Algunos los aportó una especie de hijo en segunda instancia que tuvo Levrero, por decirle así, que es Juan Ignacio, hijo de su mujer, Alicia Hoppe. El hijo de él es Nicolás, que vive acá. Y está Carla, que vive en Piriápolis. Juan Ignacio me dió una carpeta de Jorge, y ahi había uno de Café a la turca, una revista literaria de esas que desaparecen por completo, muy bueno, porque circula algo especial entre los entrevistantes y Levrero. Creo que en trabajos como éste con el tiempo pasa eso. ¿Viste que ahora habitualmente es al revés: todo tiene que ser rápido, estar listo pronto, sacarlo y ya fue, ya pasó? Pero cuando va pasando el tiempo se va haciendo mejor: creo que nos hubiésemos perdido cinco, seis reportajes de no haber demorado tanto. No lo hicimos a propósito, no lo podés hacer a propósito, pero ocurrió así y al final resultó mejor.

¿Cuál es tu primer contacto con Levrero? ¿Cómo lo conocés?

Viajé a Montevideo, cuando yo sacaba El Lagrimal trifurca. Era una época prodigiosa, llena de revistas literarias en toda América latina, muy interconectadas…

¿Fines de los sesenta, sesenta y ocho?

Exacto. Yo te diría que el periodo de auge, que son como ventanas de oportunidad muy ricas que tiene la raza humana y duran muy poco, fue del 65 hasta el setenta y pico. Ahi se desmoronó todo, de una manera atroz. En medio de ese período voy a Montevideo, llego el día final de la Feria del Libro y el Grabado, que es el 5 de enero. Me esperaba Clemente Padín, de Los huevos del Plata. Él sacaba esta revista, donde habían salido los primeros cuentos de Levrero. Yo había leido un par y me dije: “Pucha, este tipo la rompe.” Acababan de editar para esa feria Gelatina. Él estaba en Piriápolis, no lo conocí ahí en persona. Los padres se habían jubilado y se habian ido a vivir allá. Me volví a Rosario, leí el texto, que me dio vuelta, y saqué una nota en la revista. Levrero se quedó volado: una nota en Argentina, ¡y con una plaqueta! Nos empezamos a cartear mucho y en un momento él se fue de Uruguay por una desilusión amorosa, cayó en Rosario y se quedó tres meses. Dos meses, más o menos, vivió en casa, en una piecita que tenía yo en la terraza, y después ya consiguió un lugar a través de Samuel Wolpin, otro integrante de la revista. Después se fue. Conoció una dama, casada exitosamente con un profesional arquitecto, pero que se fue con él. A partir de ahí tuvimos una amistad muy intensa, yo me fui a Uruguay, viví a veces en su casa, a veces en otros lugares. La segunda vez que me fui de Rosario fue en el 76, sin saber que era el principio de aquella pesadilla de la dictadura, me fui a Piriápolis y ahí me hice muy amigo de la madre, la ayudaba con la librería: Jorge les había regalado la libreria de viejo que tenía en Montevideo y la habían mudado allá. Era una mujer fuera de serie, muy vital. Y nos veíamos con Levrero cada vez que él iba. Después nos movimos mucho los dos, tuvimos temporadas que convivimos en la misma ciudad y otras que no. Ya en el final, fue tal cual aparece en La novela luminosa. Se lo chupó vivo la computadora. En esa época, entre eso y que hubo dos inviernos atroces y cada uno tuvo una de esas gripes que no las curás fácil, lo vi muy poco. Pero siempre había una cosa inmediata, espontánea en cuanto podíamos juntarnos a charlar. Para él yo era una especie de personaje externo, a la vez útil y a veces poco profundo, por decirlo así. Lo fastidiaba a veces. Pero había una amistad sólida de fondo y a su vez cada uno de los dos entendía al otro. Era un tipo muy especial, muy piola. Invalorable.

Mi impresión al leer el libro fue que el recorrido a través de las entrevistas, funciona un poco como una biografía de Mario Levrero. ¿Vos creés que es así?

Sí, puede ser y podría leerse así. Además, tiene ese pequeño anexo o lista que incluí al final, que trae y aclara las fechas y algunos datos biográficos, los viajes, por ejemplo, cronológicamente. De todos modos, haría falta una biografía de Levrero, una buena biografía. Ocurre que en general hay poquísimas buenas biografías. Una es la que hizo Strafacce con Osvaldo Lamborghini, por ejemplo. Otra, la de Aldo Mazzuchelli sobre Julio Herrera y Reissig: absorben y superan el modelo anglosajón, las dos. Haría falta una así sobre él.

En una de las entrevistas le preguntan por el uso de los seudónimos. Es más, el título es “Tengo ganas de dejar a Levrero de lado”¿Cuál creés que es la razón de su uso?

Se veía como otra persona cuando escribía, al principio. Después hubo un poco una conversión que hizo: opinaba que la literatura te cambiaba, y pasó eso. Yo lo llamaba siempre Mario, y después, sin hacerlo consciente, los últimos siete, ocho años lo llamaba Jorge. Incluso ahora, entre los amigos, es Jorge. Levrero tiene una teoría básica, varias en realidad, pero una de ellas es que la literatura es terapéutica. De hecho, cuando lo leés notás que se buscaba mucho a sí mismo. Para mí se fue encontrando, y en el periodo final, lo cual no significa en absoluto que eso sea mejor respecto al resto, los libros son muy directos, basados en lo real, con un estilo que te vuela la cabeza. El discurso vacío es extraordinario.

¿A qué creés que debe la reivindicación de su obra recién después de su muerte?

Una, porque su personalidad era brava. Marcial Souto, que fue su editor absoluto, se ha agarrado grandes rabietas, lo ha hecho sudar. Después, cuando la pega un libro, un autor o una obra suele tratarse de una confluencia externa: el punto exacto, al estilo de como confluyen los planetas en 2001, con el fondo musical de Zarathustra y todo. En el caso de él, primero fue el libro prodigioso final, que un poco vino a ocultar el libro de cuentos Los carros de fuego, que es uno de los mejores relatos que escribió en su vida. A su vez quedó un inédito sobre su breve residencia en Burdeos, que junto con Diario de un canalla (que estaba en el libro El portero y el otro), sale ahora con un prólogo muy bueno de Marcial. También son asimilables a esta última etapa que te decía, que es medio una especie de moda que sigue todavía, la de los llamados “textos del yo”, como los bautizaron algunos críticos: los diarios, las autobiografias. No había mucho de eso en América Latina y de pronto hubo una producción, o rescates. La excelente autobiografia de Libertella, por ejemplo. Él calzó justo con La novela luminosa, en Uruguay. Ayudó mucho la flexibilidad de sus albaceas, Alicia y Juan Ignacio, que a diferencia de otros casos, ayudaron a impulsar la edición en vez de trancarla. La primera edición de La novela luminosa fue de Alfaguara, uruguaya, después la tomó Mondadori, a través de la influencia de Ignacio Echevarría, y empezó a editar otros títulos. Se difundió y explotó en América Latina, por suerte. Ahora, a su manera, provoca fervor, es una especie de rockero, por como lo siguen./RT

Anuncios

4 replies »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s