Buenos Aires en rose

Natalia Gauna // @NatiCGauna

Semana RománticaQue profunda emoción 
recordar el ayer 
cuando todo en Venecia me hablaba de amor 
ante mi soledad 
en el atardecer 
tu lejano recuerdo me viene a buscar… 

Suenan los violines, boleros y  baladas románticas en la  sala C del Centro Cultural Recoleta. El ambiente se tiñe de rosa, huele a rosas y enamora a los visitantes del Primer Festival de la Novela Romántica de Buenos Aires. Un grupo de  cuatro mujeres conversan, casi susurran, todas huelen a perfume francés. Son las  escritoras invitadas a participar de la mesa  redonda La novela romántica y sus derivaciones: histórica, erótica, suspenso, paranormal. Tres escenarios convierten la sala fría, blanca, vacía, en un espacio de romances posibles en los que las escritoras se predisponen a conversar con los periodistas y lectores allí presentes. Hay dos sillones victorianos, una lámpara de luz tenue y una mesa ratona en la que descansan dos libros añejos, de tapa dura y hojas amarillas. La sala está alfombrada y un periodista trajeado casi tropieza. Una muchacha de anteojos de marcos negros y un joven que sostiene un micrófono mientras otro enciende una robusta cámara filmadora son los primeros en tener unos minutos para conversar con la autora de Al otro lado del océano. Mientras espero mi turno descubro una máquina de escribir con una hoja mecanografiada puesta a la mitad. Me acerco al escenario e intento escuchar la entrevista en busca de alguna  frase que me inspire una pregunta pero los violines me lo impiden.

…que callada quietud 
que tristeza sin fin 
que distinta Venecia si me faltas tú…

En la recepción mis compañeros todavía conversan con una de las vendedoras del stand de la librería La Galerna. Ella les enseña algunos libros entre los tantos que hay en  las góndolas colmadas de novelas románticas. Conversan sobre Jane Austen y emprenden una investigación cuasi detectivesca para dar con la identidad de las invitadas comparándolas con fotos en las contratapas de varios libros. “Para mí, esa que está allá es Florencia Bonelli”, me dice uno de ellos. No estoy segura. Juntos revisamos otros libros. La tarea se dificulta cada vez más, el parecido es increíble. Me acerco disimuladamente a la escritora invitada, tomo fotos a su alrededor pero la miro a ella. El peinado es idéntico al de las fotos pero la sonrisa es distinta. Se da cuenta que la observo, me mira, desvío la mirada hacia otro lado, frunzo el ceño, me llevo una mano al mentón mientras muerdo la comisura de mis labios y simulo preocupación. Ella deja de mirarme, me relajo y lentamente abandono la sala. “No es”, le digo a mi compañero que continua observando tapas de libros. En una esquina de la sala de recepción los tres planificamos la cobertura del evento. Uno irá al Cine Romántico: grandes novelas románticas que fueron a la pantalla grande presentado por Gustavo Noriega mientras que otros dos tratarán de conseguir un par de entrevistas. Controlamos el buen funcionamiento de nuestros dispositivos de grabación y nos predisponemos a la tarea. Me toca quedarme y conversar con nuestro primer objetivo, uno de los organizadores. Un hombre setentón que viste un traje gris a rallas conversa con poco entusiasmo sobre la finalidad del festival. Con mirada dispersa responde de manera escueta, cada tanto nos mira, me mira y baja la mirada -creo que observa el grabador-, vuelve a mi compañero, a mí y baja la mirada. Lo miro y compruebo que no mira el grabador sino mi pecho pese a que llevo puesto un sweater grueso sin escote. Al finalizar la entrevista, un señor que viste joggings y zapatillas sport se acerca a nuestro reciente entrevistado. “No hay nadie. Te dije que a esta hora no había que hacerlo. Está jugando la selección”, le dice casi gritando. Ambos notan mi presencia y me sonríen; sonrío y verifico el audio recién grabado que a pesar de escucharse de fondo la voz de Charles Aznavour  resulta perfectamente audible.

…una góndola va 
cobijando un amor 
el que yo te entregué dime tu donde está. 
qué tristeza hay en ti 
no pareces igual 
eres otra Venecia más fría y más gris… 

Una hora más tarde y los presentes somos los mismos. Las escritoras conversan entre sí, parecen no notar la falta de público. Una mira el reloj y sale apurada con el celular en la mano mientras otra se aproxima al segundo escenario con cuatro sillones de cuerina verde enfrentados y separados por un escritorio de madera labrada y patas talladas. Encima de éste, pilas de libros antiguos de miles de páginas cada uno. Ella se sienta y aguarda las preguntas de los periodistas. Los jóvenes con micrófono y cámara de filmación otra vez nos primerean. Mientras ellos conversan, nosotros observamos el libro que ella muestra a cámara pero el reflejo de una luz no deja leer el título. “Disculpame ¿Podemos hacerte unas preguntas? Es un minuto nada más”, la intercepto en el camino de salida. “Si claro”, me contesta y conversa con nosotros por más de veinte minutos. Nos aguarda el último de los escenarios dispuesto con cuatro sillones blancos de mimbre, dos sombrillas de estilo hindú, varias esculturas de madera tallada y una alfombra de arabescos y pompones que el periodista trajeado observa con suma desconfianza para no volver a tropezar. Me acerco y tomo algunas fotos del escenario mientras el periodista conversa y ríe con la cuarta y más joven de las escritoras invitadas. Mientras me alejo a paso lento sin dejar de observarlos, choco con el pie de un altoparlante que afortunadamente se mantiene en pie. Me sonrojo y miro al hombre de seguridad parado frente a mí. pero no me mira, bosteza y al girar su cara ya estoy lejos y nada pasó. Me pregunto qué hubiera pasado si caía el altoparlante, qué sería de esa sala sin los boleros y sin Aznavour…

…El sereno canal 
de romántica luz 
ya no tiene el encanto que hacia soñar. 
Como sufro al pensar que en Venecia murió 
el amor que jurabas eterno guardar… 

En la pequeña antesala ubicada entre la recepción y el salón mayor me quedo observando los metros de papel afiche blanco dispuestos sobre un escritorio para que los visitantes dejen sus impresiones del evento. Leo dos direcciones Web, “qué bueno que Buenos Aires tenga este festival”, “muy interesante” y en mayúsculas “ROMÁNTICOS”. Me pregunto quién y por qué escribió sólo esa palabra. Uno de mis compañeros se acerca y me dice que ya es hora de ir al microcine. Camino a la salida me detengo a mirar a un hombre mayor sentado en un banco de madera dispuesto en el antesala. A sus pies ciento de hojas secas simulan el otoño. Su mirada petrificada delata la espera de alguien que aun no llegó. Un gesto de apuro de mi compañero y abandono definitivamente el lugar. Afuera hace frío, caminamos con premura pero nos perdemos. Un señor que corta las entradas para el espectáculo de Fuerza Bruta nos indica el camino correcto. Mientras el romance culmina en el orgasmo fingido de Sally, hay un hombre sentado en un banco esperando a alguien mientras escucha los violines que ya deberían dejar de sonar.

…Sólo queda el adiós 
que no puedo olvidar 
hoy Venecia sin ti 
que triste y sola está.

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