Mundos de fantasía

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Por Ezequiel Barbosa Vera // ebarbosavera@gmail.com

Un libro no puede abrirse paso por sí solo en el circuito cultural. Es hasta infantil pretender que basta con escribir y publicar algunas páginas para sentirse leído. En una época no muy lejana, el mito del escritor que vendía de su primera edición miles y miles de ejemplares sin siquiera proponérselo, funcionaba como un motor de esperanza para aquellos que creían hallar en el oficio de escritor una fuente feliz (y segura) de supervivencia. Estas son imágenes caducas pero formadoras de un imaginario que no se ha extinguido y pervive en algunos rincones de la comunidad de lectores. Al respecto, se comenta que apenas un escritor argentino pudo vivir de los derechos de su obra: Manuel Puig, el gran consumidor de folletines románticos.

Las maldecidas de Fernanda Pérez lleva en la portada una etiqueta que indica que se trata de la cuarta edición del libro. El número es lo suficientemente grande como para que cualquier lector distraído o miope pueda verlo. En los datos del interior figuran el lugar de impresión, el responsable del arte de tapa y el mail de la autora. Esta última información no sería ninguna sorpresa, si no fuera porque se lee fernandaperez.novelas@…; una casilla de correo electrónico que provee una identidad literaria: la de autor de novelas. Casi como si se tratara de una identidad paralela, aunque no tan secreta. En la contratapa aparece la foto normativa de Pérez, como una cara a distinguir y a no olvidar. Las primeras páginas revelan dos cosas: una, que la acción de la novela transcurre en algún punto del siglo diecinueve. La otra, que no hay grandes riesgos de escritura y, en consecuencia, tampoco de lectura.

Los libros solían venderse en supermercados hacia fines de los noventa. A veces disponían de un pasillo entero, otras, de un pequeño puesto cerca de las cajas. Comprar un libro puede volverse una pesadilla, un infierno. La pregunta típica del vendedor ante el comprador desesperado es qué tipo de libro le interesa leer. O, dicho de otra manera, qué género está buscando. La palabra, que puede sonar insulsa e innecesaria, encierra un problema relacionado con la producción y la distribución literaria. Un género posee determinadas características que el lector puede reconocer, que le son familiares y en un sentido, hasta amigables. Así,  es probable que muchos lectores de géneros no esperen ningún otro desconcierto que no sea el que produce la resolución de la novela escogida.

El ecosistema de la novela romántica funciona como una comunidad pautada por sus propias reglas, pero también velada por un imaginario naif, anacrónico. Allí, el escritor es un personaje que vive al margen de la sociedad, que se dedica únicamente a escribir, viviendo del ocio y sin más labores a realizar. En la comunidad romántica el canon colectivo se cierra sobre un puñado de nombres tradicionales, la gran mayoría muertos o a la espera de ser enterrados. Esa visión se transplanta también en las novelas, por lo general ambientadas en temporalidades alejadas, donde la pregunta por lo político se vuelve poco pertinente. Parece un simulacro en el que la historia no pasó, es decir, la tranquilidad de  aquello que se mantiene inalterable. El problema es el entretenimiento. Por eso, la cantidad de tiradas editoriales aparece impresa en las tapas como garantía de seguridad y compromiso.

En un mercado saturado por la publicación de cientos de miles de libros que acaso jamás obtengan un maldito lector, la novela romántica tiene un público asegurado. El género, ya definitivamente instalado, ha superado las expectativas del fenómeno pasatista. No importa si el mundo en el que se inscribe es el de la fantasía desbordada o si retoma procedimientos y estilos agotados. Buenos Aires está repleto de pequeños actores culturales que harían cualquier cosa por poseer al menos una porción de aquella masa lectora que frecuenta los libros románticos. Después de todo, de sueños se vive.

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Categorías:General, Semana Romántica

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