Animales prehistóricos

Por Martín Felipe Castagnet // @mobymartin

fitzcarraldo

Werner Herzog cierra su documental Cave of Forgotten Dreams con el siguiente epílogo: cerca de la cueva prehistórica donde se encuentran las pinturas más viejas conocidas por la humanidad, crece un ambiente selvático alimentado por los desechos de una fábrica nuclear; dentro del estanque de un invernadero un par de cocodrilos albinos flotan como troncos podridos. Para cuando salí del cine entendí que esos mutantes hipnóticos eran la única huella semidiurna de la película de mis sueños, la mejor película que Herzog jamás llegó a filmar: ¡una versión de Moby Dick! Herzog, por supuesto, debería encargarse de narrar a Ismael; a veces en pantalla pero la mayor parte del tiempo sólo como una voz en off, dubitativa y lejos del hogar. El protagónico lo tomaría Kinski como Ahab, capitanes de la megalomanía y maestros de su destino, capaces de arrastrar un Pequod lleno de salvajes hacia la desintegración total. Moby Dick son los cocodrilos albinos, el iceberg asesino que se desprende de la inmensidad antártica, la mole blanca del barco de vapor de Fitzcarraldo.

Pero Kinski está tan muerto como Melville y esa película, como escribe Herzog en Conquista de lo inútil sobre el barco arrastrado a través de la montaña, “pertenece al catálogo secreto de nuestros sueños”.

En Moby Dick la naturaleza no es el sueño sublime y sano de los románticos. Donde sus colegas veían armonía y coexistencia, Melville encontraba indiferencia y y canibalismo. Herzog viaja y filma las antípodas de la civilización humana bajo la misma concepción. En el libro Herzog on Herzog, una entrevista de larga duración aún inédita en castellano, afirma: “Estoy fascinado por la idea de que nuestra civilización es como una fina capa de hielo sobre un océano profundo de caos y oscuridad”. Luego, en su documental Encounters at the End of the World: “Para mí es el signo de una civilización profundamente perturbada que aquellos que abrazan árboles o ballenas son aceptados, mientras nadie abraza a los últimos hablantes de una lengua”. En Grizzly Man cuenta la historia de Timothy Treadwell, un apasionado por los osos que supo convivir con ellos en una reserva natural hasta que fue devorado junto con su pareja dentro de una carpa. Treadwell también era cineasta, amateur, y terminó grabando el audio de su propia muerte. El espectador del documental no puede escuchar los gritos, pero alcanza con ver la palidez de Herzog con los auriculares puestos. Más tarde dice: “Lo que me persigue es que, en todos los rostros de todos los osos que filmó Treadwell, yo no descubro ninguna afinidad, ningún entendimiento, ninguna misericordia. Sólo veo la indiferencia aplastante de la naturaleza. Para mí no hay tal cosa como un mundo secreto de los osos. Esta mirada en blanco sólo comunica un interés algo aburrido por la comida. Pero para Timothy Treadwell, este oso era un amigo, un salvador”. Según trascendió, los productores de la película sí querían incluir el audio.

Releo el diario de filmación: “El barco sobre la pendiente neblinosa era como un animal prehistórico desnudo”. En varias entrevistas Herzog habla del “vudú de la locación”, la manera en que un lugar de filmación conlleva una carga física, emocional o sensorial que se transporta a la pantalla. En el caso de Fitzcarraldo eligió filmar en la selva tropical, lejos de cualquier ciudad poblada, aunque más tarde admitió que podría haber filmado la película a un día o dos de Quito. Al vudú de la locación se le suma otro embrujo: negarse a utilizar efectos especiales y arrastrar realmente el barco durante medio kilómetro a través de una colina empinada, argumentando que el público notaría la diferencia entre un barco real y uno de utilería. Cuando alguien sugiere aplanar la colina, Herzog escribe en su diario: “Le dije que no lo iba a permitir porque de esa forma perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, preguntó. Le dije que eso no lo sabía, sólo era una gran metáfora”.

Imagino a Melville respondiendo con la misma incertidumbre sobre su ballena blanca. A lo largo del texto es caracterizada como demoníaca, pero cuando finalmente aparece Ismael la describe como a una divinidad. Ahab los seduce con el sueño obsceno de cazar a un demonio, pero ese demonio es omnisciente, ubicuo y todopoderoso. La naturaleza es Dios encarnado, y es despiadada. El conquistador Aguirre, otro capitán Ahab tomado por la fiebre, lleva por apodo lo que da subtítulo a la película: “la Ira de Dios”; en la misma película un indio dice que Dios, si es que existe, creó esa selva en un rapto de cólera, donde incluso las estrellas en el cielo se ven torcidas. En el epígrafe que introduce Fitzcarraldo se lee: “Los indios llaman Cayahuari Yacu a estas tierras, que significa ‘donde Dios no acabó la Creación’. Sólo cuando desaparezca el hombre, Dios volverá para terminar su obra”. ¿Es posible olvidar que Fitzcarraldo transcurre exactamente en el mismo lugar que Aguirre, sólo que cuatro siglos después? El abandono y la indefensión prosiguen en el título de El enigma de Kaspar Hauser en su original alemán: Jeder für sich und Gott gegen alle (‘Cada hombre por sí mismo y Dios contra todos’). El Dios de Melville y Herzog es un animal prehistórico y se comporta como el cachalote blanco y los osos de la mirada en blanco: despiadados, neutros de toda moral, “llenos de gracia, pero feroces”.

En el epílogo de Conquista de lo inútil, Herzog vuelve al lugar donde estuvo el campamento de filmación para no encontrar ninguna marca que registre su existencia. “Copos de espuma blancos y firmes flotan tranquilamente sobre el río, y van a seguir haciéndolo largo tiempo después de que nosotros nos vayamos de aquí, y aún cuando ya no haya ninguna persona sobre la Tierra, sino sólo insectos”. Al igual que el Pequod, del que tampoco queda absolutamente nada – salvo su narrador, quien sobrevive para contarlo a las cámaras.

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5 replies »

  1. Buenísimo el post!
    No lo había pensado, Herzog haciendo Moby Dick sería tremendo, pero la de John Huston es tan buena que casi no hace falta hacer una nueva versión.

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