Las medias al costado de la cama

Captura de pantalla 2013-08-29 a la(s) 08.28.09

Por Leticia Martin // @leticiamartin

Foto: Gustavo Pascaner // www.gustavopascaner.com

Forever Juntos

Pirani Ediciones

40 páginas

$50

Son los años del cineclub, las postrimerías de la década del ´50. Las nuevas olas de cinéfilos se muestran ávidas de novedad y experimento. Truffaut, Godard, Rivette, Rohmer, Chabrol, Melville son críticos y escritores de la revista francesa Cahiers du Cinéma. Algunos, antes, eran guionistas o trabajaban en áreas relacionadas con el mundo cinematográfico. Con el correr de la década se envalentonan y comienzan a filmar. Los apaña la grupalidad, quieren mostrar la realidad desde el verosímil, intentando conseguir siempre la forma más pura. Amontonados bajo ese interés logran consolidar una nueva corriente y más adelante son identificados y clasificados por la crítica: La Nouvelle Vague. Con ese nombre pasan a la historia. Pero el fenómeno cinematográfico no encontrará su legitimación hasta 1959, cuando el Festival de Cannes premie los films Hiroshima mon amour (Alain Resnais, 1959) y Los 400 golpes (Truffaut, 1959).

¿Qué busca Luciano Lutereau cuando titula sus poemas con los nombres de aquellos films? ¿Cómo se escribe sobre el amor en 2013, internet mediante, Torres Gemelas demolidas, Papa argentino en Roma, Siglo XXI sin Tercera Guerra Mundial? ¿Se puede ser realista? ¿Qué hay de nuevo para decir sobre el viejo y desgastado arte del amor? El realismo parecería haberse replegado, o en todo caso complejizado en su cruce con otros géneros. Realismo sucio, realismo mágico, realismo delirante y sus múltiples variantes. Sin embargo Lutereau escribe una poesía llana, directa, realista, e insiste en su decidida búsqueda de emparentarse con la cotidianidad y el detalle minucioso. No es poco ir al punto de manera directa, sin tomar atajos estilísticos que empañen el objeto. Menos aún cuando se trata del “objeto del deseo”. Tampoco es menor la mirada puesta en los detalles de la cotidianidad como marco general, o tono que tiñe y atraviesa de punta a punta el libro. La tradición poética, se sabe, ubicó en la forma una fuerza de choque que se impuso -no pocas veces- sobre el contenido. Pienso en la poesía de Apollinaire, Oliverio Girondo, Octavio Paz. Lutereau salta ese límite y avanza sin pruritos con versos cortos y narrativos, observando con microscopio los detalles de la escena amorosa, describiendo con minuciosidad la forma en que las medias caen a los costados de la cama y esgrimiendo una geometría del amor.

Su elección de los títulos busca deliberadamente el efecto de sentido y deja ver cierta intención de ubicarse en la línea histórica de aquella particular tradición cinematográfica. ¿Se trata de su angustia de las influencias? ¿Qué sentido tiene establecer ese parentesco? Harold Bloom entendía que las influencias describían determinadas relaciones entre los textos. En otras palabras: para el crítico norteamericano la influencia es un fenómeno intertextual. Lo que busca Lutereau es jugar con ese intertexto audiovisual, aunque de modo arbitrario y caprichoso.

Otro tópico que recorre el poemario desde el título es el de la pareja. Forever juntos. “Dos caras de un mensaje invertido”, escribe Lutereau, que se pregunta por ese delicado equilibrio, ese par desparejo, esa reunión de dos que son diferentes y, a la vez, se encuentran “como un río enfermo que converge divergiendo”.

Como desacierto, hay que decirlo, el poemario concluye con un ensayo bastante extenso sobre la edición independiente. El clima logrado se quiebra. Si bien muchos lectores pueden conocer el rol del autor, y su trabajo junto a Marina Gersberg en la editorial Pánico el Pánico, no resulta acertada la idea de que ese texto dialogue con el anterior. No sólo son textos que pertenecen a géneros distintos, sino que tratan temas irreconciliables. Salvo que la antiquísima problemática del amor tuviera una fácil y rápida resolución en el cut and page editorial.

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