Infancia robada

EC TAPA Morábito 3Una muchacha muy bella

Julián López

Eterna Cadencia

160 páginas

Por Virginia Ruano / virginiainesruano@gmail.com

La incógnita del título dura un suspiro. La identidad de la muchacha es revelada en la primera línea: “Mi madre era una muchacha muy bella”. En su primera novela, el escritor argentino Julián López construye la historia de una madre, sola, y de su hijo; hasta el secuestro o muerte de ella. Estamos en Buenos Aires. Corren los años setenta. Transitamos la mirada de un niño de siete años.

Si bien a lo largo de toda la novela la escritura de López deja entrever un pasado ligado a la poesía, la primera página parece funcionar como una suerte de bisagra entre ambos géneros. En la descripción de la madre abundan ciertos giros poéticos que nos despiertan la imaginación. “Contorno de su pelambre”, “océano de antenas flexibles”, “piélago de su cara”, “hologramas tubulares”. Estas frases conviven con un vaso de Nesquik, Pobre diabla, Titanes en el ring, o un sabroso un Delifrú de tomate. De alguna manera el joven protagonista  camina sobre dos terrenos, y no termina de encontrarse en ninguno. Como cuando quiere explicarle a su compañero de la escuela qué es una tarteleta, esas que él tanto disfruta cuando va a tomar el té con su madre a Steinhauser; pero sabe que su amigo no lo entiende, y se rinde cuando éste parece comprender, aunque le dice: “Una merengada grande”.

El clima del relato, por momentos, se torna denso y asfixiante: ¿adónde va la madre cuando lo deja solo en el Botánico, o al cuidado de la vecina? ¿Qué es lo que hace, con quién, que vuelve a la casa “más mujer”? ¿Quién la llama insistentemente por teléfono? La duda queda planteada, pero no se explica. Ese es un logro de la narración. Un subtexto interesante. También llama la atención del lector el uso de palabras como “picana”, “nombre de guerra” o “centro de comunicaciones”. Su elección no es inocente. Por el contrario aparecen en situaciones ambiguas, confusas, y que tornan más agobiante el relato. La luz que apenas se filtra por las hendiduras de una persiana siempre baja no logra iluminar, el chico no alcanza para comprender.

Si obviamos la tentación de leer esta historia en clave autobiográfica podemos encontrar que López suma su ficción a una serie de textos que desde hace un tiempo miran desde otra generación la última dictadura militar;  son los hijos que exigen un lugar para elevar sus voces, un espacio que les pertenece y que de hecho ya han ganado. Quizás entonces se hace necesario preguntarse: ¿todavía quedan zonas sin explorar sobre la última dictadura? ¿No hay una o dos generaciones que ya hicieron todas las preguntas?

Es indudable la exquisitez de la escritura de Julián López, y acaso la pertinencia o no del tema elegido quede postergada frente a tanta belleza.

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