En medio del huracán

Por Leticia Martin // @leticiamartin

Quirós I

Mariano Quirós nació en Chaco en 1979. Es escritor y licenciado en Ciencias de la Comunicación. Publicó las novelas Robles -ganadora del premio Bienal Federal- y Torrente, que recibió el premio Nueva Narrativa Iberoamericana. En 2012 ganó el primer premio de cuento Gabriel Aresti (España) por su cuento Cazador de tapires y el premio Laura Palmer no ha muerto, por su novela Río Negro. Como si esto fuera poco, durante 2013 también recibió reconocimientos. El primer premio de Novela Negra Azabache, por su libro No llores, hombre duro, que será publicado en breve y el Premio de novela Francisco Casavella por su novela Tanto correr.

Quirós me confiesa por mail que no necesita mucho para sentarse a narrar. No más que la ilusión de tener algo interesante. Si tengo el interés no necesito nada. Me dispongo y me siento. Después, puedo escribir arriba de un bote en medio del huracán Katrina. Sus palabras se notan elegidas, ajustadas. Me devuelve los mails en perfecto estado de edición, casi que podrían publicarse como vienen. De todos modos lo molesto en varias oportunidades. Busco un poco más de información. ¿Por dónde puedo entrarle? ¿Cómo hizo para ganar tantos premios en tan pocos años? ¿Qué pasa con los autores contemporáneos de la narrativa chaqueña?

¿De dónde salió tu seudónimo Alejo Luna?

El personaje de un par de cuentos de Rodrigo Fresán se llama Alejo. Fresán fue como el Cortázar de mi juventud, sobre todo y más que nada por su buen gusto rockero. Creo que de aquel Alejo, que por supuesto me simpatizaba, es que tomé el nombre. Ahora lo de Luna no sabría decirlo. No me acuerdo, la verdad. ¿Será por Auster? ¿Por El palacio de la Luna? No sé. Pero me gusta.

Confeso ladrón de cuanto autor leyó y admiró me cuenta en secreto que roba todo el tiempo y que no le importa a quién le roba. Robo, me dice, le robo mucho a mis vecinos, sobre todo a los que viven preocupados por la inseguridad. Después me cuenta cómo interactúa con el círculo de escritores de Resistencia. Miguel Molfino —uno de los tres o cuatro escritores en serio que tenemos en Resistencia— dijo alguna vez que antes, años ha, los escritores y poetas del Chaco eran como islas, cada uno creando en su propia soledad. Ahora, y esto también lo dice Molfino, se perciben bellos archipiélagos. Incluso hay lugar también para cosas horribles, pero al final siempre vence la belleza.

¿Cuál es tu relación con la tecnología?

Tengo un tipo de relación más bien tosca. Algo cercano a la indiferencia; pero una indiferencia de la que no me enorgullezco. Me preocupa. Quiero decir, soy un hombre de 34 años, relativamente joven y debería —o al menos me hacen sentir que debería— estar atento a ciertas cosas. Sin embargo…

¿Leés libros digitales?

No.

¿Usás Facebook y Twitter o alguno de los dos?

Desde el 22 de agosto de 2013 tengo cuenta en Facebook. Un poco absurdo. Justo ahora que empiezan a ponerle fechas de caducidad. Espero que sea una linda agonía.

¿Qué autores actuales rescatarías?

Yo no puedo rescatarme ni a mí mismo. Además no sabría de qué rescatarlos. Pero si me viera en la necesidad de saltar al rescate, iría por Pablo Black, por Germán Parmetler, por Tony Zalazar, por Alfredo Germignani y por Lucas Brito, que además de ser mis amigos —y que por eso me quedan más a mano— son los mejores escritores y poetas que existen.

También le pregunto cómo fue la vuelta a Chaco luego de que recibiera el premio Laura Palmer no ha muerto por su novela Río Negro. Hago memoria de aquellos días, la reunión en San Telmo, llena de gente, la ronda de preguntas luego de la breve lectura de unas páginas. Me viene la imagen de un Quirós delgado, serio, sentado en el centro de la sala, escuchando con los ojos en el piso los elogios de Leonardo Oyola, Selva Almada y Alejandra Zina. Después conversamos unas palabras. Ahora, cruzando estos mails a la distancia, me cuenta lo que fue su vuelta a Resistencia. Hubo una gran concentración de gente esperándome en la Terminal de ómnibus, escribe. Enarbolaban carteles con el título de mi libro y con mi nombre (algunos erraban y seguían escribiendo Quirós con zeta). Había gritos, corridas y desesperación. Corté por lo sano y me refugié en brazos de mi mujer, que siempre está cerca y bien dispuesta a jugarse el pellejo por mí. Al otro día almorcé con mi mamá y mis hermanos, a la noche papá armó un fuego y comimos asado. Si mal no recuerdo, y para variar, bebí de más. Pero en todo momento fui muy feliz.

¿Qué libro te partió la cabeza?

Si fuera una cuestión literal, tendría la cabeza más cosida que Frankenstein. Muchos libros han hecho blanco en mí, y algunos pegaron en otras partes del cuerpo, no sólo en la cabeza. Pero para ir directo a la cabeza —que es lo que ahora importa—, y para no aburrir en el recorrido, nombro dos, casi recientes: HHhH, de Laurent Binet; y La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz. Dos artefactos originalísimos, pretenciosos y arrolladores, escritos desde sitios muy diferentes. Binet es un francesito encantador y atribulado que hace muy buen uso de su neurosis para traer hasta nosotros —qué horror de lugar común el mío— otra épica de la Segunda Guerra. Junot Díaz es dominicano criado en Estados Unidos, en los márgenes de Nueva York; sabe, Junot, de gente que vive al borde. O como le gustaba decir a Bolaño: es de esos escritores que gustan hundir la cabeza en el abismo y volver, un poco más desquiciados, para escribir lo que vieron.

¿Hay algún arte que le quite protagonismo a la escritura?

Podría decir que el cine, por todo lo que aglutina; pero por eso mismo el cine también puede ser más “mentiroso”. O la música, que tiene un efecto más inmediato sobre uno; pero también más efímero, por mucho que resuene y resuene y resuene en nuestra vida. Tal vez Bob Dylan, por su mezcla de poeta y cowboy crepuscular condense casi todo lo que uno, yo, entiende y siente como arte. Quiero decir, los artistas al estilo Bob Dylan. O Borges. Personas un poco extremas. Pero bueno, ninguno de ellos es buen ejemplo. Es como hablar de Maradona o del Che Guevara. Por eso elijo la literatura, siempre.

¿Sos un escritor de policiales o te proyectás más allá del género?

No, no soy escritor de policiales. De hecho soy más bien “cómico”. Todo lo que escribo, para bien o para mal, tiende más a la comedia. Miguel Molfino nos decía a Pablo Black y a mí: “Escriban un policial, es momento de escribir policiales”. Y como para mí los consejos de Molfino son sagrados, me lancé a escribir un policial en toda ley. Fue una experiencia horrible. Prefiero, simplemente —y perdón si suena cursi— escribir.

¿Qué sentiste cuando te enteraste de que tu novela No llores, hombre duro, era la ganadora del primer premio del Festival Azabache de Literatura Negra?

Una alegría inmensa. Gané muchos concursos literarios en los últimos cinco años. Incluso me han propuesto dictar una especie de conferencia al respecto: “Cómo ganar un concurso literario”. Más allá del chiste, y más allá de que sea cierto (gané como ocho, nueve concursos, entre novelas y cuentos; lo que en algún punto también suena retorcido: parezco un timbero), más allá del chiste, digo, me emociono como un niño cuando gano. Y no sólo eso: en un momento llegó a cargarme de ansiedad el mero hecho de leer las bases de un concurso. Como sea, es gracias a los concursos que se publica lo que escribo; de otro modo no me darían ni la hora.

¿A quién nunca te quisieras parecer?

¿A Mauricio Macri? ¿A Jorge Fontevechia? ¿A Joaquín Morales Solá? Algún garca por el estilo.

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Categorías:Entrevistas, Revista

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