El ojo de Dios del espectador

Acerca de los finales de Lost y Breaking Bad
Por Martín Felipe Castagnet // @mobymartin

heisenberg

Breaking Bad es la mejor serie con actores de carne y hueso que vi en mi vida; desde Lost que no me fanatizaba tanto por una serie. Esta aseveración está lejos de ser original: de una forma u otra la escuché a lo largo de estos años. Por más de una razón estas series parecen mantener cierta relación, pero hay una que me interesa sobre las demás: su final. En cuanto terminó el último capítulo de Breaking Bad, el productor y guionista de Lost comenzó a retuitear los insultos que recibía: “así es como se cierra una serie”, etcétera. Esta pública manifestación de desprecio me resulta engañosa: son las series que más me gustaron en mi vida, pero a mi entender ninguna de las dos tiene finales perfectos por culpa de lo establecido durante las propias series.

¿Es posible que un final arruine la totalidad de la obra? Recuerdo cómo me decepcionó el epílogo de Crimen y castigo, cuyo autor además murió antes de empezar la segunda parte de su obra maestra, Los hermanos Karamazov, por lo que el final actual más que un final es un entreacto. En ninguno de los dos casos siento que la obra empalidezca, ni se secan sus laureles ni se apaga su llama. Siberia me parece que viene a cerrar lo cerrado y a machacar lo machacado, pero lo cierto es que me alcanza con Raskolnikov postrándose en el medio de la plaza, las rodillas en la nieve. ¿Somos en literatura más permisivos que en televisión? Sería curioso, porque el proceso de producción de una serie se parece al de los tiempos de Dostoyevski: en medios populares, una vez por semana, y sin la posibilidad de modificar lo ya emitido.

Pese a estas limitaciones formales, ambas series poseen un guión extraordinario. A diferencia de la gran mayoría, estiradas hasta que se cancelan, los guionistas establecieron el final de las series como un objetivo al que se debía llegar y no esquivar. ¿Hubo alguna serie antes de Lost que decidiera el cronograma del desenlace a mitad de su emisión? En el último instante del último episodio de la tercera temporada se devela que los náufragos volvieron a la civilización; con seis temporadas, equivale a la mitad exacta de la serie; apropiadamente, el primer capítulo de la cuarta temporada se llama “El principio del final”. En contra de este equilibrio se puede argumentar que las tres primeras temporadas tienen más capítulos que las últimas tres. Es cierto, pero la suma de las tres temporadas breves equivale a la misma suma de capítulos que dos temporadas largas. El season finale de esa temporada larga hipotética es la muerte de John Locke, lo que cierra un arco argumental que empezó en el último capítulo de la tercera temporada, el retorno a la civlización, mientras que el season premiere de esa segunda temporada larga hipotética es el Ajira 316, lo que abre un arco argumental que termina una temporada exacta después, el retorno a la isla. Por el otro lado, los méritos afines de Breaking Bad son vox populi durante estos días como para enumerarlos y, sobre todo, los personajes cambian a raíz de los acontecimientos sin dejar de ser fieles a sí mismos.

Esto no significa que ambas series hayan tenido su guión escrito en piedra desde el comienzo. La mitología de Lost fue armada en el lapsus entre la primera y la segunda temporada; Jesse Pinkman iba a morir al final de la primera temporada. Ambos equipos de guionistas confiesan que vislumbraban el final únicamente a medida que avanzaban, en un equilibrio tanto de simetría como de improvisación. Sólo un ignorante puede suponer que así no es como se generan las obras de arte de este siglo.

¿Por qué entonces el ensañamiento? El público exige porque esa es la vara que alzó la propia Lost con sus season finales, como si hubieran estado impulsadas por el lema olímpico: más grande, más alto, más fuerte. Los guionistas se las arreglaron para proponer un recurso narrativo diferente por cada temporada; insatisfechos con eso, al espectador no le fue revelado hasta el último capítulo la naturaleza de la narración secundaria. Recapitulemos: al final de la quinta temporada, los personajes se ilusionaban por virtudes de la trama sci-fi que podían acceder a un presente alternativo donde el Oceanic 815 nunca cayó. La fuerza epigramática me es suficiente, y resuena como la revelación de Philip Dick: “El Imperio Romano nunca cayó”. Por tal motivo, cuando en el primer capítulo de la sexta temporada aparece el 815 aterrizando a salvo, el espectador es sometido a pensar, por obra y gracia de la yuxtaposición realizada por los editores, que la narración secundaria es el ¿qué hubiera pasado si…? que constituye la base de una ucronía. Lejos de eso, al revelarse en el último capítulo en qué consistía realmente la naturaleza de esta narración se quiebran las fantasías tanto de los personajes como de los espectadores: por un lado, pese a la magia o a la ciencia no hay nada de lo ocurrido que se pueda cambiar; por otro, no hay nada más fácil de engañar que un espectador. Pero en ese amor especial que es el amor al arte es el espectador el que quiere ser engañado.

Sí tiene otros defectos. A partir de la necesidad de Jack de enterrar finalmente a su padre (o a sí mismo), el final trabaja la tematización de la dificultad de un cierre; al final y al cabo, la expiación con el padre es el paso necesario para concluir el viaje del héroe. Pero una simple casa de velorios hubiera sido más apta para cerrar la cuestión del cajón al que el protagonista se acerca tembloroso, luego de transcurrida toda una serie, en vez del simbolismo grasoso de la iglesia y la puerta luminosa que se abre. Tampoco funciona la anagnórisis de los personajes, casi totalmente constituida por el amor de pareja, como si la serie estuviera estuviera borrando con el codo lo que escribió con la mano: las relaciones más poderosas no son los triángulos amorosos de telenovela sino la amistad entre dos viejos enemigos, cuyas odiseas y fracasos los llevan a respetarse mutuamente: el paralítico John y el cirujano de columna Jack que conforman la columna vertebral de la serie. En otro defecto, se achaca que Lost no cierra. Por el contrario, hay preguntas abiertas pendientes, pero no hay ninguna que no pueda contestar el que se sienta a pensar; y la necesidad de que todo sea contestado y rumiado llevó a la elaboración de un epílogo donde solo se dedica a responder preguntas anticlimáticamente, burlándose de los espectadores pasivos. No otorga demasiada información nueva, sólo explicita las conclusiones. Ese sí es un fracaso de Lost: haber cedido ya no a la formulación de preguntas sino a la de las respuestas.

Breaking Bad, en cambio, no es una serie de preguntas. Así como en la química, conocemos cómo van a reaccionar los elementos por separado; lo que se desconoce es la reacción de los elementos puestos en una nueva combinación. Siendo una serie acerca del cambio, el último capìtulo, por lo demás excelente en todos los aspectos posibles, narra la transformación final del protagonista. Si Lost tranza con la iglesia y las respuestas innecesarias, mi acusación contra Breaking Bad es haberse negado al patetismo: a Walter White le sale todo bien en una maniobra que ha sido vista por críticos como un sueño del protagonista (más aún: matando nazis, como bien señala Alejandro Soifer); incluso le evita a Jesse la carga de tener que matarlo, o de morir de cáncer, o de tener que suicidarse. Los guionistas se encariñan demasiado con los personajes: “¿Cómo íbamos a matar a Jesse después de todo lo que sufrió?”. Eso es algo en lo que Lost no falló: de hecho, mata a todos los personajes. En el Breaking Bad que aprendimos a amar no hay lugar para esa compasión. En palabras del creador: “Stuff like that we considered but probably didn’t think about for too long because our guts told us that was just too dark and too depressing”. La hipótesis de que Walter White haya muerto congelado y soñado con esa fantasía autorealizadora es infundada pero sí lo suficientemente sórdida como Breaking Bad prometió, y no cumplió. Pese a los defectos mencionados que tiene el final de Lost, en cambio, sí puedo decir que me prometió un final inesperado, y lo tuve. Puede no haber estado a la altura de la originalidad exigida, pero por otro lado permitió engañar a un espectador meticuloso durante toda una temporada, y le mojó la oreja a los que pensaban (y aún piensan) que estaban todos muertos en la isla, cuando es finalmente el único lugar donde estuvieron vivos. No es diferente a Walter White, que sólo estuvo vivo siendo Heisenberg en su isla laboratorio.

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Las escenas finales de ambas series son especialmente dignas de mención. En ambas el protagonista yace herido en el costado, como Jesús, en el trance del que muere; a uno se le acerca el perro Vincent y a otro el equipo SWAT, mientras la cámara, como el ojo de Dios, se aleja. En Lost esa toma es reveladora porque permite que Jack no muera solo y lo conecta con el simbólico 815 en el aire que esta vez sí va a aterrizar con sus náufragos a salvo; en Breaking Bad es un lujo innecesario, porque su perfección habitual ocurre inmediatamente antes: Walter White, con la máscara (literal) de Heisenberg en la mano, admirando lo que siempre amó: la ciencia. Su reflejo se derrumba, y como huella sólo queda su sangre.

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Cuanto más larga la narración más difícil es cerrarla; la desilusión es inherente al final, y por tanto un final no debería ser forma de juzgar a una serie, pero no sé si algún día vamos a poder dejar de hacerlo. Criticar un final, incluso detestarlo, es una forma válida de cerrar nuestra participación excesiva en una historia que nos absorbe pero no nos deja intervenir. Varias veces me pregunté por qué escribir un texto criticando mis series favoritas. Quizá sea la hiperexigencia lo que permita esta era dorada del arte más bello que dio el nuevo siglo, era de la que tanto Lost como Breaking Bad conforman su parte esencial.//RT

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3 replies »

  1. Finales distintos para series distintas. Lost es paranoica (lo dice Link), Breaking Bad no: es obsesiva, prolijamente enroscada. Cuando en Lost te ves obligado a pensar que lo que ves no es todo lo que hay, en Breaking Bad sabés que sí, que no hay exceso (que no hay informaciones que excedan lo que la narración muestra). Por ahí estamos armando el par connotación/denotación. Frente a eso Lost queda en el centro del torbellino desenfrenado de connotaciones y nunca alcanza las espectativas de sus lectores. ¿Engañados? Tal vez, pero porque el juego de la verdad era uno de los temas (y después de tantos relatos policiales, nadie quiere perder a la carrera de encontrar la verdad, aunque lleguemos al final solo para encontrar que la verdad era un juego).
    Por ahí habría que pensar que los últimos dos capítulos de Breaking Bad son una coda, un apéndice. ¿Qué hubiera pasado si la serie quedaba en Walter yéndose hacia su propia desaparición? (es la salida que tomaron los guionistas de House, por ejemplo) Porque por ahí estos últimos dos capítulos (que nos dieron absolutamente todos los momentos que esperamos de un final, de un final que llamaríamos “apropiado”) fuerzan situaciones al punto en que el verosímil realista de la serie se retuerce (Walter haciéndose quimioterapia en su cabaña, la ametralladora automática matanazis, y ahora no se me ocurre nada más). La obsesión, lo que vuelve, dominó en Breaking Bad: el “build a robot” que Jesse le dice a Walter vuelve en forma de ametralladora, la muerte de la noviecita de Pinkman vuelve en forma de insulto, Walter mismo vuelve a cerrar sus relaciones familiares. Todo en Breaking Bad “cierra”, salvo, quizás, el cierre de Breaking Bad, que lo único que nos dice es “Walter White no es un personaje con el que podamos seguir haciendo esta serie”. Es eso: teníamos que verlo muerto.
    El análisis imposible sería: ¿qué es apropiado en un final? ¿qué nos satisface en un final? Y en última instancia: ¿qué es un final? ¿cuál es la finalidad de un final?
    Siempre me gustó lo que Link decía sobre Lost: que hay que disfrutar a la serie en su transcurrir, en el devenir de las escenas, en su intensidad. Si eso es el climax que nos puede ofrecer Lost, ¿qué hay más anticlimático que ‘terminar’? (y me doy cuenta de lo paradójico de mi pregunta). Entonces hay que ver cuál es la satisfacción que hiperexigimos a una serie y vamos a encontrarnos con los núcleos de nuestra educación sentimental, ¿no?

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