Mass Twitter

Por Leticia Martin // @leticiamartin

La imprenta es La Biblia. La tele es Los Simpson. El cine es Los puentes de Mádison. La radio es Cuál es. ¿El medio es el mensaje? Simplificación de lado, lo que escribió Marshall McLuhan, en aquel mítico y mal recibido texto, es que Twitter es el mensaje. Lo dijo antes de Twitter, obvio. Pero vale lo mismo. El medio se graba en el contenido, se simbiotiza, deja sus marcas y sus huellas, impone sus reglas, es a la vez un soporte y lo que se intenta decir. Escribo “intenta”, porque sabemos, nada se dice, nunca, del todo. Comunicar es un equívoco; y hablar, decir, escribir, también lo son.

El medio determina la manera en que el mensaje es percibido y tiene, al mismo tiempo, una relación siamesa con el contenido. Afirmar esto -con McLuhan- es como decir que sin Twitter no diríamos las cosas que decimos, no nos veríamos obligados a la síntesis extrema, no correríamos detrás de la instantaneidad y de la aprobación. Lo cuál no quiere decir que Twitter esté bien, o mal, que haya que tenerlo o no tenerlo. Se trata, sencillamente, de entender la lógica del soporte y, sobre todo, de aceptar que la existencia misma del medio expresa un mensaje que está siendo, es y existe con él, al mismo tiempo.

Una carta que viaja por correo, que se cierra con la lengua, que se remite, se redacta, se despacha, que convoca cierta materialidad y tiempos de espera, -como de feedback- toda esa mecánica de la correspondencia “es” la carta misma, está contenida en ella.

Podríamos buscar ejemplos similares en uno y otro medio, excediendo los géneros y los estilos. Ahora bien, los medios en los que estaba pensando el optimista de McLuhan por aquellos años, eran otros. Internet existía apenas en la cabeza de algún escritor visionario, era una idea o una intuición. Corrían los tiempos de los grandes medios masivos y Marshall McLuhan pensaba en el cine, la tele, la radio, principalmente, pero también en la prensa gráfica. Su mirada tenía que ver con el análisis de unos mensajes que parten de un punto y se diseminan a lo largo y a lo ancho de algo inmenso, sin nombre, que no era la conocida multitud invadiendo los espacios públicos, sino un nuevo colectivo inmaterial que terminó recibiendo el rótulo de “masa”: millones y millones de individuos disgregados, cada uno en un lugar distinto, detrás de algún aparato receptor, decodificando.

¿Qué pasa hoy que el mensaje parte de los propios usuarios? A mi juicio esa es la verdadera cuestión a analizar cuando se pone a Twitter, como a Facebook, en el centro de la escena de nuestra época. Vivimos en un mundo donde “Twitter es el mensaje”, o lo que es lo mismo “el medio es cada uno de nosotros”. Nosotros somos Twitter. La polis pasa por nuestros mensajes, somos los boulevares de la ciudad positivista, las bibliotecas públicas, la polis griega. La información está ahí, disponible, esperando que nosotros hagamos las relaciones. Que emitamos, que escribamos, que tuiteemos y retuiteemos. Nosotros adelantamos una noticia que sucede en el lugar en el que estamos con nuestra cámara de fotos digital, contamos en 140 caracteres lo que pasa en el vagón de un subte detenido entre estación y estación, pero a la vez mentimos, matamos a Lanata, adelantamos el resultado de una votación en el Congreso, narramos el paso a paso de un evento que ningún medio masivo se va a ocupar de transmitir. Nuestra subjetividad está haciéndose a la forma y medida de lo que hacemos, de nuestros hábitos y consumos, de nuestras jergas y actos de habla. Ya no se trata de un gran medio emitiendo un mensaje que expresa la concentración de capitales administrados por unas manos, u otras, sino de voces de todos los tintes e ideologías, voces claramente identificables, que a diario nos relatan escenas de sus mundos, opiniones, ideas y posiciones.

En su texto Understanding Media, McLuhan iguala al contenido de un medio con un pedazo jugoso de carne que el ladrón utiliza para distraer al perro guardián de su mente. Vale decir, el contenido es accesorio. ¿Cuántas veces escuchamos esto? ¿No es acaso la vieja discusión forma-contenido? La salida a este debate que propone McLuhan es romper el par e igualar los términos. Ya no se trata de analizar la noticia, la frase, los 140 caracteres contenidos en el tuit que alguien enuncia, sino de entender la totalidad de ese modo de decir. El mensaje es también la plataforma, el continuo infinito de hablantes, la mezcla fragmentada de poesía, política, fútbol, amor, sexo, religión, ese incesante suceder de imágenes, ironías y discusiones. Nada más cercano a esta idea que aquella descripción que hacía Sarlo en Escenas de la vida posmoderna: “la cultura nos sueña como un cosido de retazos, un collage de partes, un ensamble nunca terminado del todo”.

Twitter permite que abramos espacios de enunciación donde antes no había nada. Que permanezcamos hablando en silencio, que nos encontremos inmersos en la más ferviente discusión cuando todavía no abandonamos la cama, por la mañana, que nos volvamos cronistas del mapa que recorremos a diario. Twitter es un barco del Siglo XVIII, un carro romano, un tren, un auto y un avión, una forma dispersa y fragmentaria de acceder a unos contenidos, y de poner en juego los propios, la disolución definitiva del imperio de la razón.

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