Rojo qué

Por Leticia Martin // @leticiamartin

Editorial Acuático

195 páginas

$70

Por Leticia Martin // @leticiamartin

Novela roja es la primera novela de Florencia Del Campo (1982) Su trama central cuenta el proceso interno que atraviesa una mujer burguesa de clase media, Frida, que decide encarar una terapia psicoanalítica. La novela no se ocupa de los entornos y contextos de manera concreta sino que expone una trama discursiva: el diálogo de diván. Así es que a partir de los monólogos de la protagonista, o de los diálogos que entabla con su terapeuta, nos vamos adentrando en su pasado y sus neurosis para luego reordenar esos fragmentos de su vida privada. Frida llora, se enoja, se angustia, siente culpa, se enferma, se desenferma y se vuelve a enamorar. Lo que no hace es auto engañarse. Sus penurias generan empatía y rechazo al mismo tiempo.

La trama expone un diálogo privado. Tiene ese mérito. Los secretos que se desvelan generan intriga y mantienen viva la atención de los lectores. La novela está narrada en primera persona del presente y por momentos deja aparecer la voz en tercera persona de la protagonista, relatando pensamientos y entablando un vínculo todavía más estrecho y empático con los lectores. Con ese recurso la autora nos permite saber algunas de las elucubraciones que Frida evita contarle a su terapeuta. En esos párrafos aparecen descripciones del consultorio y algunos recuerdos personales. Sin embargo, las pocas referencias quitan peso a la novela poniéndola en una especie de lugar neutral.

Novela roja intenta desmarcarse de la novela rosa en un giro que expone el perfil de una nueva mujer más libre y más sincera. El título es muy bueno y la intención es lúcida, aunque, a mi juicio, el movimiento no se logra del todo. Frida podría encarnar las peripecias de la Madame Bovary de Flaubert, los dolores de todas las damas de Marguerite Duras o los conflictos sexuales narrados hasta el hartazgo por Érica James. Uno poco de todos esos universos. Quiero decir, su personaje, lastimado y sincero, no logra saltar el cerco del yo femenino al que la tradición literaria acotó el espacio de la novela para mujeres. Si bien Frida se anima a buscar la felicidad por todos los medios, la estructura de la novela la devuelve a la tradición: a la temática del amor, las relaciones interpersonales, lo que se dice y no se dice.

Seguramente sin haberse propuesto una “escritura femenina” la autora termina bordeando el territorio del secreto que se divulga, ese género que, junto al diario íntimo, ocupó tantas páginas y tantos libros.

Ahora bien; ¿qué se espera de la escritura femenina? ¿Qué esperamos nosotras? ¿Qué esperan la época y los lectores? No es sencillo escribir otra lógica, claro está. Además ¿podemos pedirle tanto a una primera novela? Seguramente no. Pero lo cierto es que la prosa clara y cuidada de Florencia del Campo reclama, como poco, una lectura seria y productiva, lo que me lleva obligadamente a pensar estas cuestiones.

Es verdad que la tradición literaria canonizada cristalizó “la historia de un pensamiento masculino”, como señala Marina Zancan. Ahora bien, ¿podemos seguir amparándonos en lo que fué? ¿Podemos seguir escribiendo para nosotras? ¿De qué nos sirve una literatura femenina? ¿No debiéramos trabajar en pos de una única literatura sin etiquetas? Cada vez estoy más convencida de que el propio título de “lo femenino” nos segrega. Y no sólo la etiqueta sino también los temas tratados y la forma general de la narración.

Natalia Ginzburg escribió: “deseo escribir como un hombre”.

Sara Gallardo escribió: “la literatura escrita por mujeres necesita de un rigor viril, rigor que debe estar al servicio de la hipersensibilidad”.

Referenciarnos en el rigor de la estructura no va a llevarnos, necesariamente, a perder nuestra propia voz. Todo lo contrario. Gobernar nuestra “hipersensibilidad” significa, a mi entender, mezclarnos con la escritura masculina, tomar de ella lo que nos aporta, apuntar lo que nos falta y correr tras la conquista de esa ausencia. Pero, por sobre todas las cosas, leer a todos y no aislarnos en “ismos” que no construyen nada. Se trata de poner en caja las lágrimas, la tristeza y las descripciones minuciosas, pedirle tregua a las emociones, guardarlas por un rato en el rincón más alejado de la conciencia, debajo de alguna piedra. ¿Y después? Después esperar. Esperar a ver qué pasa, qué sale de no escribir las sensaciones, qué sale de otorgarle más valor a la trama -a las grandes líneas de acción- que al detalle y la minucia.

Valoro de la Novela roja las ambiciones de Florencia Del Campo que se animó a bucear en las profundidades del pensamiento sin temor a caer en lo cursi. Valoro lenguaje cuidado y comprensible, las dudas y cuestionamientos de su personaje, su angustia existencial, sus dilemas en torno al amor y a los límites de la cultura y lo social.  Imagino una gran segunda novela.

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Categorías:Reseñas

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