“Un mercado de pulgas con pasillos infinitos”


Por Leticia Martín // @leticiamartin

Apasionado coleccionista de libros, discos, revistas, películas, postales gratis, boletos capicúa, muñequitos kinder y programas de recitales, Rodolfo Edwards se define como un cartonero cultural. Una caja de zapatillas Adidas, dice, fue su primer biblioteca de libros en miniatura. Más adelante leyó a los clásicos y se inclinó por la poesía. Porteño, nacido en 1962, Edwards es licenciado en letras (UBA) y se ha especializado en Literatura Argentina y Latinoamericana. Publicó ocho libros de poesía y participó activamente en la revista 18 whiskys. Dirigió una serie de publicaciones emblemáticas: La Mineta, La Yilé en el Tobogán y La novia de Tyson. Organizó varios ciclos de lecturas y participó de casi todos los festivales de poesía. Contrariamente a muchos poetas de los 90´s Edwards ve con buenos ojos a las nuevas tecnologías. “Las redes son un gran escaparate, un mercado de pulgas con pasillos infinitos”, afirma. Conversamos con él para Revista Tónica.

 

¿Cómo fue tu arribo a la poesía cuando eras adolescente? ¿Qué te llevó a escribir en verso?

Empecé a escribir a los 13 o 14 años y el impulso fue absolutamente amoroso, quizás lo siga siendo. Mis primeras lecturas de poesía tenían que ver con letras de rock; Spinetta y Javier Martínez, sobre todo, y las traducciones de Jim Morrison y Peter Hammil que se publicaban en el Expreso Imaginario. La cultura rock, ese imaginario, me marcó para siempre. Después vino Neruda que me acompañó durante mucho tiempo. Lo admiré hasta el plagio, hasta que lo solté por Nicanor Parra y César Fernández Moreno. Ahora me enamoré de dos poetas uruguayos: Humberto Megget y Liber Falco.

¿Cómo surgió aquel grupo de poetas en los 90´s, del que formaste parte junto a Fabián Casas, Juan Desiderio, Alejandro Rubio, Sergio Raimondi

Con  los poetas que me nombrás, salvo Raimondi, que era de Bahía Blanca, y Rubio, al que conocí mucho tiempo después, compartimos buena parte de nuestras juventudes. Con Desiderio hasta tuve una banda de rock que se llamaba “Aguante de Cancha”. Con algunos de ellos nos conocimos en “La Mineta”, una hojita de poesía que hacíamos entre todos, y de aquellas inolvidables reuniones salieron muchas ideas y proyectos. En aquel grupo inicial estaba, además de Casas y Desiderio, José Villa, Darío Rojo, Mario Varela, Daniel Durand, Osvaldo Bossi, Carlos Battilana, Alejandro Ricagno, Marilyn Briante, Jorge Spíndola….todos poetas que después desarrollaron obras impresionantes y conformaron lo que la crítica llama “el primer noventismo”.

¿Cuándo empezaron a publicar “La Mineta”?

En el año 1987. La fundamos Jorge Spíndola, Juan José Pelorroso y yo. Después se agregaron Patricia Tielli, Daniel Conti y Raimundo Sanabria. En la facu de Letras conocí a Daniel Durand y a Villa que enseguida se prendieron a nuestras reuniones. ”La mineta”, llegó a tener más de 40 integrantes y publicamos 12 números, entre el 87 y el 89.

¿Cómo eran esas reuniones?

Nos juntábamos todos los sábados en el viejo bar Alabama, en Rivadavia y Urquiza. Terminábamos dando vueltas por la ciudad hasta el amanecer del día siguiente. Unos años antes yo había escrito un cuento donde unos poetas de reunían en un pub y organizaban concursos de grafittis y vivían todo tipo de aventuras alcohólicas y psicotrópicas….¡El cuento aquel se me hizo realidad! Después se me acercaron Casas y Desiderio. Todo germinaba imparablemente, éramos una máquina de poesía. Para mí fue una época alucinante. Unos inolvidables versos de Spíndola dicen: “éramos muy jóvenes/confundíamos árboles con fuego/frutas con ceniza/las guitarras ardían/como hembras por la noche/creo que había demasiado alcohol/o anfetaminas/y el vértigo/era una forma de belleza/nos tatuábamos corazones en la espalda/y poseíamos mujeres/con tigres en el pecho/todo el mundo llevaba una joroba/a punto de estallarnos en la cara”. Este poema de Jorge define muy exactamente aquellos años 80, cuando nos tocó ser jóvenes.

¿Qué fue “18 whiskys”?

Ese proyecto se fue convirtiendo en un verdadero mito. La idea original era hacer nueve números dobles pero apenas llegamos a sacar dos. Poníamos todo: poesía, ensayo, crónica, no le hacíamos asco a nada. Éramos muchachos de clase media baja, “negritos”, y los habitués del campo cultural nos empezaron a mirar con cierto recelo y desconfianza. ¿Cómo estos pibes tan desagradables se animan a escribir? Nos acusaron de patoteros, de curdas, de grasas, y tenían razón. Igual vencimos todos los prejuicios y aquí estamos.

¿Cómo fue aquella experiencia con la revista “La Yilé en el Tobogán”?

Esa revista la hicimos con Héctor Urruspuru a mediados de los 90. Con él dábamos taller, nos metíamos en un bowling, mirábamos a la gente jugar tomando unos vasos de ginebra que un mozo nos servía hasta el tope, éramos como hermanos. Después yo volvía a La Boca en noches terribles de fríos bajo cero, alucinando que las luces de las calles parecían cometas a punto de estrellarse contra las ventanillas del colectivo. En La yilé publicamos un largo poema de Allen Ginsberg que se llamaba Por favor maestro, una larguísima letanía donde le pedía a un gurú que le rompa bien el culo. Yo publiqué una especie de manifiesto que titulé Generación H, donde hablaba de nuestra desorientación política y existencial de aquellos años 90. Urruspuru tenía un compañero de laburo que era dueño de un boliche en un sótano de San Telmo; quedaba en Brasil y Bolívar y se llamaba El Arcángel. El tipo lo tenía medio cerrado, entonces nos propuso presentar la revista ahí o hacer un ciclo de lecturas de poesía. Por ese entonces yo andaba medio alejado de mis compañeros de “18 whiskys” y hacer este ciclo con Héctor fue volver al ruedo. El boliche era una disco con luces psicodélicas, pantalla gigante y un Dj. Yo andaba copado con las pelis de Russ Mayer y John Waters y se me ocurrió ponerlas de fondo sin sonido mientras los poetas recitaban.

¿Y con qué frecuencia hacían el ciclo?

Lo hacíamos una vez por mes, las primeras veces fueron diez o quince personas, pero después se empezó a llenar. En esa época no había internet y los diarios no incluían en sus agendas cosas como estas. Funcionó el boca en boca. En ese entonces las lecturas de poesía eran un embole: la mesita, con un velador y la jarra de agua mineral. Una tristeza. De pronto empezaron a parar en El Arcángel poetas como Gabriela Bejerman, Santiago Llach, Cucurto, todos muy jovenzuelos. Terminó convirtiéndose en un lugar de levante. Había canilla libre de whisky para los coordinadores del ciclo y filmábamos unos cortos totalmente delirantes, que dirigía Martín Carmona.

¿Cómo surgió la revista La novia de Tyson?

Esa fue una idea que tuvimos con Cucurto, Horacio Fiebelkorn, Martin Carmona y Marcelo Manuele, que hacía el diseño. Salieron cuatro números, entre 1998 y 2003. No publicábamos solamente poesía, también había narrativa, crónicas urbanas, humor, ensayo, collages fotográficos. El laburo gráfico de Manuele era importantísimo para lograr el “punch” que tenía la revista. Por esos años se armó una especie de Boedo/Florida con las chicas de “Nunca nunca quisiera irme a casa” que dirigía Gabriela Bejerman, que también estaba en el proyecto “Belleza y Felicidad”. Pero después cierta crítica nos puso a todos en la misma bolsa de “la frivolidad noventista”. Ya en el 2005 emprendí otra aventura con “Maldita Kubana”, en un barcito de San Telmo, que era tan chiquito como un depto de un ambiente. Me hacía acordar a una peli de Roger Corman que se llama “El falso escultor”.  Lo coordiné con Pol Ajenjo (poeta, actor, performer), con el que aprendí muchísimo de teatro.

¿Es cierto que sos uno de los creadores del mítico ciclo Maldita Ginebra?

No. Maldita Ginebra tuvo su prehistoria en La Yilé en el Tobogán pero fue fundada por Héctor Urruspuru, Esteban Charpentier y Ricardo Giménez y otros compañero que se fueron sumando con los años. “Maldita” arrancó en el año 97, si mal no recuerdo, y sigue hasta la actualidad, ya es leyenda. Por un corto período coordiné Maldita con Urruspuru, cuya tenacidad es admirable.

¿Poesía o narrativa?

La poesía es un flash, un segundo donde estalla algo y que hay que correr para escribirlo, para contarlo de alguna manera. Un relámpago en la noche, una marca de tiza en un temporal, una estrella fugaz que queda flotando para siempre en la memoria. El poeta está constantemente interpelado por esas iluminaciones y hay que hacerse cargo. En cambio la narrativa te permite una distancia, inventás personajes, te metés con la vida de los otros, es un género dialógico. El poeta está solo y como decía el gran Ringo Bonavena: “cuando suena la campana, estás tan solo que hasta te sacan el banquito”.

¿Cómo te llevás con la tecnología? ¿Leés libros digitales?

Leo digitales por razones estrictamente profesionales, cuando no encuentro edición en papel. Aunque tengo editado un e-book . Lo pueden levantar aquí: ohttp://www.pesiaargentina.com/fichaebook.phok=1p?idEbo3

¿Ves series? ¿De qué manera las consumís?

En los últimos años me enganché con Inspector Morse y Californication. Las veo por cable y también descargo y veo on line a veces. Hay una serie española que se llama “Cuéntame cómo pasó” que descubrí hace cuatro años y que va por su temporada 14. Trata sobre la historia de una familia española entre los años 1968 y 1981 con todo el contexto social e histórico: el ocaso del franquismo, la transición, el destape, etc. Me encanta porque en la serie puedo leer a Balzac/Pérez Galdós. La gracia es que los personajes van envejeciendo junto con los actores. Está muy bien hecha, tiene una producción alucinante y unas actuaciones espléndidas. La recomiendo.

Vemos a diario que publicás tus poemas en las redes sociales. ¿Creés que lo que pasa en Facebook y Twitter tiene que ver con la escritura?

Sí. Plenamente. El surgimiento de las redes sociales es un fenómeno que no se puede parar, modificó nuestra percepción. Las redes son un gran escaparate, un mercado de pulgas con pasillos infinitos. Hoy todos tenemos derecho a un lugar bajo el sol. A las personas hay que motivarlas para hacer de su vida una obra de arte, no importa el resultado final, lo importante es crear, hacer, inventar. Además ahora todo el mundo puede publicar, en papel o virtualmente. Perón solía hacer una evaluación de la situación del alumnado universitario antes del peronismo; a la Universidad entraban por año 100.000 alumnos, si entrasen 1.000.000, decía el General, habría muchas más posibilidades de que aparezca un genio. Me molesta la supervivencia de ciertos bolsones “aristocráticos” donde se cree en que la torta se tiene que repartir entre pocos que se creen superiores al resto. Ahora estamos “todos en el mismo lodo”, como diría Discepolín. Hay gente que se preocupa por hacer rankings y listados, al modo de la “lista de Schindler”, seleccionando a los que se van a salvar del infierno del olvido. El tiempo es la única gran zaranda. El tiempo es el mejor antólogo.

¿Te arrepentís de algo?

Sí, de no haber jugado en la primera de Independiente.

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Categorías:Entrevistas

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