Cómo soportar la propia masculinidad

Editorial Pánico el Pánico

75 páginas

$80

Por Leticia Martin // @leticiamartin

Un género como cualquier otro cruza la temática sexual con los laberintos de la psiquis masculina. No digo nada nuevo. Sí encuentro en ese cruce, donde el concepto de “masculinidad” toma diversas formas, la riqueza de lo que César Aira expresó en aquel conocido ensayo sobre el ensayo: siempre hay que cruzar dos temas. Valverde, de alguna manera, imprimió esa máxima a cada uno de los relatos, encarnó narradores diversos, neuróticos y perversos, a la vez que construyó historias breves y autoconclusivas que llevan agua al mismo molino: pensar la relación del varón con el sexo, o más precisamente con el sexo opuesto. Ese aire conceptual que atraviesa el libro permite establecer relaciones entre cada unidad y que pensemos ciertas líneas generales que se enhebran desde lo temático. Sus personajes, siempre varones, todos diferentes, en general burgueses de clase media intelectual, cruzan sus vidas más o menos desparejas con mujeres de toda índole.

¿Puede llamarse a eso misoginia? Para comenzar digamos que no.

1. Pablo riega su habitación con las remeras de Florencia, se siente cómodo en su papel de víctima, googlea el nombre de ella cada día, se obsesiona, no puede sobreponerse al abandono, se siente incapaz de rearmar su vida, descarga cada disco que escuchaba su novia, recorre las calles donde estuvo con ella, le envía mails sin contenido y le habla mentalmente. Pablo es uno de esos neuróticos obsesivos de manual. Un varón hipersensible, casi lacrimógeno, que tiene una relación más estrecha con su neurosis que con el sexo opuesto.

¿Se puede considerar misógino a un hombre débil de carácter? Convengamos que tampoco.

2. Un pibe miedoso esconde como puede su excesiva timidez detrás del alcohol y el consumo de cocaína. Se trata de un masculino —usos las palabras del narrador— tratando de explicarse el errático e inentendible mundo femenino. ¿Cuándo hay que decirle a una chica “vamos a coger”? ¿Cómo se maneja la ansiedad devenida anticipación? ¿Es masculino dar explicaciones? Más Prozac, más Zoloft, más Cymbalta, todo para estar tranquilo, disimular que se está tenso. ¿Es mujer la mujer que no pide explicaciones? El narrador señala: “La beso, la abrazo, le saco la remera y cuando pasa el brazo por la manga, la zapatilla se le cae al suelo y todo funciona perfectamente”. Todo funciona menos la cabeza del narrador, que sigue anticipándose y avizorando futuros lejanos y elucubraciones que no dan cuenta del mentado “principio de realidad”.

¿Es misógino un varón alterado mentalmente que empuja a su mujer en un acto de desesperación? Sigamos conviniendo que no.

3. Un sociólogo reflexiona sobre los guiones que Korshnovskai rodó para la industria pornográfica audiovisual. Géneros y subgéneros, modos de acercamiento a los órganos genitales, Geena Peres actuando el papel de diversas víctimas en las raping movies y una reflexión acerca del dispositivo cinematográfico: “La extrema vulnerabilidad acaba mostrando los hilos de lo artificial”. En este extenso e informativo “cuento” también hay lugar para pensar la crítica de las películas condicionadas, el papel que jugó Roth en esa instancia y el devenir del porno en la era digital. Alguien podría argumentar que este relato de características ensayísticas merecía otro espacio de publicación y no estar rodeado de historias ficcionales de antihéroes neurotizados, en el mejor de los casos. Sin embargo, como mencioné al comienzo, si dejamos de lado lo retórico y lo enunciativo y pensamos que son los rasgos temáticos los que emparentan los textos que dan unidad a este libro, podremos concluir en la pertinencia de su inclusión.

¿Es misoginia plantear que el llanto interminable de una actriz porno des-erotiza al espectador? Definitivamente, tampoco.

4. Un argentino viaja a Tailandia y conoce a dos amigas que están de vacaciones en el mismo lugar. Una es linda y la otra es gorda. La segunda tiene una función muy cercana al papel que Fogwill le otorga a la amiga rechoncha de su Muchacha Punk: resaltar al personaje protagónico. Pero aquí la trama se desgrana de otro modo. La gorda es la que termina dando la lección al argentino inflado, canchero, desmedido, y dejado de lado por la belleza suntuosa de su chica elegida. ¿Qué otra cosa puede movilizar la atención de una lectora de lo contemporáneo que descubrir los pensamientos masculinos, conocer sus recovecos, tácticas y estrategias? ¿Qué hay más interesante que avizorar —gracias a ello— futuras acciones e interacciones? ¿Hay alguna cosa más graciosa que un hombre ridiculizándose? El narrador de Pensé en esto mientras escribía en vos se ríe de sí mismo, de su imbecilidad, de sus pulsiones, de su psiquis y también —por qué no— de su argentinidad. Subrayo esos momentos como los más destacables del libro. Está bien, hay un par de mujeres nominadas con desprecio, puede ser. Podríamos detenernos ahí, en los adjetivos. Sin embargo me pregunto; ¿es misoginia encarnar un narrador que piensa y dice determinada palabra, que utiliza para narrar determinado lenguaje? Sería tonto que aclare la diferencia entre autor y narrador, o que caiga en comparaciones acerca de la distancia entre un asesino y la mano que le da vida en la ficción. Recupero entonces el momento en que el soltero codiciado perdido en Tailandia cae en la realidad, deja atrás sus especulaciones y comienza a ver y adjetivar a su objeto de deseo de otro modo: “Me di cuenta que la claridad había vuelto cuando pensé que la culona, en definitiva, no estaba tan buena. Era una más de la legión de las que apenas están un poco mejor que la media, de las que se dejan llevar por el cuentito del Che Guevara, por el progresismo superficial, de las que veían a un hippie y se sentían comprometidas tanto con la revolución como con la vida comunitaria y el contacto con la madre naturaleza. Eran las que iban a Bolivia, se compraban el gorrito andino y a los cuatro meses ya ni sabían dónde estaba. La verdad es que me dieron ganas de abrazar al gigante rubio y decirle gracias, macho, de la que me salvaste”. Adriana, aquella gorda que iniciaba el relato, ese personaje secundario, decorativo, que sólo la jugaba de acompañante deslucida y entrometida, termina convertida en un sueño sexual. No sólo deja de ser un adjetivo para pasar a tener un nombre, sino que termina siendo comparada con el whisky: “ese sabor de mierda que no podías entender […] que jurabas no volver a tomar más pero que un día descubrís que te gustaba, que antes eras un gil y ahora un capo”. Adriana, finalmente, representa la mirada fugitiva sobre lo que significa para un hombre dejar de estar solo, aceptar quién es, poder observar lo real y dejar atrás sus fantasías mentales.

Que pase el que sigue. No hay misoginia.

5. Invierno es el relato más breve del libro. Breve, como los momentos intensos de felicidad. Breve, también, como el instante en que se dispara una foto. Y eso lo hace un muy buen cuento. Lo que un hombre recuerda de la relación con una mujer es la frase: “vamos a un lugar donde haga muuuucho frío”. Sólo para contrarrestar la sentencia de estar frente a un gran cuento de amor diré que sobra la palabra “ternura” y que el título no es afortunado porque anticipa y desluce la imagen central del relato.

Misoginia cero. Sigamos.

6. Un matrimonio proletario se separa luego de quince años de relación y, juicio de por medio, comienza a comunicarse a través de cartas; más precisamente: Walter le escribe unas serie de diatribas a su “conchuda” Edith, que en verdad jamás le contesta, o al menos no hay marcas en el texto que den cuenta de ese ida y vuelta. De este modo, lo que en apariencia se plantea como un diálogo, es apenas el monólogo de un hombre despechado. Aquí nos encontramos frente al resentimiento de un masculino que fue víctima del abandono de su mujer. Mujer que, entre otras cosas, traía a su madre a vivir a la casa y hasta fue capaz de vender la colección entera de sus discos de jazz. El cuento no carece de burlas, reproches y violencia verbal. Walter le dice a su ex mujer que pensaba en el carnicero de la esquina cuando estaba con ella, que es una mentirosa, que se victimiza en el pueblo a costa de inventos y que no tiene aspiraciones. En este cuento la voz del narrador permite que veamos el costado enfermo de las relaciones de pareja, el odio que se cruza con el amor y las consecuencias de la acumulación de broncas. “Te quise, la puta que te parió, lo peor de todo es que te quise”, confiesa el hombre a su ex mujer. ¿Qué dirá Edith al leer esas cartas? ¿Se sentirá intimidada al conocer las confesiones de su esposo despechado? ¿Habrá ido a buscar a Gladys, la puta con la que —ahora sabe— Walter la engañó alguna vez? ¿Estará tramando exterminarlo? No lo sabemos. Sólo descubrimos sobre el final que, pese a todo, Edith pretende volver con el psicópata resentido, que el odio de su marido es su objeto de deseo, lo que mantiene viva aquella relación enfermiza.

¿Misoginia o reproducción de perfiles que vemos a diario, mirada sagaz sobre ciertos estereotipos? El relato no hace apología del maltrato. El narrador se mantiene silenciado y es el propio personaje quien se irrita y alza la voz. El final es abierto y hasta un lector desprevenido podría intuir la tragedia que subyace latente. Me gusta usar el término: “evidenciar”, digo, la voz de Walter evidencia un tipo de subjetividad masculina enferma y despreciable. Tanto y nunca menos que la subjetividad estropeada de su precaria Edith.

Si rastreamos al sentido exacto del término “misoginia” encontramos que es la tendencia ideológica y psicológica que lleva a cualquier ser humano a despreciar todo aquello que considere femenino. Sin dudas no es ese el sentido que pueda encontrarse a estos relatos que, en su conjunto, cuestionan una cantidad de perfiles y estereotipos de masculinidad. Por el contrario, Un género como cualquier otro demuestra que no hay encuentros definitivos sino meras casualidades momentáneas, que los seres humanos sólo pueden conectarse cuando logran despejar las pilas de histeria, violencia y neurosis que atraviesan sus subjetividades. Pero además es la clara convicción de que vivimos naufragando entre falsas ideas, preconceptos y prejuicios, rodeados de dificultades absolutamente primitivas: los personajes temen, dudan y se esconden, siempre hay algo que se interpone entre los cuerpos. Un pensamiento torcido, una máscara, una forma de ser, una pantalla, un determinado consumo o una forma prefabricada de habitar el mundo. ¿Cuándo hay que hablar? ¿Cuándo no? ¿Qué decir, qué insinuar, qué callar? ¿Cómo llevarse una mujer a la cama? No es la espontaneidad lo que mueve a estos personajes que recorren casi todas las posibilidades de avance de un sexo sobre el otro. Más tímidos, menos tímidos, más enfermos o más aventureros, cada uno se encuentra con el límite y el problema de la sociabilización. En ese sentido es un libro crítico del modo en que, finalmente, la modernidad operó en la conformación de la psiquis del varón. La cuestión, me parece entonces, no es tanto el tono “misógino” de los cuentos, como el límite a que se enfrentan los personajes. Un límite que abre la interpretación mucho más allá del modo en que será posible “soportar a las mujeres”, como interpreta Mavrakis, sino que plantea al mismo tiempo cómo podrá el varón soportar sus propios miedos e imposibilidades. Finalmente quisiera afirmar que me resultó interesante y atractivo espiar el modo en que se miden los hombres, el modo en que —tanto los estereotipos masculinos como femeninos que reproduce García Valverde— suelen quebrarse en todas las tramas. En esos momentos en que aparecen las confesiones y fragilidades, cuando los personajes se permiten salir del personaje que construyen y dejan aflorar pensamientos nuevos, uno puede encontrar la sorpresa reparadora, incluso el humor inteligente del autor que logra reírse de sí mismo.

“Loca”, “gorda”, “causante”, “chiquita”, “linda”, “belicosa”, “nena” —no importa la  denominación— todas ellas colaboran con el enredo mental que los personajes masculinos deben desentrañar para sobrevivir en armonía a la relación con ellos mismos.

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Categorías:Reseñas

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