Mi doble soy yo

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Por J.S. De Montfort

Agnès, Catherine Pozzi.

Traducción de Manuel Arranz, Ed. Periférica, Cáceres, 2014

Podría argumentarse que la tendencia intelectual a la exclusividad de Paul Valéry, ese escritor del que dice Vila-Matas que es uno de esos que se sienten “siempre incómodo[s] ante cualquier movimiento de una inteligencia que no sea la suya”, ha sido la principal causa para que la escritora francesa Catherine Pozzi (1882-1934), quien fuese su amante durante ocho años (entre 1920 y 1928), no haya conseguido volar -del todo- por libre. Pero también podría argumentarse que hay una segunda exclusividad que explicaría esta tangencialidad de la obra de Pozzi, y es que su obra narrativa consiste exclusivamente en un relato breve de apenas varias docenas de páginas, Ágnes. Y que, encima, se trata de un relato autobiográfico en el que, de manera más o menos disimulada, se da cuenta de esa misma relación entre Pozzi y Valéry. La paradoja es que el texto significa un intento de Pozzi por librarse del dominio intelectual de Valéry (y lo consigue, de hecho; y ahí radica su importancia y valor, claro).

Ágnes (Periférica, 2014), el relato al que nos referimos y que se acaba de publicar en traducción de Manuel Arranz, se comenzó a escribir en 1922 y no se publicaría hasta cinco años después, el 1 de febrero de 1927, en la Nouvelle Revue Française, dirigida por Jean Paulhan, quien fuese amigo de la propia Catherine Pozzi. El relato, en su primera edición, apareció firmado con las iniciales de Pozzi (C.P), lo que le añadió un atractivo suplementario (y morboso). No es el único texto que escribiría la autora francesa, a pesar de que el éxito de Ágnes le produjo una suerte de rigor paralizante, ya que es también responsable de una serie breve de seis poemas (seis), un prolongado diario y varios artículos científicos, además del ensayo filosófico Peau d’âme; materiales todos ellos publicados de manera póstuma.

La obra de Pozzi, en su conjunto, supone un intento por sintetizar en una forma coherente el sensualismo, la ciencia y la religión. En el mencionado ensayo, Peau d´âme, Catherine Pozzi declara, y esto versioneando a Descartes, que es precisamente la sensación y no el pensamiento abstracto lo que se requiere para dar cuenta de la noción del ego. Así, el “pienso, luego existo” se convierte en “siento, luego existo”. La idea de Pozzi, pues, es un intento por elaborar una especie de panteísmo espiritual (al estilo de Blake) y que sirva de unión para que los mundos separados del cuerpo y el alma cooperen en un propósito común. Dicho de otra manera: intenta Pozzi resolver eso que T.S. Eliott llamaba “la disociación de la sensibilidad”, una lacra que venía desde el s. XVII y de la que la cultura europea parecía no haberse recuperado. Aspiraba Pozzi, en resumidas cuentas, a crear un estilo caracterizado por una intelectualidad sensualista.

Se ha de tener en cuenta esto al abordar la lectura de Ágnes, pues el breve relato está apuntalado por los tres vértices que anteriormente indicamos: la ciencia, la religión y el sensualismo, y su discurso se articula dualmente, en un avance paralelo de sensación y pensamiento y que se soluciona en una consumación final. No en vano, el epílogo con el que concluye Ágnes da cuenta de una noche de bodas, metáfora más que simbólica de ese cumplimiento.

La historia que se cuenta en el libro es muy sencilla, es la creación del doble, entendido como ese lugar más alto de uno mismo (y al que se aspira naturalmente) y que se consigue sólo cuando uno se vence a sí mismo (cuando uno doblega a sus debilidades y pretende convertirse en lo que le dicta su orgullo).

El relato se inicia con un yo (Ágnes, un cuerpo de diecisiete años, y que no sabe nada de nada, trasunto de Catherine Pozzi) que escribe a un tú imaginario (el amante, trasunto de Valéry), presentido, mezcla de fantasía y reflexión idealizada. La narración consiste en el plan de construcción de esa figuración de la Ágnes ideal, para que esté a la altura del amado cuando este finalmente aparezca (se entiende entonces aquí el amor en un sentido neoclásico, como aspiración a la grandeza, como forma de perfección). Y ello implica, también, la necesidad de crear un lugar nuevo, prístino: “un lugar para ti [el amado presentido] donde nadie entrará jamás, donde estaré yo sola para escribirte y hablarte”. Ese espacio lo constituye aquí “un cuarto de la ropa abandonado, en el patio […] orientado al Este [que] No es grande, pero es muy luminoso; y está muy limpio, como los pensamientos que quiero tener”. Ese lugar servirá también inventar una nueva moral.

Instalada ya en el espacio nuevo, Ágnes dispone en la pared dos tablas de Cualidades: las actuales y las “óptimas”, las que desea conseguir. Y se consagra al estudio, al aprendizaje, para llegar a ese punto de excelencia deseado. Confiesa: “como no sé nada, todo me viene bien”. Lo primero que aprende, muy significativamente, es el verbo AMO. “Me ha costado dos horas”, dice. Ágnes se ha impuesto tres años de plazo para su proyecto: a los veinte años sus objetivos se tienen que haber alcanzado. Este proceso de reclusión lo ve Ágnes como un modo de “ponerme a prueba” y es, al mismo tiempo, un proceso de sustitución y muda, pues el amado usurpa el lugar de Dios, pero el de ese dios puro sin dogma, no el católico. Al mismo tiempo, y como para acelerar ese proceso, Ágnes se va despojando paulatinamente “de los ropajes del espíritu” (verbigracia: de la fe católica, a la que renunciará en última instancia; y ello enfrentándose a su familia y, en especial, a su abuela).

El proceso de aprendizaje de Ágnes se cifra en “todo aquello de lo que él [Jesús] no se ha preocupado”. Esto es: la ciencia. Así se aplica Ágnes en el estudio del universo, del álgebra, la química o la física, preparándose para “el momento de mi destino”. Un momento que se cumple, como dijimos antes, en el epílogo del texto, en el que la protagonista se convierte en la Ágnes idealizada, la que solamente puede ser narrativa, pues Valéry jamás dejó a su mujer por Catherinne Pozzi. Así, Ágnes (y, al mismo tiempo, la propia Pozzi) se realiza espiritual, literariamente en el texto. Y ahí es únicamente donde puede hacerlo, en el lugar del discurso poético, pues no se olvide que el nombre de Ágnes viene del griego y “quiere decir pura”; o sea: libre y exenta de toda mezcla de otra cosa. Es significativo, a este respecto, lo que Catherine Pozzi escribirá en su diario, el 9 de mayo de 1927 (apenas tres meses después de la publicación de su relato): “Agnès soy yo, completamente yo; y la amo como me amo a mí misma. Desde ayer he dejado de amarme”. El doble, pues, ha sustituido al yo; lo ha dejado morir, más bien.

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Categorías:Reseñas

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