El filósofo periodista

cubierta gaziel

Por J.S. De Montfort

Gaziel, De París a Monastir.

Prólogo de Jordi Amat,

Libros del Asteroide, Barcelona, 2014, 305 páginas.

Dice el escritor y filólogo Jordi Amat, que es quien firma el prólogo de De París a Monastir (Libros del Asteroide, 2014), que esta obra de Gaziel “es una de las pocas obras maestras de toda la historia del periodismo español”. No soy especialista en periodismo español, así que no sé cuántas más hay, ni si las habrá, pero de lo que no me cabe ninguna duda, y lo que les puedo asegurar con absoluta y urgente franqueza, es que el libro que nos traemos entre manos es una obra de primer orden, excelente. Sí, en efecto, una obra maestra.

Y conviene decirlo sin demora porque quizá a algunos lectores literarios les pueda repeler la condición periodística del volumen o acaso el tema bélico en el que se sustentan los textos contenidos en esta recopilación de crónicas. Mas sépase rápido que la política y la guerra, como bien dice Amat, “acostumbra[n] a ser una línea argumental secundaria” y que la condición periodística de las crónicas tiene que ver más con el contexto de la publicación de las mismas que con su naturaleza, pues una de las cosas que enseguida llamará la atención del lector de este volumen es su artisticidad, esto es, su cualidad literaria. Y, ello, en gran medida, porque la base de la excelencia de Gaziel radica en su mirada: el  juicioso otear de un joven hombre de letras que es capaz de intuir en el detalle la relación secreta del conjunto. Los ojos de un joven de 26 años que no tiene reparo en escribir en una primera persona muy cercana al punto de vista diarístico y que confiere una eficaz pátina de verosimilitud, autenticidad, frescura y simultaneidad a lo enunciado. Lo curioso es que, a pesar de que en su momento resultó el estilo de Gaziel original e innovador, el lector contemporáneo lo leerá a la luz del relato clásico, al estilo de Poe; así: una historia secreta (la del horror y la guerra) que deambula silenciosa por entre los intersticios de la historia visible (la política, la crónica de costumbres) y que, al final, se hace visible con las hordas de serbios que huyen en tropel ante la avanzada del invasor búlgaro.

La belleza, hondura, pero, por sobre todo, la relevancia contemporánea de Gaziel radica en la espiritualidad que alienta su prosa y en sus referencias histórico-literarias, en su fuerza metafórica, en su costumbrismo lúdico y en su adjetivación memorable. Pero también en la utilización simbólica de los elementos cotidianos y en el carácter aventurero de todos sus retratos mundanos,  por no mencionar el recurso al estilema del lazarillo (a Gaziel le acompañará en su periplo y le hará de guía el danés Baggel, un personaje cuya función narrativa es tan propicia que parece una invención del autor; se sabe, sin embargo, que fue un personaje real). En definitiva, el interés que encierra para el lector actual la obra de Gaziel estriba en el hecho de que su experiencia personal no es solo garantía de verdad (en virtud del testimonio), sino oportunidad para la reflexión y para la construcción de un personaje dramático, un narrador testigo que zigzaguea entre el asombro, la fatiga, la nostalgia y el tormento.

Tengo para mí que gran parte del éxito de estas crónicas -leídas hoy- radica en la extranjería de Gaziel, y no me refiero exclusivamente al hecho de que sea un catalán que se asombra ante la convulsión de la guerra que se extiende por los países europeos, sino al hecho de que no es periodista, sino un filósofo que, de pura casualidad, cae en el periodismo (“yo carezco en absoluto de la enredona habilidad reporteril”, dirá Gaziel). Pero hay, también, un segundo factor que podría explicar su excelencia, un segundo factor que es doble: el hecho de que Gaziel tuviera un cierto margen (varias largas semanas entre la observación y las primeras notas tomadas in situ y la entrega del texto definitivo) para re-escribir las notas de su diario y, darles, así, un vuelo más narrativo. Además, un factor crucial para la redondez estructural y emotiva de este libro es que Gaziel antes de escribir tenía ya una concepción de conjunto, y quería que la totalidad de sus crónicas formasen un todo unitario. Esto permite que De París a Monastir tenga una trama bien definida y, asimismo, facilita que la intensidad dramática vaya creciendo silenciosa y paulatinamente, como una sombra, hasta que en la última parte irrumpen sobrecogedores los efectos salvajes de la guerra (de hecho, no es sino en la página 213 -el libro tiene 305- cuando se trata explícitamente el tema de la muerte, tan caro a las contiendas bélicas). Vale la pena resaltar una las primeras declaraciones de Gaziel, y que sirve como justificación al tono de jovial aventurero que impregna muchas de las páginas del libro, al decir que “debemos procurar que la obsesión de la guerra no nos embote el instinto de las realidades más puras”.

Gaziel es el nome de plume de Agustí Calvet (1887-1964), uno de los periodistas más influyentes del primer tercio del siglo XX en España y De París a Monastir incluye una serie de crónicas fechadas entre el 12 de octubre de 1915 (en París) y el 19 de noviembre de 1915 (de regreso a Barcelona, a bordo del buque Hellenía). El conjunto de crónicas comenzaron a aparecer regularmente en la sección que La Vanguardia dedicaba a la guerra a partir del 24 de noviembre de ese año y, en formato libro, se publicaron dos años después, en 1917. Desde entonces no había vuelto a publicarse este libro; se entenderá entonces el acontecimiento que significa que De París a Monestir esté disponible para el lector en español.

El objetivo de las 35 crónicas que constituyen el volumen recientemente publicado por Libros del Asteroide es el de dar cuenta del recorrido de poco más de un mes de duración entre Italia y Serbia (aunque en el título se nombre París, el viaje comienza realmente en un barco desde Barcelona hacia Génova y París solo aparece en la breve nota de función preliminar, que lleva por título Ex Oriente, lux, texto que sirve apenas como preámbulo introductorio o acaso como pliego de intenciones). Gaziel se embarca el 22 de octubre en el Grao, llega a Génova, “ciudad triste y soberbia, rica de opulencia sin arte, abrumada por el recuerdo de una inmensa y desvanecida grandeza”, pasa un día en Milán donde se hace eco de los rumores que sobre España aparecen en la prensa italiana (los prejuicios contra los españoles, más bien). Enseguida viaja el filósofo-periodista a Nápoles, cuyos aires encuentra “cargados todavía de rescoldo estival” y, de ahí, se embarca en otro buque, el Adriatikos, camino de Mesina, ciudad “hecha añicos por el último terremoto”. Mientras lee la Odisea andará rumbo a tierras helénicas y arribará a Patras el cuatro de noviembre, para contemplar su cielo “puro, despejado, profundo y ardiente”.

Pronto se le hace a Gaziel evidente la situación crítica de Grecia, e intuye cómo, en realidad, nadie quiere la guerra y constata afligido el modo funesto en el que la opinión griega se halla dividida (unos en favor del monarca, Constantino, los otros en favor del político Venicelos). “¡Es indudable que va a ocurrir algo gordo” sentencia el filósofo-periodista. Las crónicas que seguirán a su llegada a tierras helénicas (unas ciento cincuenta páginas largas) se basan en sus impresiones atenienses, en disquisiciones políticas, en la atenta vigilancia de la llegada y organización de las tropas aliadas a tierras helénicas (pero también de aquellas a las que él llama “las aliadas”, esto es, meretrices que corren en pos del aburrimiento de los soldados), el infierno sin víveres que es Salónica o la vida de los judíos sefardíes que residen en la ciudad. Es la parte más amable e instructiva, por así decir, donde Gaziel nos muestra su pluma perspicaz y humanista y las crónicas oscilan entre el retrato costumbrista, el reportaje al estilo del libro de viajes, la anécdota más o menos divertida o frívola, pero también queda espacio para la denuncia explícita de la guerra. Se lamenta Gaziel: “¿Para qué, pues, tanto estruendo y tanto sufrimiento?”.

Pronto entendemos que, igual que en un buen relato novelesco, este largo tránsito -las tripas de la narración- sirve de colchón preparatorio (pero también de justificación y aviso) para la verdadera intensidad dramática que enseguida acontece. Dice Graziel llegado este punto, cuando parten hacia Serbia: “nuestras almas se anegan en un bache profundo de melancolía”. Y no tardará en presenciar “los primeros horrores de la catástrofe serbia”, escenas que le infundirán “una congoja terrible, una piedad ilimitada, una tristeza radical y un hastío soberano del mundo”. La narración no tarda en ensombrecerse y el otrora cronista vivaz, lívido, hambriento de experiencias y azares se siente “un vagabundo acogido a la misericordia de gentes extrañas”. La apacible nostalgia que destilaban sus crónicas griegas se troca en una violencia sorda, en un insomnio lingüístico y que vela la noche igual que esas estrellas “que naufragan en la frescura del alba”. La llegada de Gaziel a Monastir es breve y pronto se devuelve hacia Grecia. Sin embargo, es suficiente la mención de un único cadáver en la página 288 (un muchacho al que las ruedas de los carros de los emigrantes que huyen le aplastan el tórax y el cráneo) y la recurrencia de la amenaza irrecusable de los búlgaros que se acercan, que acechan el caserío de Monastir, para sentir el más hondo pavor, un horror denso e ineludible: “las negruras bárbaras del Medioevo”. Gaziel muestra y sugiere y anuncia, y con ello nos conmueve y seduce y nos aflige gravemente.

El filósofo-periodista catalán termina su libro así: “lo que nos interesa no es el valor histórico (quizá porque somos incapaces de adivinarlo todavía) ni la significación ideal, póstuma, del extraordinario conflicto; lo que nos absorbe, de momento, es el pormenor, la anécdota, la evolución y no el fin de los graves sucesos que nos rodean”. Lo que al lector contemporáneo interesa de Gaziel es justamente ese estar en medio de los acontecimientos, el presagio de esa alborada sombría. El hecho de que Gaziel no pondere como un periodista, ni tampoco pontifique como un estadista, sino que cante y celebre como un rapsoda, que analice como un filósofo y que entienda la miseria humana como un novelista, es lo que hace que el lector actual sienta válida este obra, que sienta no solo que la lectura no le ha sido en vano, sino que le ha conectado con lo más íntimo de su humanidad, con toda su miseria y melancolía, pero también con la alegría irrecusable de estar vivo, de seguir estando vivo./RT

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