“En las películas porno se usa yogur”

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Por Leticia Martin / @leticiamartin

Me llega un flyer por mail. “Mano alzada. Exposición oral. Literatura erótica vs. literatura pornográfica”. Oh -pienso- por fin dos cosas que chocan, se enfrentan, un debate. Imagino un ring. En un rincón: los gorilas que defienden el erotismo. En el otro rincón: la pornografía Montonera. Pero no. Llego a la librería palermitana y en lugar de un debate encuentro sillas dispuestas mirando al frente detrás del cuál hay una barra y un mozo preparando café. Agarro un diario de papel y me siento en una mesa individual. Miro la hora en mi celular. Creía que llegaba tarde pero, al contrario de mi percepción, soy la primera en arribar a la cita. El mozo se acerca e interrumpe mi lectura.

-¿Venís al debate?

-Sí -le digo- te iba a pedir un café.

-Es allá -me contesta- atrás; y yo miro la mesa principal, dispuesta con las copas de agua y los micrófonos, y las sillas vacías preparadas para recibir a unas cincuenta personas. Todavía estás a tiempo -agrega- el taller no comenzó. Entonces insisto con el café y logro que me lo sirva mientras analizo el uso repentino del término “taller”. Unos minutos después dejo el bar por el pasillo que conduce a los baños, en cuya antesala hay dispuestos dos sillones y dos taburetes alrededor de una mesa ratona. El ring de box de la literatura hot se parece bastante al set de un programa de televisión de la franja de las tres de la tarde. Por suerte llego para desempatar el tres a tres equilibrado entre quienes dirigen el “debate” y quienes vienen a escucharlo.

-Nos cambiamos porque acá hay más intimidad -me dice una de las dos coordinadoras- ya estamos por comenzar. La mujer tiene el pelo largo, rubio, la cara redonda y un importante aire de superación. -Nuestro hincapié inicial fue la moda editorial a partir de las Cincuenta sombra de Grey -dice. Las tres personas que hacen de público la miran con atención. Yo pienso en dónde habrá quedado tirada la idea del “debate”. Sobre la mesa hay varios libros apilados. Lamborghini, Anaís Nin, Ballard, Sade. Me pierdo observando la apariencia de los presentes. ¿Qué harán acá? ¿Por qué decidieron venir a un evento como este? Un señor mayor de camisa rosa y pañuelo al cuello se mueve incómodo en el sillón. Debe tener ganas de coger -pienso.

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-La intención del taller es revisar el género erótico para derribar tabúes -comenta, sentada en el medio, la coordinadora más tímida, de tez y cabello oscuro, modales correctos y suave tono de voz. Una señora mayor de rulos armados y cuerpo prominente apoya su mano invasiva sobre mi antebrazo y me pide -sin decir “por favor”- que lleve la espalda hacia atrás. Intuyo que quiere ver mejor a la coordinadora. Le doy el gusto y me acerto contra el espaldar. De pronto estamos escuchando un fragmento que lee la coordinadora rubia de cara redonda. “Si yo fuera puto, te chuparía la pija”. La rubia lee tensa un extenso párrafo de Lamborghini. Mientras lo hace se le traba la lengua, respira mal, oculta el sofocón que le produce la puesta en acto de ese texto pornográfico. Todavía no sabemos por qué lo está leyendo y ya la rubia verbaliza la descripción de una felatio entre varones, con el infinito lujo de detalle que sólo le queda bien a Lamborghini. Pienso en el espacio de intimidad que propone un texto así, en la tosca forma con que se puede dar por tierra con semejante plan de lectura. ¿Qué onda leer en público? ¿Qué sentido tiene socializar esa lectura? Me reprendo mentalmente y dejo que el debate se desenvuelva.

Cuando el tercer integrante del clan coordinador toma el libro de Nin y lee la erección de un voyeur que espía señoritas, el mozo corta la lectura para bajar tres porrones de cerveza y dos tacitas de café. El coordinador interrumpido deja Pajaritos sobre la mesa y ayuda al mozo a distribuir el pedido. La tensión se diluye y se destapan las cervezas. El breve público se mantiene silencioso. Yo siento que todo me da risa, y a todo le encuentro doble sentido. Comienzo a escribir mentalmente esta crónica. La espuma de la cerveza llega al pico del porrón y se chorrea. Metáfora en metonimia -pienso. ¿Por qué está esta gente acá? Insiste la pregunta. ¿Y si estuvieran leyendo a Miller o al Marqués de Sade? ¿Y si me hubiera quedado en casa, leyendo a Simone de Beauvoir?

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En seguida se abre el juego. Termina la cita de Nin y cae la pregunta previsible. ¿Cuál texto es pornográfico y cuál texto es erótico? Opinar -pienso- ahora todos a opinar. El debate, que a esta altura se había convertido en un taller, ya estaba deviniendo conversación de sentido común. Pura doxa sin filtro. El hombre de camisa rosa y pañuelo al cuello comenta sobre unas fotos eróticas que vio en internet. Quiere señalar una diferencia entre erotismo y pornografía pero cuenta su práctica y no puede salir de ahí. “La diferencia en la fotografía la hace la luz” -termina diciendo.

La que sigue en el circuito de las opiniones es una pelirroja, tercera en el sofá del grupo que integramos “los del público”. -El tema es dónde te ubicás -señala. -Para un ultra católico ese texto es imposible.

-Está perfecto lo que dijeron todos -retoma la rubia de cara redonda, y le pega un trago al porrón de cerveza. -Decir pornografía no es mala palabra.

Meto mi cabeza dentro del cuaderno y tomo nota de la frase que acabo de escuchar. Mientras tanto, la charla deriva en lo “artístico que tiene que tener el texto” y más adelante en “la mala prensa que tiene la pornografía”. En los quince minutos que siguen se arma una mega ensalada donde entran todos: Eros, Tánatos, Hesíodo, religión, prostitución, lujuria y erotismo. Más o menos, al cabo de una hora, la conclusión a que se llega es que el erotismo sugiere y la pornografía explicita. Bueno.

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-¿Pero entonces el Kamasutra es pornográfico? -arremete la señora colorada, desde el sillón.

-No, no. El Kamasutra es un texto religioso.

Para volver a la normalidad y ordenar el avispero se propone una clasificación de la pornografía en canónica y no canónica. La primera representaría el acto sexual entre personas que hacen uso de una normalidad compartida, mientras que la segunda remitiría a las anormalidades, a todo aquel acto que transgrede la ley o se desarrolle en la vía del atropello. Toda la seriedad del cierre, que quiere abordarse con una terminología “intelectual” sobre el “paradigma fáunico”, cae por tierra cuando el hombre mayor de camisa rosa comenta que en las películas porno se usa yogur en lugar de semen.

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