“Las nuevas tecnologías en la escena están modificando lo que se entiende por teatro”

Por Leticia Martín

Maximiliano de la Puente (1975) es dramaturgo, director teatral, actor, realizador audiovisual y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Formado con Rafael Spregelburd, Marcelo Bertuccio, Mauricio Kartun, Rubén Szuchmacher y Alejandro Tantanián, ha conseguido diversos premios y distinciones por algunas de sus obras. Es autor, entre otras, de las obras Cuatro versiones del hecho, Mundo Bipolar, Ahora, Irusta, y Todos quieren lágrimas. Sus textos Instantes en la noche fría y Caen pájaros literalmente del cielo, formaron parte del espectáculo El día de la gloria ha llegado (2005), dirigido por Fernando Griffell y estrenado en el Centro de Formación e Investigación Teatral La Casona, en la Ciudad de Barcelona, España. Además, De la Puente comparte con Martín Flores Cárdenas y Santiago Loza, la autoría de la obra Bajo cero, un espectáculo que combina tres miradas sobre un mismo hecho. Su obra Migraciones, que obtuvo el apoyo del Fondo Iberoamericano Iberescena para la creación dramatúrgica, acaba de ser publicado en la colección Altas Llantas por la editorial Pánico el Pánico.

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¿Desde cuándo escribís teatro?

Escribo teatro desde mediados de la década del noventa, empecé muy joven, un poco después de cumplir veinte años. Me acerqué al teatro primero desde la actuación, luego me fui interesando por la dramaturgia primero y la dirección después, algo que es muy común entre los dramaturgos de mi generación, quienes solemos pasar por las distintas instancias del quehacer teatral.

¿Sos un autor nacido en Democracia?

Se podría decir que sí, teniendo en cuenta que nací en 1975, cuando gobernaba María Estela Martínez de Perón, pero sabemos bien que esa fue una época muy convulsionada para el país, pues se estaba gestando el golpe militar y ya actuaba la “Triple A”. Tengo algunos pocos pero significativos recuerdos de mi infancia en dictadura: especialmente los festejos en la calle durante el Mundial de 1978 y el discurso chauvinista que dio la maestra de segundo grado durante la guerra de Malvinas en 1982.

¿Creés -como plantea Dubatti- que hay una nueva generación de dramaturgos?

No me siento tan seguro en relación al concepto de “generación”. Quiero decir, no veo que exista con claridad una generación que se proponga una estética ni una temática en común. El propio Dubatti señala la existencia de una suerte de “canon de la multiplicidad”, que da cuenta de búsquedas formales y narrativas muy disímiles. Por otro lado, la cantidad de teatro que se está haciendo hoy sólo en la ciudad de Buenos Aires es enorme. Creo que nadie, ni siquiera aquellos críticos o espectadores que van a ver varias obras por día, está en condiciones de señalar cuáles son las tendencias que preponderan en el teatro contemporáneo. Lo que sí es cierto es que en las últimas dos décadas se han incrementado significativamente la cantidad de autores, actores y directores que se dedican cada vez más a esta actividad, lo que ha redundado a mi entender en esta diversidad de estilos, formas y temas que mencioné antes. Lamentablemente, pese a esta riqueza, la actividad teatral se sigue pauperizando y precarizando económica y socialmente cada vez más. Y eso es algo que no veo que se revierta en el corto plazo.

¿Te sentís más identificado con la generación anterior de dramaturgos? ¿Spregelburd, Veronese, Cano, y todos los que emergieron en los `90s?

Seguramente en parte me siento identificado con algunos de estos autores, como Rafael Spregelburd, Alejandro Tantanián, Marcelo Bertuccio y Luis Cano entre otros, porque es el tipo de teatro que iba a ver en esa década, un momento fuertemente formativo para mí, en donde el teatro ocupaba un lugar clave en mi vida. Hay puestas que me han interpelado profundamente, como Máquina Hamlet del Periférico de objetos. En la recepción que tuvo este trabajo sí encuentro una cuestión generacional, ya que ese montaje adquirió una relevancia casi mítica entre los hacedores de teatro de aquel momento. Me interesa muchísimo el trabajo de Emilio García Wehbi y su inmersión en un teatro de neto corte performático, que es una línea de investigación y producción en la que estoy ahondando cada vez, hasta el punto de que en este momento no me interesa para nada producir obras convencionales.

¿Con qué tradición creés que discuten tus obras?

Contra una tradición realista, representativa, que propone una narrativa lineal y un orden del mundo estable, quieto y seguro, y también contra mí mismo, contra mis propios temores, fantasmas, obsesiones, hábitos y costumbres arraigadas que no me permiten ir hacia otros lugares más imprevisibles, buscando siempre indeterminarme, generar incertidumbre y desarraigo sobre mi propia experiencia vital. Escribo teatro para comprender mi vida, para ponerme en juego y repensarme. No me interesa tanto terminar obras sino construir momentos teatrales que dialoguen con el mundo circundante y que iluminen, al menos para mí, zonas de la experiencia.

¿A qué nuevos dramaturgos leés?

Siempre estoy en la búsqueda de otras maneras de aprehender el mundo. Intento ir al encuentro de lo que pueda causarme conmoción, mostrándome otras formas posibles de vivir. En ese sentido estoy siempre abierto al descubrimiento de nuevos autores y a revisitar a algunos clásicos contemporáneos, como Beckett, Pinter y Müller, entre otros. Me interesan también las obras de los dramaturgos con los que me formé, a los que mencioné antes.

¿Por qué creés que Migraciones y Fotos encontradas tuvieron que esperar hasta 2014 para tener su momento de publicación?

Las obras que se publican en Migraciones, el libro que inaugura la colección Altas Llantas de la editorial Pánico el Pánico, son dos: la que le da nombre al volumen, que fue escrita con un subsidio a la creación dramatúrgica otorgado por IBERESCENA, un fondo iberoamericano que apoya las artes escénicas, y una mucho más breve, llamada Fotos encontradas. Ambas fueron escritas en 2010. Migraciones es quizás la obra más compleja que escribí en mi vida. Es un material coral, polifónico, que reflexiona sobre lo que implica emigrar, transmutarse, transformarse. La extranjería es puesta en cuestión y diseccionada bajo múltiples miradas. Escrita a partir de un arduo trabajo de investigación, que incluye testimonios, crónicas, blogs, entrevistas, fue pensada como una obra-ensayo, vale decir, una pieza hibridada que busca correr los límites y las posibilidades de lo escénico en mi escritura.

Fotos encontradas es una obra construida a partir del procedimiento de found footage o material encontrado. Un día a la salida de un recital en Ciudad Cultural Konex, me encontré con fotos familiares tiradas en la calle. Las recogí y un tiempo después escribí esta obra, buscando respuestas a preguntas que volvían una y otra vez. ¿Quién es el personaje que aparece en esas fotos sociales, de cumpleaños, de vacaciones? ¿Por qué fueron arrojadas a la calle? ¿Es imposible acaso deshacerse del pasado? ¿No retornará siempre, como un círculo de sangre, que se cierra sobre cada uno de nosotros? La obra es un intento por problematizar estas cuestiones. Migraciones se publica recién este año por dos motivos: porque me hice acreedor a un subsidio que otorga Proteatro en su categoría de “proyectos especiales”, lo que me permitió financiar la publicación, y porque me entusiasmó la propuesta de la editorial Pánico el Pánico, que con este libro inaugura una colección que publicará autores que no constituyen el “establisment” de la dramaturgia argentina, brindándonos así la oportunidad de conocer nuevas voces.

¿Cómo se dio la publicación de tus obra anteriores?

Este es el tercer volumen que reúne parte de mi producción dramática. Antes había publicado Silencio todo el tiempo (2011), que reúne cinco obras de mi autoría, y Caen pájaros literalmente del cielo (2010), que contiene nueve obras. Soy un autor que ha publicado mucho, lo cual no es tan frecuente en nuestro país, ya que no es indispensable que un dramaturgo publique sus obras, más bien hay un interés marcado por estrenar, por montar, teniendo en cuenta que un texto teatral reclama casi siempre la escena.

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¿Con quienes te formaste como dramaturgo?

Principalmente con Marcelo Bertuccio, Rafael Spregelburd, Alejandro Tantanián y Mauricio Kartún, todas experiencias que dejaron una profunda huella en mí, más allá de que evidentemente uno asimila distintos aspectos de cada uno de ellos y luego emprende su propio y personal camino.

¿Por qué la gente sigue yendo a ver teatro independiente en pleno auge del entretenimiento mediado por la web?

No estoy tan seguro de que haya mucha gente que vea teatro independiente en la ciudad. Creo que más bien existe una crisis de público para la enorme cantidad de obras que se estrenan y circulan hoy en día en Buenos Aires. Me parece que más bien el público que consume teatro es el mismo que se dedica a estudiar y hacer teatro, todo lo cual lo convierte en una actividad endogámica. El surgimiento de las denominadas escuelas de formación de espectadores demuestra que quienes se ocupan del teatro ven esta problemática como una cuestión importante a atender. Es clave generar interés en posibles espectadores pertenecientes a las nuevas generaciones, para que el teatro siga subsistiendo. Muchos teóricos y hacedores señalan que la gente sigue yendo al teatro porque remite a una antigua medida del hombre: la escala reducida a la dimensión de lo corporal, la pequeña comunidad, lo tribal, lo localizado. Sería este encuentro de presencias, el llamado “convivio o reunión social”, lo que la gente seguiría buscando en este ámbito que no encontraría en otros. Me permito poner en cuestión esta idea, porque creo que la utilización de las nuevas tecnologías en la escena están modificando lo que se entiende por teatro, hasta el punto de que quizás ya no sea necesaria la presencia física de actores y espectadores en un mismo ámbito para que éste exista. ¿Por qué la gente va al teatro? No lo sé. Quizás siga siendo siempre un misterio para mí. Tanto como saber por qué yo hago teatro.

 

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