Nueva dramaturgia y la búsqueda del canon

TEATRO Las expresiones artísticas y, específicamente, la teatral no puede comprenderse desprovista de sus condiciones de producción. El teatro es al calor de la época, de su pasado, de sus formas antiguas y de las vanguardias. El problema no yace en esta concepción -unir el arte con la historia- sino en la búsqueda de encontrar en ello motores de canonización, determinaciones estéticas comunes a un grupo o movimiento de artistas que, muchas veces, no comparten más que la contemporaneidad.

Por Natalia Gauna

Ante la búsqueda constante por parte de la crítica de producir un discurso analítico sobre los fenómenos teatrales se comete un primer error: la generalización. De este modo, formas variadas terminan por parecerse –de manera forzosa- definiendo estéticas consumadas en el mismo  momento de experimentación. Pero ¿cómo puede definirse los modos de un nuevo movimiento teatral en el momento en que está sucediendo? ¿Quiénes intentan poner reglas? Y finalmente ¿por qué?

Recientemente, la editorial Interzona publicó Off! Novísima dramaturgia argentina compilado por Ricardo Dubatti. Se trata de una antología de ocho obras de teatro escritas por autores nacidos entre 1980 y 1990 que producen sus espectáculos dentro del circuito independiente –off, under o alternativo- de la ciudad de Buenos Aires. Natalia Carmen Casielles, Diego Faturos, Andrés Gallina, Sofía Guggiari, Sebastián Kirszner, Agostina Luz López, Francisco Lumerman y Sol Rodríguez Seoane son los elegidos para conformar este volumen. Una elección de obras y autores que a priori resulta acertada ya que son algunos de los “nuevos dramaturgos” que desde hace algún tiempo vienen trabajando en la búsqueda de una poética propia.
“Preferimos no hablar de ‘teatro joven’ ni de ‘teatro emergente’, categorías que han sido muy cuestionadas a través de los tiempos. El lector podrá entrar en contacto con ocho textos exponentes de una novísima generación en ascenso, en etapa de iniciación (muchos recién entran en el campo teatral) o de afirmación y consolidación de un incipiente reconocimiento del público”, menciona Dubatti en las palabras preliminares de este libro.

Aquí plantea, de modo consciente o inconsciente, el primer embrollo que produce el análisis de un movimiento en el momento en que está sucediendo. Según esgrime el autor de la antología, algunos de estos autores elegidos recién están dando los primeros pasos dentro de la escena teatral porteña y otros están más consolidados  lo cual determina un primer obstáculo para pensar en una comunión entre los mismos. Por otra parte, menciona dos categorías que han sido cuestionadas a lo largo del tiempo, “teatro joven” y “teatro emergente”. La polémica que generó y genera el uso de estos términos radica especialmente en su falta de especificidad ¿Qué se entiende por arte joven? ¿Refiere a lo histórico, a sus formas o a la edad del artista? Peor aún ¿Qué se entiende por emergente? ¿De dónde viene? ¿En contra de qué? Quizás por alguna de estas complicaciones es que Dubatti, como muchos otros, prefiere no utilizar estas terminologías. Pero la pregunta obligada es ¿Novísima dramaturgia –término incluido en el título del libro- no es una categoría tal como las anteriores? Esto conlleva a pensar en que en este término radican las mismas complicaciones que en las mencionadas anteriormente. Otro obstáculo que dificulta este análisis.

TEATRO4“Sus poéticas manifiestan ocho formas distintas de pensar el teatro y, en consecuencia, la realidad. Son ocho modos diversos de concepción, en el marco de una multiplicidad de poéticas propia del devenir teatral en la postdictadura”. En este contexto de diversidad temática y de formas variadas, entonces, ¿qué es lo que tienen en común? Tercer obstáculo para pensar en una “novísima dramaturgia que, al momento, sólo plantea la particularidad de corresponder a autores jóvenes escribiendo en una misma época.

De dónde vienen

La escena teatral porteña es tan amplia como inabarcable. En cientos de salas de teatro del circuito off se montan otros cientos de espectáculos sumamente divergentes, bajo estéticas diferentes, textos dramáticos que van desde la comedia costumbrista hasta la puesta en escena de  works in progress pasando por la improvisación, la gauchesca, el absurdo y cuanto género sea digno –a veces, no tanto- de llevar a escena. En este contexto, resulta casi imposible determinar una nueva manera de hacer teatro. Por el contrario, es necesario pensar en muchas, algunas con mayor receptividad y visibilidad y otras con menos. Este debe ser el punto de partida para cualquier análisis de la escena teatral porteña.

Si nos preocupamos sólo en pensar en la producción de aquellos autores que tienen entre 30 y 20 años el análisis no resulta más fácil debido al recorte etario porque sus producciones devienen de cualquiera de los géneros dramáticos mencionados con anterioridad. El nuevo siglo inauguró una etapa del teatro caracterizada principalmente por la diversidad ya que existen tantas estéticas, poéticas como públicos posibles en una plaza teatral sumamente rica en calidad y cantidad. Años anteriores el panorama era diferente.

En los ’90 surgieron grupos de artistas que discutían, por un lado y, en cierto modo, las formas estandarizadas del hacer teatral y, por otro lado, la historia reciente. En alguna medida, el teatro era hereditario de la última dictadura militar, de la posterior democracia recuperada y del Menemato. En ese contexto, jóvenes artistas como Alejandro Tantanian, Ignacio Apolo, Rafael Spregelburd, Javier Daulte, Carmen Arrieta, Alejandro Robino, Jorge Leyes y Alejandro Zingman conformaron Caraja-ji, un colectivo referente de esos años con una búsqueda estética especifica que cuestionaba o que intentaba dar respuesta a una sociedad despolitizada, “sin sentido y estupidizante” como la han caracterizado alguno de los integrantes de este grupo.

No eran los únicos que tenían algo que decir en ese momento. El Sportivo teatral dirigido por Ricardo Bartis o El periférico de objetos conformado por varios titiriteros del Teatro General San Martin, entre ellos, Daniel Veronese son otras de las agrupaciones en la búsqueda de nuevos códigos.

Hacia dónde van

Si en los ‘90 existían estos movimientos teatrales con características particulares y con una unidad propia ¿puede pensarse en una situación similar en el nuevo siglo? La búsqueda de nuevas poéticas es innegable como así también la diversidad de productos que ello ocasiona. Sin embargo, no existe todavía una conciencia de pertenencia a una generación de nuevos dramaturgos que determine un trabajo en conjunto, una comunión entre los autores nacidos en los ‘80. Algunos tienen en común compartir un espacio de expresión lo cual los asocia inevitablemente con sus pares cercanos. Así se puede distinguir a los autores que estudiaron en la escuela/teatro Timbre 4 siendo Claudio Tolcachir el referente inmediato o los que se formaron en el Instituto Universitario de Arte Dramático (IUNA) y los que son discípulos de Mauricio Kartun, Ricardo Monti, Lautaro Vilo, Patricia Zangaro y Laura Yusem. Pero la lista y los entrecruzamientos es infinita por lo cual determinar la unión a partir de los espacios de formación termina por encasillar un fenómeno sobre el cual, indudablemente, no hay reglas claras ni especificidades tan notorias como para determinar una “novísima dramaturgia” dentro del circuito teatral independiente de la ciudad de Buenos Aires.

Por último, esta falta de rigurosidad en el uso de esta nueva categorización se verifica en las propias palabras de los autores quienes no se sienten parte de una generación ni de un modo de hacer en conjunto que mancomuna a todos. Por lo cual, por el momento, el espacio de la crítica y del análisis teatral debiera responder más a las particularidades de cada autor y su obra que al desafío descomunal e innecesario de encontrar el canon.

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