¿Podemos sobrevivir sin cumplir órdenes?

Ruido-de-fondo1

Título La libertad total

Autor Pablo Katchadjián

Novela / 142 páginas

Editorial Bajo la luna

$85

A y B esperan algo mientras conversan. Pero no esperan a Godot. ¿Por qué le busco a La libertad total un parentesco en la tradición teatral europea? ¿Estamos frente a una obra de teatro, frente a una novela, frente a un diálogo platónico? Probablemente Pablo Katchadjian haya querido escribir un ensayo filosófico y, en su afán desmedido por la forma, haya desviado el rumbo del género, degenerándolo en este inclasificable texto que, enseguida, uno espera ver montado en algún teatro porteño, puesto en las voces reales de los actores del under, que tanta basura son capaces de generar.Pero eso, por ahora, no lo sabemos. Como tampoco sabemos -una vez que el diálogo avanza- qué esperan estos dos, hacia donde van y de qué quieren escapar.

B es feo, negativo, perseguido, sensible. Por momentos se vuelve testarudo, un poco idiota, limitado. Como contraposición, A se esmera en ser racional, definir los objetos y las palabras, dar argumentos y poner todo en tela de juicio. Pero además, A es pesimista casi en la misma medida que B. Difícil situación. Si bien ambos personajes se van diferenciando con el correr de la charla y cada uno adquiere una personalidad, una ideología y un cuerpo, también podrían ser la misma persona, dos perfiles psicológicos conviviendo en un mismo cuerpo.

Encerrados en un mundo imperfecto e irreal del que infructuosamente intentan huir -cual seres humanos habitando la “realidad cognoscible”- los personajes de Katchadjian se reconocen privados de algo que ni siquiera pueden terminar de definir y que no les ha sido dado: La libertad.

¿Qué es la libertad? ¿Un estado, un sentimiento, una imposición, una absoluta imposibilidad? ¿Hay que ser libre? ¿De qué debemos ser libres? ¿Qué nos oprime? ¿Quién?

La libertad total expone entonces, sin ánimo de dar cátedra en la materia, las preguntas esenciales que suele hacerse el hombre que piensa, a la vez que señala las diferencias entre “pelear” y “pensar” y casi sin proponérselo, o en todo caso engañándonos con maestría, evidencia que la existencia del hombre está condenada a la discusión de temas que van de lo más nimio a lo más trascendente y que, en el fondo, todo lo que podemos hacer como entidades puestas a “ser” en el mundo es dar sentido a lo real. Ahora bien ¿qué es lo real? B lo define sin estar muy convencido: “”Supongo que lo real es adónde vamos”. Por supuesto que A no está de acuerdo y lo confronta.

La pregunta que surge entonces es: ¿se puede realmente discutir sobre todo? ¿Hasta qué punto? ¿Cuál es el límite para poner en cuestión lo que pensamos y nos pasa? ¿Qué sucede con quienes reciben un salario por pensar? ¿Se puede “progresar” en el conocimiento? ¿Se puede decir algo nuevo, algo por fuera del lenguaje? ¿Existe alguna forma de la verdad?

El texto avanza siempre y el lector -condenado con los personajes y el autor a recorrer  el texto- sospecha que todo se reduce a una pura tautología, que en definitiva nada puede explicarse y que lo único que tenemos son palabras, ideas, acumulación de pensamientos e interpretaciones, que por momentos tocan los bordes de la locura.

¿Y ahora qué hacemos? Vamos para allá, salgamos de acá, escapemos de H, amemos a E. Los personajes comienzan a cruzarse con nuevos personajes -siempre “letras”- y con nuevos dilemas y preocupaciones. ¿No es acaso lo que nos pasa a diario a los seres humanos? Creamos un mundo con el lenguaje, creemos durante un tiempo en algunas “verdades”, las damos por tierra luego, interactuamos con otros, cambiamos de rumbo, amamos y, finalmente, morimos. En ese sentido, La libertad total es también una ironía, una forma de reírse de la disputa por el poder, una crítica al mundo académico y a la investigación, una pregunta constante a la inteligencia del lector. ¿Vale más una idea que un hecho? ¿A quién seguimos? ¿Qué creemos? ¿Es más sensato tener un proyecto que no tenerlo? ¿Podemos sobrevivir sin cumplir órdenes? En ese sentido el libro consigue provocar. Al contrario de dar respuestas es un gran estímulo a la imaginación del lector y está perfectamente construído, aún a partir del distanciamiento que generan la neutralidad de sus personajes y los escenarios que transitan, para que todo el tiempo acertemos posibles sentidos e interpretaciones.

Si de algo no quedan dudas es que los personajes se disputan el saber, que piensan porque existen y que, a pesar de todos sus esfuerzos por demostrar lo contrario, ninguno sabe nada.

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