“El medio no puede ser responsable de los malos contenidos”

Por Leticia Martin / @leticiamartin

Sería exagerado decir que nació en un teatro, o en un set de televisión. Su apellido, sin embargo, anticipa la cercanía temprana de Joaquín Bonet con la escena porteña. Tras dudar si le gustaba el deporte o el teatro, con solo 23 años de edad, Joaquín Bonet escribió de forma autodidacta algunos monólogos y, enseguida después, lo que fuera su primer guión cinematográfico. ¿Era sencillo escribir? ¿Era posible para él? ¿Alcanzaban acaso esos intentos rudimentarios que se esmeraba en conseguir? Un par de años más tarde, luego de cruzarse con Javier Daulte, inicia un camino definitivo hacia la escritura teatral. Tras conquistar algunos premios y menciones, comienza a trabajar en la escritura televisiva. Alumno de Agustín Alezzo y de Carlos Gandolfo, Bonet escribió desde sainetes, culebrones y unitarios de televisión, hasta Contra las cuerdas, la tira que fuera nominada a los Premios Emmy. Es autor, junto a Matías Bertilotti, de la miniserie Las huellas del secretario (Tv Pública, 2013), escribió y dirigió la miniserie Ciudad de pobres corazones (América TV, 2003) y trabaja como guionista para la Argentina y Latinoamérica. Conversamos con él sobre las formas que  toma la escritura en el universo masivo de la televisión.

¿Es posible llevar la escritura teatral a la televisión? ¿Qué pensás del resultado final de esa transposición?

Depende. Hay obras de teatro que podrían servir como el planteo de una serie o tira. Pero la televisión y la escritura teatral tienen herramientas muy diferentes; no siempre lo que es potente en un lenguaje lo es en el otro. No es sencilla esa traslación. Con respecto a qué pienso del hipotético resultado depende mucho de quién la ejecute, cuál sea el diseño de producción, el objetivo del proyecto, etc. En términos generales creo que una obra teatral sólo funciona cuando se le da un marco del estilo “especial para televisión”. Si no, creo que sólo serviría como disparador para el desarrollo de una nueva obra, su versión televisiva, que seguro diferirá en mucho de la versión teatral.

Dejando de lado el aspecto económico. ¿Qué creés que mueve a un dramaturgo para que acepte trabajar en televisión?

Puedo contestar lo que me mueve a mí. En primer término, el placer es el mismo que cuando escribo para teatro. No creo que por estar en un medio o en el otro uno disfrute más o menos. Por ejemplo, cuando escribí la miniserie Las huellas del secretario junto a Matías Bertilotti, la experiencia fue fascinante. No es fácil escribir una serie de aventuras con un trasfondo histórico, pero de todos modos lo logramos. Es una serie de la que nos sentimos orgullosos. La televisión también implica la existencia de estos espacios. En segundo término, trabajando en la zona más industrial de la televisión, aprendí muchísimas herramientas de guión, y considero que desenvolverse en un ámbito profesional y exigente es interesante para el crecimiento de uno. Después, uno intenta tomar lo mejor de los procesos en los que le tocó ser parte. Trabajar en el ámbito profesional te pone a prueba como escritor. La palabra “dramaturgo” suena importante y “trabajar en televisión” a veces se toma de forma despectiva, pero la realidad que yo conozco es que hoy en día en la televisión trabajan excelentes profesionales. Es un oficio complejo que requiere mucho talento, experiencia y formación. Por otro lado, que uno se dedique a la dramaturgia (preferiría llamarlo autor teatral, porque dramaturgia desde mi perspectiva aplica a cualquier discurso dramático) no quiere decir necesariamente que uno sea bueno en lo que hace; que uno escribe divino y que las obras que realiza son procesos felices y geniales. La realidad es que el escritor de televisión tiene parámetros que cumplir (te gusten o no) y su trabajo es lograr eso. Para mí es igual que cuando escribo teatro, en ambos casos pienso en que el espectador que vaya a ver una obra mía salga modificado y por lo tanto contento de haberla visto.

¿Qué es lo peor de trabajar en una tira diaria?

El ritmo. La tele lleva un ritmo muy alto de trabajo. Por suerte siempre estoy rodeado de profesionales de alto nivel que exigen calidad, y si bien saben que no siempre se puede estar al máximo, la vara es alta, y eso resulta motivador. Lo principal es no perder nunca el encanto por los personajes y querer a la historia que se está escribiendo.

En la Argentina muchos dramaturgos son directores y actores al mismo tiempo. ¿Por qué creés que se da este fenómeno?

Porque en muchos casos nuestra formación inicial proviene de ahí, entonces es lógico que también oficiemos como actores de otros proyectos y que nos candidateemos a dirigir nuestras propios textos. A veces cuesta motivar a otro director a realizar el esfuerzo de llevar adelante un texto ajeno, por lo menos al principio. Lo mismo pasa con los productores, quienes no están tan acostumbrados a leer obras de autores nacionales, presuponiendo que no se sabe escribir para el llamado teatro comercial, pero creo que esta tendencia, de a poco, se está modificando.

¿Qué es lo más importante que te deja como autor el paso por la televisión?

Me encanta trabajar para televisión, lo hago con la misma pasión con la que escribo teatro. En cuanto a lo técnico, sumé muchas horas de vuelo entendiendo cómo escribir desde el personaje, trabajando sobre los puntos de vista, el desarrollo de las estructuras y cómo lograr que funcionen. También el trabajo en equipo. Creo que a esta altura existen proyectos más interesantes o menos, el medio no puede ser responsable de los malos contenidos.

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