Creer era inevitable

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Por Florencia Blanca /// florencia.blanca@yahoo.com

El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti.

Nudista, 2014. 122 páginas. $120.

Al comenzar con un libro una cita puede resultar intrascendente, predisponernos mal con un autor que quiere mostrarnos su biblioteca o invitarnos a hacer un recorrido de lectura. En El asesino de chanchos de Luciano Lamberti la cita definitivamente se ubica en el último grupo. “Dios hace sufrir a quienes ama. Libro de Job.” Estas son las palabras que, si aceptamos, pueden enmarcar el resto de la lectura del libro que acaba de ser reeditado por Nudista. La nueva publicación se compone de los nueve cuentos que formaron parte del original (Tamarisco, 2010) y un bonus track, publicado por primera vez en la antología Un grito del corazón (Mondadori, 2009). ¿Pero puede el Dios de la cita tener alguna relevancia para los personajes de El asesino de chanchos? De neuróticos a inadaptados se sitúan en un lugar donde cualquier verdad o sistema de valores viene colapsando hace tiempo y hacen falta fundamentos para el sufrimiento o las pequeñas miserias. Quizás por eso resulte tan acertada la apreciación de Alejandro Rubio en la revista Inrockuptibles “Parecería, en realidad, que los textos tienen siempre una palabra de menos: la que permitiría cerrar el significado político o moral de las anécdotas.” Los cuentos de Lamberti no tienen moraleja y aún así la narración pareciera apuntar siempre hacia esa búsqueda.

Pero ¿qué más se dijo de El asesino de chanchos? En su momento recibió reseñas muy positivas que en términos generales señalaban la representación sin patetismo ni corrección política de personajes de clase media-baja, ambientes enrarecidos que oscilan entre lo rural y lo urbano, la influencia del minimalismo norteamericano pero con fisuras en la estética realista, paralelos con sus contemporáneos Falco y Busqued y la capacidad del autor para contar, atrapando al lector. Efectivamente el libro fue bastante bien recibido (solo hay que mirar la contratapa de la nueva edición) y cabe sospechar si una complicidad generacional hacia lo contado no pudo haber provocado cierta sobrevaloración. Toda aproximación tiene su reverso, es decir, los cuentos pueden componerse de un lenguaje coloquial o mediocre, dialogar con Carver o ser una copia a la argentina, estar en sintonía con sus contemporáneos o responder a una moda, ser concisos o escatimar en palabras. Pero quizás valdría más preguntarse ¿el libro de Lamberti se agota en esos parentescos y adjetivos?

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Quería buscar algo, un orden o una moraleja, pero por más que daba vueltas no lo podía encontrar” reflexiona el narrador del cuento Monocigótico. Mientras la búsqueda allí es explícita, no es tan clara para los personajes sobre los que focalizan los cuentos El asesino de chanchos y El arquero. Ya fuera del “mundo de los padres”, el mundo de los hijos no parece otorgarles ninguna certeza: insatisfechos con con ellos mismos, tienen dificultades para comunicar lo que quieren porque quizás no lo saben. El narrador del cuento que da nombre al libro se encuentra perdido en la vida y solo dos cosas parecen otorgarle sentido: el edén que mantiene con Mara, la dueña de la casa donde se hospeda (“Nos desnudamos, hicimos el amor. Todo era justo, todo era bueno”) y su fanatismo por un asesino prófugo al que también idealiza. Marcos, en El arquero, “tiene treinta años y está deprimido.” Y todos los personajes que lo rodean le dan sugerencias para afrontar el mal momento, que oscilan entre ir al psicólogo hasta tener un hijo. Porque todos “hacen”, enmascarando el estado de vacuidad en el que se encuentran (y ahí prácticamente estoy citando a Zizek) y Marcos no tiene más que reconocer que está en la nada porque, a diferencia del militante del PO por el cual su novia lo deja, él no tiene paradigma del cual agarrarse. Mientras, tiene la fantasía del neurótico de ciudad: irse a vivir lejos, curtirse, ponerse en contacto con la naturaleza (que siempre suena más sublime que vivir en un departamento). En la otra vereda, el narrador de Una visita al señor supone que “creer era inevitable” y se deja conmover por el Nene, un sanador: “Se acercó y me miró a los ojos. (…) Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo.” Y casi en la totalidad de los cuentos parecería que es fuera de cualquier actividad productiva, mientras están sin trabajo o de viaje, teniendo sexo, tomando cerveza con amigos o jugando con el perro; es en esos tiempos muertos cuando tiene lugar aquello que le escapa a la vacuidad, y por lo tanto, a lo ordinario. Cada cuento (como dice uno de los personajes, la Marta Minujín de Toro Seco) intenta encontrar o vuelve sobre una experiencia que pueda iluminar a las demás (“como un claro en el bosque”).

Entonces repito ¿el libro se agota en influencias y apreciaciones? No. Hay una falta de clausura en los cuentos que permiten leerlos como un retrato de las clases populares, de lo marginal o lo terrible, como la abulia de una generación o el fin de una época, desde la tradición literaria argentina o la apropiación de un estímulo externo, como parte del proyecto literario de Lamberti o en toda su autonomía. Esa capacidad de El asesino de chanchos para, más que captar la atención, comprometer a su lector quizás responda a la mismísima estructura que invita a seguir buscando.

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Categorías:Crítica

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