“El interior no es un lugar físico”

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Por Loana Barletta //

María Lobo nació en 1977, en la provincia de Tucumán. Es docente e investigadora en la Universidad Nacional en el campo de la comunicación alternativa. Acaba de publicar su primera obra de ficción, el libro de cuentos Un pequeño militante del PO, que salió por Pirani Ediciones. 

¿Cómo fue el proceso de escritura de Un pequeño militante del PO?

Los relatos fueron escritos en distintos momentos, algunos con diferencia de años. Los escribí como si cada uno representara una totalidad y los trabajé con mucha calma, porque así es como funciona mi proceso creativo. Soy lenta para descomprimir las historias, para ponerlas en una página y mucho más para terminarlas. Es un proceso complejo que parte siempre desde los personajes pero que en el medio se cruza con las decisiones formales, las sensibilidades, y el lugar a donde la historia se está yendo. Primero están los personajes que los tengo adentro de una especie de manga negra como la de los magos, y de la que se pueden sacar y poner cosas fácilmente porque es de chiffon. Está llena de imágenes de personajes que he visto en libros, en la fotografía, en el cine o cualquier formato audiovisual, gente que conozco. También en ese saco hay otras ideas, palabras que me causan gracia, conversaciones y mucho material sensitivo: café, sopa, verduras de moda y vino tinto, sushi y empanadas, los calefactores del invierno, la humedad.Todo eso es un menjunje y, en algún momento cuando puedo descomprimir, una historia se transforma en personajes más resueltos: gente a la que le pasan cosas pero no cualquier cosa. Es importante para mí que haya fragilidad en esos personajes y en esa historia.

Y, por último, el momento de la escritura en sí. Soy una gran lectora de formas: leo las estructuras como si yo fuera una pulga frente a una maquinaria; hay autores que me hacen sentir que estoy en un festival de algo, me deslumbran los pases formales. Así que cuando tengo que contar las historias intento escribir lo que me gusta leer. Historias frágiles contadas desde formas invisibles: los personajes no se dan cuenta de que la pasan mal; me gusta pensar que el lector tampoco se da cuenta de lo que sucede. Entonces la búsqueda está por el lado de llevar, a los personajes y al lector, por unos caminos invisibles. Para eso hace falta la forma: si lo que ponés en la página es evidente, entonces no hay fragilidad. Lo invisible es condición necesaria para que algo se quiebre.

En tus relatos se percibe cierto interés por contar historias basadas en lo cotidiano ¿desde dónde surge ese interés?

Las historias que tengo para contar no tienen tanto un vínculo con la temática, es decir, no me planteo escribir sobre lo cotidiano. Más bien, intento escribir de manera sensible. En el arte hay muchos tipos de sensibilidades y uno necesita encontrar la que le empuja a escribir. Está la sensibilidad inteligente que es un concepto amplio, quizás más vinculado a la razón, a problemas existenciales, a la política, si querés; es el arte que se escribe de manera astuta y que presenta ideas importantes. Hay sensibilidades a lo extraño, otras a lo absurdo. Todo absolutamente disfrutable, por supuesto. Y hay otro tipo de arte que es sensible con fragilidad: esa fragilidad es todo lo que no podemos ser, lo que no podemos tener, lo que no podemos sentir, lo que no podemos encontrar porque somos pequeñas personitas inmundas. Es el arte que habla de los fracasos pero no como problema dramático, sino de esos fracasos de los que somos conscientes sólo de a ratos. La literatura frágil está llena de gente que la pasa mal por el hijo que no pueden ser, por el padre o la madre insensible que evidentemente son, por la persona con la que duermen, por la enorme dificultad de definirse en este mundo, por todas esas cosas que alguien nos hizo pasar por las narices y un día resultó que no era así. Por eso no hace falta que haya un dramón: las personas la pasan mal porque viven. Podrían darse cuenta de que la pasan mal si se lo pusieran a pensar pero el problema es que no lo hacen. La literatura frágil es la que nos hace ir a ese lugar, de vez en cuando, a pensar lo mal que la pasamos sin que lo hayamos tenido tan presente.

Ahí cuando me cruzo con la fragilidad es cuando me llevo a los personajes desde la manga negra a vivir al interior y eso quizás pueda llamarse lo cotidiano. Las historias que cuento son cotidianas, y tal vez sucedan en el interior, pero no  porque haya algo especial con el interior. No me sensibiliza para nada esa literatura que se escenifica en el interior como si la categoría en sí significara algo, cuando en realidad lo único que se hace es reafirmar ciertos estereotipos y miradas hegemónicas impunemente, llamar la atención a través del lenguaje que el autor supone que es del interior o deslizar esta idea de que el interior es un páramo western de excluidos, y que se puede escribir sobre ellos como si fueran un montón de monos en experimento, o peor aún, como si el autor tuviera el derecho a redimirlos en una novela. Esto que llamamos cotidiano e interior es el único lugar a donde puedo poner a vivir a los personajes para tenerlos cerca y que se rompan. El interior no es un lugar físico: es un espacio donde me encuentro con la fragilidad.

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¿Por qué preferiste publicar tu libro en Buenos Aires? ¿Podrías haberlo publicado en Tucumán?

Preferir es una palabra federal. Demasiado linda como para ser cierta porque en Tucumán no hay muchas opciones. Así que no se trata de lo que preferís sino de lo posible. O quizás haya alternativas, pero me pasa lo mismo que con las formas y la escritura: pienso que hay que tratar de producir algo parecido al arte que uno mismo disfruta y, en ese sentido, quizás no me sienta tan identificada con lo que se publica en Tucumán. Lo cierto es que pasó mucho tiempo entre que los relatos ya no eran pequeñas totalidades sino un libro y el momento en que fue posible publicarlos. Y lo cierto es que no preferí algo: tuve la suerte de haber trabajado estos relatos con escritores inteligentes y generosos, que tuvieron la amabilidad de leerme durante años y fueron ellos quienes me empujaron a empezar la búsqueda de una editorial, especialmente Juan Terranova. La literatura que disfruto estaba en otros lugares que no eran Tucumán, así que la elección se explica por esa razón. Y esa decisión, obviamente, dificultó las cosas. Muchas editoriales no quisieron recibir el libro. Julia Pirani no es sólo una editora generosa y exquisita sino que también representa un lugar de resistencia, un espacio donde encontré esta misma idea de publicar la literatura que queremos leer porque se ocupa de las sensibilidades.

¿Qué estás escribiendo?

Acabo de terminar de escribir mi tesis doctoral que me tuvo durante un tiempo largo retaceándole espacio a la literatura. En los últimos dos años, sin embargo, me concentré en el proceso de reescritura de una serie de relatos que también pertenecen a distintas épocas. Porque la reescritura, si bien es un momento absolutamente creativo, me permite trabajar de manera más espaciada, cosa que fue muy necesaria mientras escribía la tesis. Y en eso mismo estoy ahora: en esos relatos que ya podrían ser libro. Al mismo tiempo, estoy escribiendo un relato que podría formar parte de ese volumen, o no. Las decisiones sobre qué es lo que integra un libro también llevan tiempo.

¿A quiénes lees?

Es gracioso esto porque Eduardo Muslip y Maximiliano Tomas hablan de esos autores en los textos que escribieron para el Pequeño Militante. Es como si el mago hubiera revelado el truco. Así que contado el secreto creo que, por lo que escribo, es obvio a quiénes leo: admiro mucho a Alice Munro, a John Cheever, Jonathan Franzen, Jhumpa Lahiri, Richard Ford, Carson Mc Cullers. También hay otras lecturas que no son tan transparentes en lo que escribo pero que leo con igual placer y atención: Copi me hace reír muchísimo, Silvina Ocampo me paraliza, Clarice Lispector me hace pensar. Disfruto de los que están escribiendo ahora por aquí, de la sensibilidad frágil de Eduardo, de la de Diego Puig que es tan evidente en su primera novela. Me interesan las tensiones de Samanta Schweblin, hay cuentos de Lamberti que no puedo resolver y eso me inquieta. Carlos Busqued es el lugar ideológico y de mayor sensibilidad astuta que yo haya encontrado últimamente para hablar, precisamente, del interior. Es una lista quizás no tan larga pero sí muy leída, con marcas de felpón fosforescente y anotaciones al margen. Leo con intereses diferentes. La única condición es pasármela genial.

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Categorías:Entrevistas

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