“Yo soy de ella”

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Aquilea, crónicas de una librería

Hernán Lucas

Editorial Bajo La Luna

93 páginas

Precio: $80

Por Leticia Martin / @leticiamartin

“Un día estaba mirando la calle con mis anteojos nuevos, y pasaron dos hombres sosteniendo un espejo enorme. Adentro había un tipo reflejado metiéndose libros en un bolso, detrás de mí. En el espejo también iba yo, claro, con cara de tonto, compartiendo plano con el ladrón”.

Un pibe monta una librería en 2007 y la bautiza Aquilea. No sabemos su nombre, ni muchos detalles sobre él, sin embargo, enseguida, podemos entender que el librero y su librería conforman una especie de monstruo simbiotizado, que opera de manera conjunta y no puede disociarse.

Un librero, hijo de un librero, monta una librería en la Avenida Corrientes. Para el lector avispado el dato es fácilmente cotejable. En apenas un par de descripciones, quien conozca el circuito porteño de “librerías de viejo”, tendrá una basta cantidad de guiños y señas para reconocerla. El graffiti rezando “libros” sobre la persiana en la pared, los ciclos de lectura, los talleres que se imparten, el sex shop y la casa de novias que la escoltan desde la vereda de enfrente, y un largo y descriptivo etcétera. Por esta razón, porque es verdaderamente atractivo encontrarse con esos guiños, el título del libro no le hace honor. Elegido sin acierto, intenta subrayar esa cercanía entre la obra y su referente. ¡Crónicas. Se trata de crónicas, señores! ¡Historias verídicas que pasaron acá mismo! ¿Hace falta que creamos eso? ¿Por qué propiciar ese pacto de lectura? A mi juicio, ese calificativo clausura una cantidad de lecturas extrañas y fantasías que el lector puede tejer e interpretar en torno a los hechos narrados. ¿No es acaso prácticamente imposible comprar un lote de libros entre los que aparezcan algunas fotos de la propia madre del librero?

“En unos libros que le compré a un economista que mudaba su estudio encontré fotos en las que aparecía ella. Estaban adentro de una Revista Sur, que abrí cuando llegué a mi librería. En una de las fotos aparecía con el economista y una mujer; en la otra, sólo con la mujer”.

El desarrollo de esa breve historia no tiene desperdicio. Lo mismo sucede con la anécdota de la compra de una Biblia luterana impresa en 1730; con los avatares trágicos de un corte de luz en la zona, y con los perfiles exhaustivos de sus clientes.

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De este modo, mientras el narrador describe su librería, se va narrando a sí mismo. Construye el personaje del librero, sus miedos y delirios, sus certezas y saberes. Cómo se compra un lote de libros, cómo llegan los discontinuados a la mesa de saldos, cómo se vende por internet, qué valor tienen los libros dedicados por sus autores, y una extensa lista de secretos y fetiches a que accede el protagonista de Aquilea.

“Un libro dedicado por el autor se vuelve más caro siempre y cuando éste sea famoso y siempre y cuando se haya muerto”.

El contacto del librero con la muerte está presente en varios momentos de la historia, ya sea por la necesidad de adquirir lotes de personas difuntas, o por la cercanía entre el final de la vida de un autor y la clausura definitiva de su obra. Los pensamientos del librero, un comerciante que ama los libros que vende, nos introducen y conducen por un meticuloso universo desconocido.

“Cuando convocan a un librero para tasar esta última acepción, este puede ver, además de las posibilidades comerciales de los libros en cuestión, una trayectoria espiritual: la plasmación en la biblioteca de los distintos cambios de rumbo de su dueño”.

Aquilea, crónicas de una librería, podría haber caído en la banalidad de convertirse en un manual de oficios o, lo que es peor, en un compendio de informaciones útiles. Sin embargo el autor, sin ostentar desde la prosa, ni volverse pretencioso con la trama, se ríe todo el tiempo de sí mismo y de su oficio de librero atento y “novelista”. Con gran inteligencia tira máximas y las matiza con extraños ejemplos reales , que bordean el límite del verosímil. En esos puntos el libro accede a cierto espacio de lucidez.

También es interesante el juego de complicidades que el narrador establece con los lectores. Sobre todo cuando retoma historias breves de personajes secundarios que vuelven a aparecer, una vez entrada la trama, y siempre a partir de las micro historias que tienen como protagonistas tanto a los libros, como a la activa vida de una librería de usados.

“El lector recordará que entre sus libros encontré un papelito”, escribe Lucas, y uno agradece que todo tenga un correlato, que los distintos datos de la trama se necesiten, y que, finalmente, el relato avance en una historia.

Aquilea, crónicas de una librería es un libro honesto y sencillo que pone de relieve un saber valioso, pocas veces considerado. Un entramado de pequeñas mostacillas cosidas sobre una tela opaca de manera artesanal. La historia de amor entre un hombre y su oficio. El primer libro en prosa de un gran poeta.

*

Recién entró un tipo

al que conocía sólo de Facebook.

¿Es tuya?, me preguntó,

refiriéndose a la librería.

No, le dije,

                       yo soy de ella.

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Categorías:Reseñas

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