“Los habituales prejuicios reduccionistas”

Por Leticia Martin

Gabriel Reches, Alejandro Montalbán, Ximena Talento y Roberto Leonardo son los responsables de la idea, producción y dirección artística del ciclo que el escritor Ricardo Piglia dictó en la TV Pública, revisando la obra literaria de Jorge Luis Borges. En cuatro programas emitidos a lo largo de cuatro sábados, Piglia replanteó las conceptualizaciones clásicas sobre la obra de Borges, utilizando un lenguaje comprensible para el público masivo de la televisión. Abundaron las anécdotas y se revelaron una cantidad de datos desconocidos. Frente a los ojos de Piglia, que nunca habló a cámara, ni presentó los bloques del programa, una abultada teleplatea escuchaba atentamente. Como corolario, este producto televisivo poco habitual, recibió el premio Martín Fierro, premio que instala la discusión sobre qué esperan los televidentes de la pantalla chica. ¿Debe la televisión asumir riesgos formales y discursivos? ¿Puede ser exitoso un programa donde un hombre, de pie frente a cámara, relata sus saberes? ¿Esperan las audiencias lo que productores televisivos presuponen? ¿Cuántos equívocos y prejuicios median entre las condiciones de producción y las condiciones de reconocimiento en ese medio? ¿Cuántos puntos de rating mide la pasión de un crítico como Piglia? ¿Hubiera sido posible un producto así en la televisión comercial? Revista Tónica mantuvo una extensa charla con Alejandro Montalbán y Gabriel Reches.

¿Cómo se les ocurrió la idea de generar las clases magistrales de Piglia sobre Borges? ¿En qué contexto fue posible el proyecto?

Alejandro Montalbán: El programa, de alguna manera, es la continuación de un ciclo anterior: Escenas de la novela argentina. Ahí, Piglia cruzaba a partir de un tema a distintos escritores argentinos: Macedonio con Borges, Arlt con Lugones, y así. Esa experiencia salió al aire en 2013.

Gabriel Reches: Yo creo que también hay que hablar del contexto como un momento histórico probablemente irrepetible, en el que una gestión audaz de la Biblioteca Nacional, confluyó con una gestión audaz de la televisión pública, que hicieron propio el desafío de cuestionar los supuestos que imposibilitan que la literatura y la tv tengan una relación dinámica, capaz de generar sentidos complejos.

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¿Cómo llegan a pensar en Ricardo Piglia?

A M: Piglia volvió al país después de haber dado muchos años clases en Estados Unidos, se había acercado a la Biblioteca Nacional -él tiene una relación antigua y extensa con Horacio González- y al regresar, espontáneamente, surgió un vínculo a partir del cuál se nos planteó si  podríamos hacer algo junto con él en la tele.

G R: El mismo Piglia fue quien propuso tratar la obra de Borges en cuatro clases. Tanto el director de la Biblioteca Nacional, como el de la TV pública, y quienes integramos el equipo creativo del programa, pensamos que era muy acertada la idea de que un gobierno nacional y popular pueda correrse de los habituales prejuicios reduccionistas, y se proponga el rescate de la obra literaria de uno de los más grandes escritores argentinos.

¿Cómo se conforma ese primer grupo de trabajo?

A M: El vínculo se genera tras muchos años de una larga amistad intelectual y política con Horacio González, una cercanía con el perfil de gestión de la Biblioteca Nacional y mucho interés por lo que ahí pasaba. Son esas cosas que van surgiendo entre café y café. Además había un vínculo la con televisión, por haber trabajado en Canal 7, y sobre todo una decisión de trabajar en conjunto. Nosotros llevamos la idea de hacer un programa pero, de alguna manera, la elaboramos junto a Horacio González y María Pía López. Pensamos que era interesante trabajar sobre un género como la “clase” que atraviesa todas las culturas y todas las  épocas.

¿Qué les provoca el medio televisivo?

GR: Fascinación. Nuestro desafío fue sacudir las bases sobre las que parece apoyarse la tele.

AM: Siempre nos preocupó el poco interés o el nulo espacio que había en la televisión de lo que podríamos llamar “la vida intelectual”. De ahí que apostamos a enriquecer el lenguaje y las propuestas televisivas, incluso intentando llegar a públicos que hoy rechazan a la televisión o se sienten agredidos por ese lenguaje uniforme.

¿Hay algo que rechacen de la televisión?

A M: Si hay un lugar en el que no quisiéramos quedar es en de confrontar la idea de una televisión “chabacana”, y quedar en el lugar de “lo culto” o “lo elevado”. Todo lo contrario.

¿Y por qué Piglia hablando de Borges no sería “lo culto”?

A M: Puede ser considerado así, pero lo que circulaba ahí, en el programa, lo que hizo que sucediera algo epifánico, o inesperado, es que no se trataba de un profesor que tenía que dar una clase exterior, o ajena a su propia vida. Con Piglia pasó algo distinto. Él dejó expuesta su historia en el programa. Su propia vida. No habló con la distancia que habitualmente un profesor mantiene con los contenidos que enseña sino que encontró un tejido interno de palabras que permitió que aparezca su pasión.

Sin embargo, tampoco Piglia habló de forma vulgar o se puso didáctico en un sentido llano, o explicativo.

A M: No. Claro. Justamente nuestro rol fue conseguir algunas condiciones escenográficas, de producción, inclusive visuales, para que la clase pudiera desenvolverse bien y se mantuviera el interés durante un tiempo no habitual. Ese sí fue uno de nuestros mayores logros: hacer que todos crean que el discurso de un maestro como Piglia iba a seducir al público durante una hora y media. Y para eso teníamos que buscar con él un lenguaje que resultara apto para la televisión pero que a la vez no renunciara a su condición. Piglia no debía perder su voz de profesor que ha dedicado toda su vida a la crítica y la escritura.

¿Cómo trabajaron la traducción del lenguaje académico a la pantalla chica?

G R: Intentamos generar dispositivos narrativos propicios, que le permitieran a Piglia experimentar en un estudio de televisión una sensación similar a la de dar clases. En ese sentido, evitamos exponerlo a la construcción explícita de los tiempos internos del programa. Piglia no presentaba los bloques, ni hablaba a cámara, o a los espectadores, sino que construyó su discurso interactuando con el público presente, en una disposición física similar a la de las clases magistrales.

¿Y respecto de los contenidos y al registro lingüístico,?

G R: La intención fue no traducir, sino apostar a un público exigente, y también exigido, aunque guiado por elementos gráficos de postproducción que contextualizan el discurso. La intención no fue traducir o divulgar, sino apoyar el vértigo de la oralidad.

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¿En qué medida creen que la discusión de La Ley de Servicios Audiovisuales colaboró en que un programa así pudiera ser realidad?

G R: La discusión de la Ley puso en escena viejas discusiones alrededor del rol de lo público, la necesidad de generar contenidos audiovisuales no ligados únicamente a las necesidades del mercado sino a la necesidad de ampliar derechos. Pero a la vez, propuso otra discusión, que es aquella que plantea la necesidad de explorar nuevos formatos y lenguajes que permitan seducir y entretener al espectador, como condición necesaria, previa a la comunicación de cualquier tipo de contenido, por más importante que éste parezca a priori.

A M: Hay una especie de fermento cultural y político que protagonizó el gobierno y muchas personas que apoyan este proceso de cambio. La televisión, tal como está hoy, no tiene propuestas para un gran sector de los públicos que se escapan de ella por desinterés o porque no se sienten convocados por sus contenidos. No hay un solo magazín cultural en la televisión.

¿Creen que la televisión intenta llegar a todo el mundo pero termina hablándole sólo a una clase?

A M: Yo creo que la tele se arma como una máquina comercial donde la cuestión del rating es central. Puede ser que la gente más formada culturalmente pase más rápido a Netflix, a consumir series extranjeras de culto, o la propia web, y a partir de esos nuevos consumos se deje de ver televisión abierta. Puede haber un componente de ese tipo. Pero a la vez, los anunciantes son marcas grandes que van a todos los sectores, que también apuntan al ABC1.

¿Tienen registro de los puntos de rating que midió el programa en la TV Pública?

A M: Antes que nada quisiera decir que el rating es una medida cuestionada y burda, absurda, que intenta medir algo que sólo se puede medir de manera incompleta. El rating nunca puede saber de la atención con la que un espectador se encuentra recibiendo un contenido. La conmoción interna de un tipo que presencia algo no se puede medir. Digo esto porque sé que hay gente que trabaja o se esparce en la computadora y lo hace escuchando el programa de Piglia, por ejemplo. Sí te puedo decir que la primera emisión del programa midió 2 puntos y ese día, al mediodía, había habido un partido de la Copa Davis, y había medido 1.8. Es decir, uno piensa que la Copa Davis es popular, Argentina, una selección, y que un tipo hablando durante una hora y media es un embole, sin embargo ese mismo día estaba midiendo más Piglia que la Davis.

Evidentemente hay un público cautivo.

A M: Claro. Siempre hay públicos que quedan afuera de la tele, porque tienen otros intereses, porque están metidos en temas sobre los que le tele no repara.

¿Qué es eso que se presupone?

AM: La televisión arma una especie de arquetipos de ciudadanos, de personas, de consumidores, que habla como se habla en la tele y que le interesan las cosas que le interesan a la tele. Y uno sale a la calle y es todo heterogéneo, es todo distinto. La tele presupone que hay cosas que se entienden y cosas que no; y a partir de ahí censura palabras, modos de razonamiento, toda clase de grises. ¿No? Tiene que ser todo blanco o negro y en el medio no hay nada salvo el prejuicio. Y además la tele impone un tiempo que tiene que ser más o menos vertiginoso, más o menos veloz. No hay nada en la sociedad que diga que el consumo tenga que ser así. Ahí es donde la tele se empobrece.

¿Fue cambiando el guión inicial durante el período de producción del programa?

G R: Sí, fue cambiando muchísimo, hasta el último día. Piglia era consciente de que Borges era un tema muy pesado, que el programa atraería muchas miradas. Tal vez por eso, hasta último momento los discursos fueron elaborados y reelaborados y precisados, una y otra vez.

A M: El trabajo sobre el guión nos tomó tres o cuatro meses y tuvo varias versiones, sobre todo en la cabeza de Ricardo, que fue quien ordenó los temas para ser claro y para poder organizar el material que había. Creo que Ricardo nunca hubiera estado dispuesto a presuponer que el espectador siempre rechaza aquello que no sabe. En la tele hay un prejuicio que es “si el televidente no entiende algo, no se va a interesar”. Y eso no es así. A veces pasa al revés. El enigma, o el desafío, se plantea frente a lo que no llegamos a entender. Mi vieja siempre cuenta que una vez mi abuelo iba en el tranvía leyendo El hombre mediocre de José Ingenieros y no entendía nada. Y bajó del tranvía, se puso a llorar en una plaza, y ahí mismo decidió que iba a ser abogado. Nosotros nunca pensamos en pasteurizar, o rebajar, la complejidad de lo que se dice. Todo lo contrario. Ricardo encontró algo brillante. Él tiene algo de polemista, de a
rbitrario, tiene mucho humor, es apasionado. Ahí se provocó algo que APTRA no pudo no ver.

Gabriel reches¿Tuvieron que trabajar con Piglia sobre su lenguaje?

A M: Yo era el encargado de hacerle el coaching a Ricardo. Entendí que estaba frente a un choque de dos mundos. La gente de la tele cree que sus tiempos son lo más importante que hay, empiezan a los gritos, cuando tienen todo listo quieren grabar, apuran todo y por ahí, de pronto, el que tiene que exponer  está turbado pensando cómo plantear lo que sigue, o viendo qué no se dijo todavía. Mi trabajo fue el de acolchonar el espacio de un profesor al que había que respetarle sus tiempos. Otra de mis tareas era marcarle el tiempo a Ricardo. Cuando estábamos llegando a los 20 minutos que dura un bloque, yo tenía que avisarle a Piglia que fuera redondeando. Nunca me dió pelota. Era tan fuerte lo que pasaba que renuncié a ese rol, y ganó Piglia. AL final teníamos un programa que duraba dos horas, cuando estaba pautado que iba a durar una hora.

¿Qué hicieron con eso?

A M: Bueno, yo hablé con Martín Bonavetti y le dije que teníamos algo fabuloso que no podía durar menos de una hora y media; lo cuál para la tele es una locura. Y Martín, muy audaz e inteligente, se lo bancó y aceptó el riesgo.

¿Creen que la literatura tiene el lugar que se merece en la pantalla chica?

G R: No sé qué lugar se merece la literatura en la pantalla chica. De lo que estoy seguro es que los espectadores merecen propuestas más arriesgadas que las actuales, que lejos de apostar a promediar los deseos masivos de la audiencia, construyan singularidades, capten las fuertes intensidades de las minorías, aquellas minorías que componemos la mayoría.

A M: La tele no tiene interés en la vida cultural y literaria. No hacen nada demasiado recordable, nada que deje una marca que no sea la del empobrecimiento. Es sus propuestas y en sus producciones la tele renuncia a una herencia cultural, uniforma todo, y lo hace funcionar de todos modos.

¿Qué significa que se le haya otorgado el Martín Fierro a un programa sobre Borges en el contexto de un Gobierno Populista?

G R: Significa, entre otras cosas, es que la realidad no siempre es como nos la venden.

¿Qué otro programa de televisión producirían en torno a la literatura si tuvieran presupuesto disponible?

G R: Un programa sobre cartas a lo largo de la historia; el modo en que la lengua se construye cotidianamente, la adaptación de un libro de Carlos Feiling o nuestro próximo proyecto: una serie de ficción sobre Los Siete Locos de Roberto Arlt.

A M: Ricardo propuso que hagamos una buena serie, bien producida, al estilo Breaking Bad, producida con una extensión larga. Así que charlando sobre eso surgió la idea de hacer Los siete locos y Los lanzallamas. Enseguida fuimos con la propuesta a Canal 7 y lo tomaron bien. Es un proceso complejo, pero estamos en camino. La va a dirigir Fernando Spiner, Javier Trímboli nos asesora en la cuestión histórica, María Pía López está desde la Biblioteca Nacional, y en el guión está trabajando Lucía Puenzo y Leonel D’agostino, a partir de las líneas de adaptación que se fueron definiendo.

¿Cuándo sale la serie?

A M: Vamos a rodar a partir de septiembre, y hasta fin de año y saldría al aire a partir de marzo de 2015.

Por último: ¿hay que matar a Tinelli?

G R: No se puede matar a Tinelli. Tinelli es inmortal.

***

Ficha técnica Borges por Piglia:

Idea, producción y dirección artística: Ximena Talento, Gabriel Reches, Alejandro Montalbán y Roberto Leonardo

Dirección General: Gabriel Fullone

Producción General: Enrique Trobbiani

Asesoría en contenidos: Javier Trímboli

Investigación de imágenes: Ricardo Parodi, Martina Kaplan Corti, Julia Rosemberg y Eduardo Rovito

Colaboración en contenidos: María Arozamena

Colaboración especial: Alejandro Vaccaro, Jorge Mara, Galería La Ruche,  Juan zabala, Archivo General de la Nación, Víctor Aizenman, Librero Anticuario, Alejandro Fernández Mouján

Música original: Hernán Espejo

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