“A Foucault se lo sabe cuando se lo olvida”

Por Leticia Martin

Lunes 23 de junio. Mundial de fútbol. Dos goles de Messi y uno de Rojo. Resuelvo el trabajo a las corridas y voy hasta la Biblioteca Nacional a presenciar el diálogo entre Tomás Abraham y Horacio González. Más temprano un mail de Carlos Mackevicius me pasaba la posta y la data. El flyer promete una conversación abierta acerca de cómo recepcionamos la obra de Michel Foucault en la Argentina. Recuerdo las clases impecables de Marcelo Pompei en la Facultad de Ciencias Sociales, mi anillado de hojas repletas de notas y cuadros, el cajón donde todavía conservo esos apuntes. En ese desorden, seguro, hay un mapa de Grecia y fotocopias borrosas de Gilles Deleuze. Mi letra era prolija y sólo aparecía en lápiz sobre los márgenes de los textos. De esa época son las ediciones de Gredos de los libros de Platón que desplazaron las anteriores ediciones que tuve, las mal traducidas, que terminé vendiendo en el Parque Centenario.

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Al contrario de lo que imagino, la sala Jorge Luis Borges está repleta de gente cuando llego. Las butacas han sido ocupadas en su totalidad. Los concurrentes aparecen sentados en escalones y pasillos, algunos, incluso, escuchando desde afuera.

Michel Foucault murió en París, el 25 de junio de 1984. Un día como ayer, hace exactamente 30 años. La recepción de su pensamiento en la Argentina fue tardía. Algo de eso es lo primero que se dice en la sala. Enciendo el grabador y cruzo los dedos. El audio no es del todo bueno, el eco suena amplio y el techo está muy lejos. Desgravar será un suplicio.

Abraham sostiene que Foucault trabaja sobre la hoy decadente sociedad occidental marcando las diferencias entre nuestra cultura y oriente. También señala, con vehemencia, que Foucault desarrolla un pensamiento en torno a la verdad, el saber como voluntad, el poder como batalla y el sujeto configurado socialmente.

Recuerdo el cuadro sinóptico con los ejes que señalaba Marcelo Pompei. Los sábados por la mañana, durante cuatro horas ascéticas, desprovistas de algún otro placer que no fuera el de la lectura. Pompei hablaba del pensamiento griego y de Foucault. Había que escucharlo así, en ese orden, y estaba prohibido ausentarse de alguna de las dos partes de la clase. Si había yerba, se tomaba mate, lo que sólo sucedía si algún alumno pasaba por el almacén.

La voz de Abraham todavía guerrea, pienso mientras lo escucho. Su tono sube con el correr de los minutos y el fragor de la exposición. Algunos celulares vibran. Otros suenan fuerte y todo el auditorio pide silencio ofuscado.

“Hoy se dicen banalidades, no se logra captar un fenómeno cultural que no es necesariamente discursivo”, afirma Abraham. Yo anoto aunque estoy grabando. Temo que el audio no me sirva llegado el momento de la verdad. Abraham habla de pederastia. Después dice que le interesa el cinismo en Foucault y diferencia dos tipos de cinismo, siguiendo el texto de 1972: Las sociedades punitivas. “El Estado cínico es aquel que muestra su poder y se parece, un poco, al terror”. La cita desliza cierta crítica al Estado Nacional.

De pronto recuerdo que un sábado quise buscar agua en la heladera de Pompei y encontré una papa hervida sobre un platito de vidrio rigolleau. No había otra cosa en la heladera. Una papa. La imagen viene a mi memoria como una visión límpida, certera. Recuerdo a Pompei como alguien que siempre podía dar una explicación de todo lo que hacía o dejaba de hacer.

La exposición de Abraham, muy de a poco, se vuelca a la anécdota y cautiva a los espectadores. “Cuando fui a la primera clase de Foucault, en el año 69, me anoté en una materia que se llamaba Historia de la sexualidad, […] Foucault ya tenía en esa época un proyecto que iba a desarrollar hasta su muerte”. Abraham mueve las manos y los brazos, acomoda la voz, pide un vaso de agua. Luego señala que Foucault ya es un clásico y que está sujeto a la interpretación infinita. “Foucault fue usado y abusado como todos los filósofos de la historia, ofreció sus ideas renovadas y colaboró en la explicación de las grandes transformaciones históricas. En ese sentido no puede ser capturado. Foucault es una mariposa que vuela. Es inasible”.

La sala está más atenta que al comienzo y Abraham cada vez más apasionado. Sus palabras, sus gestos y su voz, insisten en afirmar que “nadie es dueño de Foucault”. Si bien me gusta lo que escucho, vuelvo a mirar mi celular. Mi pensamiento también es una mariposa -pienso- o mi estómago, tal vez, un nido de ellas. En ese momento sé que voy a escribir algunas líneas sobre esta charla. No hay lugar para detenerse a descansar. “Nadie es dueño de Foucault, repite Abraham, una vez más. Ni del actual, ni del que escribió 15 libros, ni del que organizó un diccionario. Es un papel muy triste ser un foucaultiano, como ser un nietzscheano. Es triste ser un sucursalero. A Foucault se lo sabe cuando se lo olvida”.

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El aplauso es cálido y espontáneo. Yo misma me sumo a la causa. Después, con un dejo de ironía, twitteo que “Thomás Abraham miente cuando afirma que él no cree ser Foucault”. Una moderadora rubia hace algunas preguntas. González y Abraham intercambian ideas de modo educado y democrático. Yo pienso que feminismo es Beatriz Sarlo, sus textos de antes, sus trabajos inteligentes, su voz ronca y su altura para debatir con los mejores. También pienso que Sarlo debe haber amado a Horacio González, o a Aníbal Ford. No sé por qué lo hago pero siempre termino tropezando con ese pensamiento.

Sentado a la derecha y encorvado sobre la mesa, calmo, pausado, González habla del tipo de relación que entablamos con las lecturas. “Habría un tipo de lectura más distante que se da entre el lector y un autor no muy conocido -señala- y otro tipo de relación más vincular, producto del conocimiento y la cercanía de autor y lector”. González se detiene a pensar el approach de Abraham y asegura tener una relación de admiración con Foucault, aunque también una serie de reservas con la pastoral foucaultiana. “Las instituciones no siempre se parecen a los autores que forman parte de sus preocupaciones. Si uno piensa así nunca se va a encontrar bien en ninguna institución”. González asegura -y en alguna medida le responde a Abraham- que es imposible llevar a cabo una vida no institucional. Luego confiesa que nunca terminó de desatar su vínculo sentimental con Sartre y explica que su vicio es leer y releer siempre las misma veinte páginas de La crítica de la razón dialéctica. “Nunca terminamos de leer y comprender enteramente a un filósofo como Sartre”, sospecha. “Con Las palabras y las cosas me sucede lo mismo. Lo leí casi entero y sin embargo no puedo terminar de explicarlo bien”.

Hay un tono cansino en González, un retorno al diálogo, una necesidad de hacerse entender que en otras ocasiones no observé. Me interesa el modo sutil en que discute. No agrede, no se excita demasiado y, sin embargo, el diálogo político sucede subterráneamente, de todos modos. Gonzalez habla de una “episteme de la incompletud del conocimiento” y sonríe cuando termina de decir esa idea como si la hubiera encontrado en el devenir de la exposición. “Yo no sé explicar bien a Foucault -se sincera- Foucault paga el precio de enfrentarse a lo irresoluble y desarrolla una escritura fina, de cierto enigma, muy difícil de comprender y que nos lleva a cierta angustia”. González aborda también la forma implícita de hacer justicia al hablar. Explicar, cuando el que escucha busca explicaciones, por ejemplo, es una forma de hacer justicia con la palabra. “Es injusto no dar las explicaciones que el público espera […] uno queda en una posición un tanto ridícula intentando explicar un autor como mediador. A veces uno comete ese deslice pastoral” -agrega. Finalmente ironiza: “estuve toda la tarde leyendo dos páginas y media de Foucault y no sé si lo entendí bien. Leí bastante a Foucault, me reí bastante, uno trata de comprenderlo todo”.

 

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Categorías:Crónicas

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