Juana Bignozzi: “No tengo un sólo rasgo populista”

Bignozzi45

Por Anahí Perez Pavez. Fotos: Carmen Herrera.

Juana Bignozzi es una de las mayores figuras de la poesía argentina. Nacida en 1937, hija de una pareja de obreros militantes, desarrolló una poética que se distingue de las recurrencias de sus contemporáneos. Trasciende su origen y declara que sus versos no tienen “un solo rasgo populista”, va más allá y rechaza que la lean en clave feminista. Ante todo, es una Mujer de cierto orden que sólo sabe ser digna y se resiste a decir sí. Vivió en España entre 1974 y 2004, donde trabajó como traductora de italiano y francés. Tradujo más de cuatrocientos títulos, de autores como Marguerite Duras y  Jean Marie Gustave Le Clézio. En 2013 recibió el premio Rosa de Cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional, de manos de Horacio González. En abril de este año, Adriana Hidalgo Editora publicó su último poemario Las poetas visitan a Andrea del Sarto en el que suelta a los pintores que la apasionan. Conversamos largo sobre su obra,  acerca de Letras en los sesenta y de sus posiciones políticas.

¿Qué la motivó a escribir Las poetas visitan a Andrea del Sarto?

 Yo siempre escribí sobre pintura. Mientras viví en Europa, iba todos los años a Florencia y empecé a seguir a Andrea del Sarto por sus frescos en la Basilica della Annunziata. Según los que saben es el espacio renacentista más perfecto del mundo. Un día estaba haciendo cola en una rotisería a la que los domingos va todo Florencia, cuando salen de misa. Estaba ahí parada y me dije: ¡Esa es la casa Guidi, la casa de la poetisa Elizabeth Browning! Entonces empecé a pensar que ella también iría a ver esas pinturas. Pensé en los poetas que iban a ver a pintores. Me costó más de 10 años escribir este libro. Lo escribí tres veces. La primera vez hablaba todo el mundo. Una poeta amiga me dijo: ¡es polifónico! Eso no me gustó. Me dije “un libro polifónico no me gusta”. Entonces lo hice de nuevo, hablando yo.

¿Aparecen además otros pintores?

Sí, son poemas de pintores. Yo publiqué Quien hubiera sido pintada, en 2001, que es un libro cerradamente de pintura. Quería sacar esos poemas porque si no me quedaba pegada a esos pintores, publicándolos no voy a volver a escribir sobre ellos. Ese es el origen y la razón de Andrea del Sarto, es un título que  tuve desde hace muchísimos años. Hay notas donde dice “publicará este año Las poetas visitan” y no estaba escrito el libro. Yo tenía el título pero lo que estaba adentro no me convencía. El título lo tuve muy rápido. A veces pienso que titulo mejor de lo que escribo porque con los títulos tengo buena relación. Poetas amigas tienen libros excelentes con malos títulos. Son dos cosas diferentes, tener esa habilidad o no. Cuando uno no la tiene, tiene que preguntar a otro.

¿Escribe sobre pintura a partir de que viajó a Europa o desde antes?

No, de muy jovencita. Tal vez porque era la distracción de una hija única pobre. Cuando pude empezar a viajar sola, a los quince o dieciséis, los fines de semana, venía al centro. Iba al Museo de Bellas Artes o al de Artes Decorativas, me resultaba económico y me sentía acompañada, porque siempre tuve mucha compañía pero he sido hija única. Uno siempre tiene un momento en que está solo, porque se tienen relaciones como de afuera, en casa se está solo con dos adultos. Entonces me iba a la biblioteca y me leía toda la historia del arte de Cantú o iba al Salón Nacional.

Andredelsartoselfportrait

¿Este último libro se distingue de su obra anterior? Tengo la percepción de que lo anterior es “más político”.

Este es muy político. Con Andrea quise hacer una reflexión sobre el poder y la relación de los artistas con el poder. Eso me fascinó de él, porque sus comitentes eran toda la gente del poder de Florencia. Su relación con el poder es un poco la que a mí siempre me ha gustado tener. El dejó plantado a Francisco I, el más poderoso de Europa en ese momento. Entonces, es una relación del artista con la creación y con el poder, su creación está dominada por el poder. Andrea pintó para distintos monjes y congregaciones y tuvo que luchar para salvar cierto mensaje porque el encargo era “con tal santo, tal mensaje”. Él lo salvaba con mucha gracia y se escapaba, pero era muy difícil.

Con lo de “político” me refería a estos mitos de una “izquierda trabajadora” presentes, por ejemplo, en La ley tu ley. ¿Puede desarrollar esa mirada suya?

Los mitos se forman en la infancia, después uno los niega o los acepta. Yo tengo un poema que dice: no se inventa un mito, se vuelve al mito. Uno a partir de cierta edad no inventa mitos y si los inventa son retóricos, externos. Yo tuve la suerte, que estoy viendo mucha gente no ha tenido, de criarme en una casa de principios férreos, que no eran fáciles de soportar, porque mi padre era anarquista y si hay algo duro en la vida son los verdaderos anarquistas, porque son gente que no negocia. La política es diálogo, acuerdos y el anarquista nunca se pone de acuerdo y nunca negocia, porque no tiene la búsqueda del poder, esa es su debilidad. Entonces, yo me crié en una casa y cuando terminé el secundario y empecé a trabajar, a los dieciocho, yo ya tenía toda una estructura formada. Incluso creo que cuando publico Mujer de cierto orden, libro escrito a los veintisiete o veintiocho años que publico a los treinta porque me peleaba con el editor y tardó dos años en salir…

¿Era José Luis Mangieri?

No, Falbo. El primero fue de Falbo librero editor, en el `67, hace cincuenta años. Yo siempre tuve suerte con los editores, nunca me pagué un libro, porque tuve editores, esa gente que apuesta por uno. Incluso después, cuando la situación cambio mucho, Mangieri cobraba, cobraba bien además, pero publicaba un grupito, una lista mínima a quienes nunca cobró. Éramos diez o doce en el catálogo de Mangieri que nunca pagamos. Y en la época de Falbo pagaba todo él, a raíz de lo cual decía no y era no. Nadie podía negociar nada ahí. Yo me crío en esa ideología, por eso soy estructurada. No tuve que oponerme a mis padres. No hice la típica vida, que es la vida que yo pienso más normal, de ruptura con los padres. No tuve que romper nada, estábamos todos en lo mismo. Después, ya con veintipico de años, tuve diferencias políticas. En esa época era chinoísta y mis padres no lo soportaban.

Usted era maoísta.

Claro, en el momento ese que Beatriz Sarlo cuenta que yo fui en un viaje a Montevideo y le traje una foto de Mao. Para mí fue un derrotero natural, porque yo estaba muy de acuerdo con todo eso. Además como mi padre era anarquista tuve una crianza que no fue agradable en cuanto a que no me ayudó a no estar sola. Todo lo contrario. Me criaron de una manera muy libre, porque tenían la obsesión de que como hija única no sea idiota, que no fuera de esas hijas únicas. Siempre digo que soy hija de padres mayores y hace unos años me di cuenta que tengo que aclarar las edades, porque hoy hijo de un padre mayor es otra cosa. Papá era un muchacho de treinta y ocho, tengo amigos que no han sido padres a esa edad.

¿Fue muy libre o muy riguroso? Me resulta confuso.

 Libre en los horarios, pero muy riguroso en algo que si hubiera tenido hijos tengo la sensación de que lo hubiera hecho. A los doce o trece años iba y les preguntaba algo, si puedo hacer tal cosa, y ellos me decían: “vos sabés lo que tenés que hacer”. ¡Y uno no tenía idea! Pero eso era tan paralizante que nunca hice nada malo. Eso es crear en el otro una responsabilidad absoluta.

Me llama la atención, porque justamente un poema suyo dice “vuelvo a pintar las flores de mi juventud, vuelvo a ver el amanecer sin temor, ya nunca nadie podrá decirme estas no son horas.” Usted me decía que no, pero leyendo el poema me parece que hay una ruptura, una decisión de romper de alguna manera con el mandato. Está presente esa distancia.

Tomo una distancia por la época, pero es una distancia política, no es de enojo. De todos modos, hice cosas que horrorizaron a mis padres, por ejemplo, ellos no esperaban que me casara. Me casé a los 32. Según mi madre era una nena, que cómo me iba a casar y estropearme la vida. Ellos desconfiaban de las instituciones. Además mi madre era muy diferente, opuesta a todas las señoras del barrio, porque militaba. Éramos de Saavedra, al lado de la Phillips. Ahora venden ahí unos departamentos que dicen “Altos de Saavedra” y es un pozo. Yo digo, si mi mamá supiera que vivió en los altos de Saavedra se accidenta de la risa. Además, geográficamente es una zona baja. Entonces, yo lo que cambié fue por la edad y la moral, por esa moralina anarquista. Cuando tenía 18 años papá era un hombre de 56 con esa mentalidad de la pureza en la conducta. No tener dos trabajos, respetar. Y yo era de otra época. Para mi papá debo haber tenido ciertas conductas morales que no le parecían. Por eso él se contentó cuando me casé y me acompañó al civil. Mi mamá no. Pero después no tuve hijos y ese es un mandato de mi padre.

Se casó y de alguna manera rompió con un planteo familiar que marcaba otra cosa pero después decidió no tener hijos.

Nos costó mucho pero, por suerte, lo decidimos. Mi marido viene de una familia de mucho dinero, muy tradicional, yo venía de una familia que casi no había para comer. Yo lo tenía claro, lo hablamos mucho, estuvimos todo un año como de negociación. Nos hacía la vida imposible la familia de él, por no tener. Al año Hugo me dijo “de veras, no es para nosotros”.

Es una decisión consciente.

Siempre odié la idea de los hijos como inversión. Un hijo no es un seguro para la vejez. Hay que tenerlo por otros motivos. Hace pocos meses murió mi marido y pensaba en eso, pero no logro arrepentirme. Quisimos esta vida y tuvimos la vida que quisimos.

Bignozzi20

Usted en un poema dice “la mujer sabe que tiene que estar a la altura de su hijo hasta el final. Las madres de clase media de mi país cumplieron la misma sentencia”. En relación a esta cuestión de invertir, tomó una decisión y desplegó todo un mundo, que puede ser compartido.

Es una decisión que se piensa mucho porque es definitiva en la vida. Mucho más que casarse, que puede ser algo aleatorio, o comprarse una casa.

¿Tuvo un matrimonio libre en el sentido de poder desarrollar su subjetividad trabajando y su marido teniendo su actividad?

Sí, totalmente. Veraneamos un mes separados todos los años que estuvimos casados. Viajábamos juntos casi siempre, pero un mes cada uno se iba a un lugar.

Me contó que se conocieron en la facultad. ¿Cómo era esa escena de letras en los sesenta?

Yo iba, me aburría, me quedaba en el bar y era sobre todo la del frente de intelectuales del partido. Mis amigos, a los 20 años, eran Juan Carlos Portantiero, Juan Gelman y Andrés Rivera. Eran como los muchachos del barrio.

Letras en esa época fue un semillero de lo que son los intelectuales de hoy ¿Cuando dice “el partido” es el comunista revolucionario?

No, el Partido Comunista. Cuando era un partido.

¿Aún tiene relación con el PC?

No. Apoyó la dictadura el PC, por eso hay militantes ex comunistas que están resentidos. Porque estuvieron en un partido degradado. Cuando yo estuve era todavía un partido con la épica de la segunda guerra pegada. Cuando sube Perón teníamos delegados obreros en todas las fábricas. En tres meses no quedó ninguno. Se hicieron todos peronistas. Pero era un partido existente. Teníamos un diario que se vendía en los kioscos como la prensa. Yo a los 20 entré a La hora. Entonces me hacían bromas, me trataban bien pero era la nena. Gelman tiene ocho años más que yo, pero ya tenía otra vida. No es lo mismo una chica de barrio de 20 años, que un muchacho, un hombre, que ya está en las jerarquías del partido. La diferencia es muy grande a esa edad. Después no. Ahora nadie me separa de Gelman, esos años han desaparecido, pero nadie me separa de Gelman y tenía ocho años más que yo,  pero la edad desaparece. Yo era una chica y además sola y ellos ya casados, era todo otro mundo. Y yo creo que cumplí esos mandatos de tener un matrimonio muy abierto, muy independiente, por mi papá, que decía que la mujer que no trabajaba no era digna. Una mujer que no trabaja siempre va a ser una esclava, del marido, de los padres. Mi mamá trabajó toda la vida, desde antes de conocer a mi papá, desde los ocho años.

Beatriz Sarlo, en su discurso homenaje, cuando le entregan el premio Rosa de cobre, dice que usted era una “mujer dandy”. ¿Hay cierta admiración ahí?

Beatriz tiene cinco años menos que yo. Cuando la conocí, en el Centro Editor de América Latina, ella tenía veinticuatro y yo, veintinueve. Ella venía de la facultad de Letras. Era una chica común, de muy buena educación, y yo le hablaba del comunismo y de mis amigos, Rivera y Gelman y le impactaba. Una vez Beatriz dijo, en una especie de recuerdo que escribió sobre mí, que Bourdieu explicó lo que yo hacía, que era poner “un plus de sentido”. Porque no teníamos un centavo y Beatriz dice que “cenábamos” y era una manera de decir porque éramos muy jóvenes y pobres y comíamos algo. Ella escribió: “Juana nos irritaba porque era tan pobre como nosotros y compraba flores”. Yo era pobrísima pero compraba flores, o un buen vino y ella dice: “¡No teníamos un centavo y Juana compraba flores!” Toda la vida tuve esa vocación por la gente. Soy absolutamente gregaria. Tengo los amigos más cercanos dentro de la misma ideología, pero en dos opciones políticas muy enfrentadas y yo voy de unos a otros, soy amiga de los dos grupos. Y toda la vida tuve esa vocación de la ropa, de vestirme; cuando tenía un centavo me compraba un prendedor. En mi casa decían que si hay miseria que no se note. No soy despilfarradora pero gasto, tengo un agujero en la mano. Tiro el dinero como lo tiran los pobres. Cuando me casé traté a una familia de muchísimo dinero y me di cuenta que los pobres lo tiramos, los ricos no. Tenía unos diálogos con mi suegra que me asombraban. Yo decía “si tuviera el dinero de ella lo que haría.” No me hubiera durado nada. Mangieri, que era peor que yo, éramos dos manos rotas, decía: “según mi viejo la moneda es redonda para que ruede.” El padre de él también era anarquista. Toda la vida he hecho eso. He tenido ese gusto. Me importa. A mí el pobrismo no me va. El pobrismo no sirvió nunca para nada. No creo en la caridad. La detesto. Bueno, no soy católica, nunca lo fui.

Esto del pobrismo es una crítica política muy interesante.

El pobrismo. Subvencionar a los pobres es quitarles la dignidad. En un momento sí, pero es una medida pasajera, no es una política de Estado subvencionar un país.

¿Tiene que ver con esto que decía sobre los grupos de pensamiento político distinto? ¿Cómo es su relación con el peronismo? ¿Qué opinión le merece la década kirchnerista?

No soy peronista desde el fondo del alma, es como lo de Dios. Cuando uno cree que el otro existe tiene conflicto. Hace poco en una revista me preguntaron, estaban haciendo una encuesta sobre la divinidad y ¡yo en mi vida pensé un minuto en la divinidad! No es un conflicto en mi Dios, porque no creo. No soy gorila y no soy antiperonista, pero no soy peronista. Es una estructura como ajena a mí. Además estos diez años fueron pésimos. Pienso que le pasa esto a todos los que vuelven. Yo venía todos los años, pero una cosa es venir y otra es vivir. No tiene nada que ver. Yo venía un mes, dos meses, salía con todo el mundo, pero incluso la gente cambia. Cuando volví gente que me veía no me vio más porque una cosa es que uno tenga confianza y confidencia con alguien que después pone un océano de por medio y ya está. Y otra cosa es la confrontación diaria. Para mí esto no es peronismo, es kirchnerismo. Soy una chica peronista de formación en tanto empecé la escuela primaria cuando el terremoto de San Juan, donde se conocieron Perón y Evita, y el quinto año lo terminé en el `55, o sea, yo viví el peronismo.

Vivió la escuela peronista desde ese lugar.

Desde primero inferior a quinto año. Yo tengo gran admiración por Perón. Las cosas que decía eran deslumbrantes. Tenía algo que empezó a cambiar: la probidad. Era un hombre probo. ¿Dónde está la fortuna de Perón? Tenía una formación militar de altísimo nivel. Era un militar de carrera, no un improvisado. Nosotros vivimos una degradación de la sociedad, cambió la sociabilidad, cambió todo. El peronismo nunca se preocupó por la cultura. Perón nunca lo reconoció a Marechal.

¿Dice que no apoyó a los intelectuales peronistas?

A los intelectuales peronistas como Leopoldo Marechal nadie les daba pelota. El peronismo no es una política de políticas culturales, a los sumo de políticas educativas sí, tal vez, pero no políticas culturales.

Bignozzi16

Quizá se preocupan más por el brazo propagandístico.

Esta gente llegó a excesos terribles. Lo vivo muy mal. Hay una violencia espantosa y no hablo de la violencia de los piquetes, que es otra cosa. Me refiero a que han hecho una prepotencia de la juventud como material político y la juventud no es un material político en sí. La clase es un material político, no la juventud.

¿Está de acuerdo con la creación del Ministerio de Cultura? 

Con la creación sí, pero no se puede poner en ciertas manos. Ya estaba en manos pésimas, con Jorge Coscia.

A usted no le parece que sean lo indicados.

No. Incluso van a hacer daño.

¿Tiene que ver con lo del “pobrismo”?

Al obrero hay que dignificarlo y para dignificarlo hay que crear trabajo y consciencia de clase. Yo siempre digo que la generación de mi padre, sus amigos, no querían ser pequeños burgueses, querían ser obreros bien pagos y esto el peronismo lo borró. Acabo de leer un libro maravilloso que se llama Cuando los obreros salieron de compras (de Natalia Milanesio. Siglo XXI). Ella trabaja con testimonios, análisis y a mí me resultó muy atractivo porque es mi época, en el 45 yo tengo ocho años y plena consciencia de los lugares donde se compraba. Nosotros no comprábamos nada porque mi padre no aceptaba nada más que un solo empleo, porque los obreros no tenían que quitarle trabajo a otro y nunca salimos de compras.

Era muy austero.

No teníamos. Pero se gastaba en el teatro y en los diarios. En casa se recibían cinco diarios. Mi papá después contaba el diario en todo el barrio porque nadie lo compraba. Eso no lo fomentaba el peronismo. Entonces, cuando los obreros comenzaron a comprar se produce la pérdida de la imagen de la clase media alta, cuando su mucama estaba peinada como la señora, porque va a la peluquería. Eso estaría bien si estuviera hecho no como sustitución, como  se hizo, sino como concienciación: “yo tengo derecho a ir a la peluquería”.

Se puede leer como una conquista desde el punto de vista del trabajador ¿Usted dice que era más una cuestión imitativa?

Se aspiraba a una pequeña burguesía que nunca un obrero de izquierda aspiró. Ningún obrero de izquierda quiso ser pequeño burgués, quiso ganar bien, pero no otro tipo de representación social.

Una persona que tiene consciencia de clase, de clase trabajadora, subalterna, en lo que no se querría convertir es en un explotador, es complejo igual, ¿no?

¿Pero esos quiénes eran? Eran los comunistas de mi juventud y mi padre. En este país yo creo que los únicos que no hemos pedido la Beca Guggenheim somos Rivera y yo. En un momento tuve tentaciones, entonces lo llamé a Andrés y le dije: ¿Qué decís? Me dijo: ¿Tenés para comer, nena? Sí, le dije, “entonces no la pidas”, me respondió. Mi marido estaba furioso que pidiera la beca.

¿Qué implica esa beca?

Y, es una beca yankee. Hugo me decía: “vos vas a ir después a un acto a ponerte a hablar de la izquierda, contra el imperialismo y te van a decir “Señora, ¡Si usted tiene 30.000 dólares del imperialismo!”

Claro, tal cual. Era tentador.

Todos tienen Beca Guggenheim. Gelman publicó uno de sus libros con la beca.

Usted no termina de transar, como su padre.

Yo heredé de él algo espantoso. Yo digo que soy la señora no. Digo a todo que no. Me invitan a leer, digo que no. He rechazado como diez recitales de los últimos dos años. El lugar o las condiciones, o los que me invitan, o los que quieren leer conmigo. Yo heredé ese no. Mi papá era el señor no. Todo era no.  A mí lo primero que me sale es decir no.

¿Cómo recuerda la experiencia de El Pan Duro?

La recuerdo con mucho cariño pero no era una experiencia estética, no teníamos  que cuestionarnos la poesía del otro, por eso somos tan distintos. Era un frente de la Juventud Comunista, leíamos en el Teatro del Pueblo, en los comedores de familia.

¿En qué se diferenciaban?

Yo no tengo el mismo fraseo que ellos. No tengo un solo rasgo populista. Yo siempre decía que ellos eran los poetas de la oficina. Todos los poemas no eran contra el imperialismo, eran contra el jefe. Y ellos lo han visto mal, porque cuando Héctor Negro hace su libro sobre el tema, en el prólogo, extrañamente, a los dos poetas más conocidos del grupo no los entrevista, ni a Gelman, ni a mí. Dice Negro que había leído unos comentarios míos y quiso evitar un enfrentamiento.

¿Conoce a poetas de otras generaciones?

Hay otra generación que parece tan mayor como yo pero que tiene doce años menos, la de Irene Gruss. Esa generación siempre la quise mucho. Conozco también a Martín Gambarotta, Martín Rodriguez, Viola Fischer, Mercedes Halfon, todos ellos han sido mi grupo poético cuando volví. Leo mucho a los jóvenes, muchas veces me mandan libros, me los regalan o los compro. Algunos los guardo, otros los dejo ahí, en un limbo y otros los tiro, directamente. Aprendí a leer poesía. Cuando uno lee un libro muy juvenil ve todas las fallas de la juventud, pero ve si hay una voz detrás. Yo prefiero a veces un libro que no está muy bueno, a esos libros perfectitos que van a morir así y no hay nada ahí. Con las mujeres jóvenes voy bien, pero con la generación que sigue a la mía, algunas no tienen una muy buena relación conmigo en cuanto al feminismo.

¿Por qué?

Yo creo que hay un problema que ya no tiene la generación joven. Uno lee a veces buscando lo que uno está de acuerdo, lo que uno piensa y entonces lo que piensa el que escribió es tergiversado.

¿Dice que leen para convencerse?

En vez de ver que dice el otro, parten de una idea y leen en clave feminista y tergiversan profundamente. Yo tengo un poema que dice “no conoceré el delirio por un hombre”. De eso se dedujo que no tenía relación con los hombres. Yo digo delirio, delirio, no digo otra cosa. Eso me ha pasado mucho. Una vez, una muy buena periodista me estaba haciendo un reportaje cuando no vivía acá y yo hablé en plural, dije “hicimos”. Ella apagó el grabador y me dijo, ¿Por qué hablás en plural? y  le digo “porque hablaba que mi marido y yo hicimos tal cosa” y me dice “estás casada,” sí, le dije, “¡Nos has traicionado a todas!” Ah, le digo, no pedí permiso. Parten de la idea de que una mujer como yo tiene otra vida, tiene una independencia mal entendida, según ellas. O sea, yo no tengo esa reivindicación. Yo me crié entre hombres. Siempre fui la única mujer y ahora mismo tengo amigos hombres.  Por suerte uno está casado y puedo tratar a la mujer, que no siempre se puede tratar, porque además de tener siempre amigos hombres, más en mi época, se casaban con unos seres inexistentes, no eran gente que le interesaba lo mismo, eran señoras que estaban, que además pensaban pésimo de mí, que estaba sola, en un café, hasta medianoche.

Yo creo que desde ahí es que la toman como un ejemplo. La ven como una mujer autónoma.

Totalmente autónoma. Me costó igual, porque siempre fui considerada la ligera. Yo estaba sola, en un café, hasta media noche, con todos los muchachos.

Qué interesante que haga esta distinción con respecto a leerla en clave feminista, porque la verdad yo veo en su libro que cuando usted habla del universo masculino que la rodea, no tiene mala relación. Tiene una buena relación, como de protección. Digo, si su padre la ha protegido, sin duda que va a buscar tener hombres alrededor que la protejan.

Totalmente. Yo digo: si el padre te amó, te ama el mundo. A mí mi padre me amó y entonces no se me ocurrió que alguien no me iba a amar.

Lo cual no quita, y creo que de ahí la lectura esta, que usted despliegue una mujer que hace, que elije, que le gustan ciertas cosas.

Claro, yo fui criada como una igual. Porque a pesar del machismo latente, que nunca lo vi porque era latente, Gelman, Portantiero, todos ellos me trataban como una igual y por eso me decían ciertas maldades también.

Entonces, más allá de esta lectura errada, ¿no se considera feminista?

No.

Es una mujer autónoma, con un lenguaje particular, con una voz particular.

Soy una mujer digna, que supo mantener su papel. Que nunca fui pisoteada. Que no nací para ser pisoteada. Que nadie me dijo que tenía que aceptar las cosas. Que en mi casa jamás me dijeron que dijera que sí.

Anuncios

1 reply »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s