Caminar el deseo y convertirse en él

Por Leticia Martin / @leticiamartin

Henri Meschonnic (París, 1932) fue un teórico de la lengua, ensayista, traductor y poeta francés, hijo de judíos rusos y participante escondido de la guerra de Argelia, donde escribió sus primeros versos. Más adelante fue docente de la Universidad de Lille e integrante del Centro Experimental de la Universidad de Vincennes, colega de Deleuze, Lyotard, Foucault, Badiou y Lacan, a la vez que vice-Presidente del Consejo Científico y director de la Escuela de Graduados Disciplinas de significado, que él mismo fundó en 1990. Meschonnic estudió hebreo gracias a lo cuál pudo hacer ciertas traducciones de la biblia y generar reflexiones acerca del ritmo de la lengua y los problemas de la poética. Su libro Puesto que soy esa zarza (Leviatán, Buenos Aires, 2008) fue traducido y prologado por Hugo Savino.

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Sin arrogancia o adormecimientos celebratorios, Meschonnic habilita, desde la poesía, reflexiones que interrogan al lenguaje y al hombre, pero que nunca intentan dar respuestas acabadas. “Mis palabras son / mi rostro / mis ojos / mi boca / todo”, escribe. Y en esos versos del poema, que da comienzo al libro, ubica al lenguaje en el plano de los sentidos. Ellos, como la palabras -y a su modo- nos acercan una imagen distorsionada y confusa del mundo. ¿Es posible conocer, entonces? ¿Es distinto el mundo de quienes lo habitamos? Hombre. Lenguaje. Naturaleza. En los versos de Meschonnic pareciera que no, que el viento y las palabras se completan, se necesitan mutuamente, que la existencia es más allá del ser, propiedad de las cosas, ingrediente de todo lo que nos rodea.

“Un viento sacude / las fechas / la hierba y las cosas dichas”, continúa. En Meschonnic leo a Sartre, a Beauvoir, a Blanchot, a Foucault, a Lispector y a Lacan. Es evidente la relación profunda de esos diálogos del logos, la afinidad de sus pensamientos e influencias mutuas. “No sé / lo que ayer / será / lo que hará el pasado / lo desconocido / no es mañana / es lo que ayer / hará de mañana”.

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Respecto de la forma, hay que decir, sus versos se tejen en repeticiones que se encabalgan sobre otras repeticiones, generando así un efecto de intensidad, o señalando -de modo evidente- un sentido del decir que nos guía hacia una determinada interpretación, que no es cualquier otra. Repetir no es apenas una forma retórica de la poesía de Meschonnic. Repetir es señalar, recalcar, intensificar las señales que el lector no puede pasar por alto, gritar algo que se precipita, una verdad abierta, inacabada, sin forma, que sólo puede decirse de modo poético, en un diálogo de inconsciente a inconsciente.

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Meschonnic sabe lo que escribe y usa el ritmo de los versos en un claro afán de comunicar sentidos y transmitir pasiones que huyen a las clausuras del saber. Pero los temas y las palabras no sólo se repiten al interior de cada verso sino que reaparecen en los distintos poemas, amalgamando su discurso en la dirección del ser. Esta intención puede leerse desde el título y recorre el texto de punta a punta. Revisemos el enunciado: “Puesto que soy esa zarza”, o porque soy eso que arde, un ser encendido, mis palabras y mi existencia arrojadas a su propio devenir. Soy eso que sos, parece señalar Meschonnic cuando escribe: “no hay hora cuando uno es / el tiempo soy conmigo / cuando te agarro me agarro”.

Imposible no leer a Lacan en esa simbiosis de quien desea -fuera del tiempo- a un otro que lo refleja. Más adelante insiste “seré / hace mucho tiempo / un aire que pasa”.

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De nuevo el ser y la naturaleza se simbiotizan. Igual que el ser y el ser amado. ¿No es acaso ese “ser amado” una forma de amarse a sí mismo? Podemos afirmar -entonces- que Meschonnic reúne en este libro naturaleza y existencia y lenguaje y psicoanálisis. Habla y calla. Cultiva la belleza de la forma breve. Enarbola el silencio y evidencia las voces que lo quiebran. Sus fonemas predilectos aparecen encadenados con maestría. Lenguaje. Labios. Libros. Vidas que se “lastiman” y “laceran”, que necesitan del dolor para que la piel se sienta viva.

Estos poemas breves, de pocos versos, funcionan como dardos del lenguaje, picaduras de insectos que quedan ardiendo después de la lectura, ideas fuerza que, como slogans, no se olvidan con facilidad.

También es importante señalar que el narrador no es únicamente Meschonnic, como suele suceder en la poesía. Tan descentrado escribe el poeta, que el narrador que construye es también el tiempo por fuera de la temporalidad. “No hay hora cuando uno es el tiempo. Soy conmigo”, escribe. Ser y tiempo funcionan así como una única medida que no señala nada pero que, a la vez, no se puede dividir.

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Fuego, zarza, lenguaje, vida, rima, viento, presente, pasado, futuro, existencia, ser, ella, reloj, sueño, silencio, sol, conforman una serie de palabras que Meschonnic recupera varias veces a lo largo del poemario, evitando otra palabras y cerrando el círculo del decir en un par de ideas que se retroalimentan en ese breve universo que nos inventa a los lectores.

“No hablo / mis palabras yo / las camino”.

La forma en que se cortan los versos también está diciendo algo en cada caso. En la anterior cita, por ejemplo, Meschonnic no cortó el verso de este modo: mis palabras / yo las camino, como sería esperable, sino que eligió hacer convivir en el mismo verso tres términos que generan otro efecto de sentido: “mis palabras yo”. De este modo es imposible pensar al poeta siendo fuera de sus palabras o siendo otra cosa que palabras. Pero a la vez, esta palabras no son habladas sino que caminadas por el poeta, o lo que es lo mismo, son amasadas en su paso temporal por el mundo, vale decir, se hacen en la medida de un transcurrir, o un beauvoreano devenir.

Puesto que soy esa zarza es un libro sobre el lenguaje y el amor, sobre ese fuego que arde en las palabras del poeta que es llamado a escribir y callar, caminar su deseo y convertirse en él a partir de la imagen de su ser amado. Es también un libro sobre la percepción del tiempo que pone de relieve ese instante efímero que constituye su única forma: el presente.

 

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