“Me enamoré de él y de su sombrero”

Por Leticia Martin

Alicia Digón (Buenos Aires, 1954) es poeta y narradora. Pero además es una escritora itinerante. Sin descanso recorre los eventos literarios y talleres porteños en busca de un contacto real con los autores de las generaciones más jóvenes a quienes lee, critica, e invita a escribir en la revista literaria que dirige. Se auto-define una escritora tenaz que se levanta cada mañana, se lava la cara, se hace unos mates y se pone a trabajar. Siempre lo hace a partir de  una imagen. Nunca sabe qué género está escribiendo y, según nos relata, goza de abandonarse a los designios inesperados del lenguaje. Es autora de diversos libros y dirige la revista GuKa que auspicia la Biblioteca Nacional. Su novela El Country de los milagros fue reeditada este año por la Editorial Wu Wei. Hablamos con ella sobre este trabajo y lo que se viene.

El poder, la prostitución, la droga y la mafia se cruzan en tu novela en un fondo de marginalidad y pobreza. ¿De dónde nace tu interés por los temas?

En todos los ámbitos hay una lengua que tiene un común: la exquisita pobreza del no saber, en fin… en todo sentido, no la pobreza económica, hablo de otra cosa.

¿Qué tanto de la realidad se filtra en tu ficción?

Dos cuestiones. Una, no hay realidad ni ficción. Todo es un entrecruzamiento que, como una cinta de Moebius una vez es algo, otra vez es otra cosa y luego sigue siendo lo mismo. Como el tiempo, eso nos trasciende. Mi novela trata un poco de esas cuestiones. Del entrecruzamiento, los puntos de contacto y el discontinuum que hay entre los humanos sobrevivientes de este naufragio en el que estamos todos inmersos. En segundo lugar, esa novela,  fue toda una vida de trabajo. Podría develarse desde un ensayo pero preferí lo ficcional como excusa y como soporte para tratar, en lo posible, de ser fiel a lo vivido con niños, adolescentes y adultos, en anteriores trabajos que realicé. Vivimos  en un ficcional cotidiano. Yo  trabajo y escribo desde ahí. Cada día que pasa es uno más y no me alcanza para finalizar esta novela que es mi propia vida. Leo el catecismo de Alice Munro y me digo queda queda….un poco más queda. Ella habla de un Toronto y sus personajes irresistibles, yo, claro, sin esa maestría, de un General Rodriguez. Ciudad de los hospitales bajo árboles y de La calle de los perros muertos.  

¿Cuál fue el proceso de construcción de la novela “El country de los milagros”?

Unos veinte años conviviendo con esa ficción. Años en los que miraba por una ventana y me parecía que estaba el vidrio sucio. No era así. Sucia era la realidad de fuera de esa ventana. Aún hoy esos pibes que venían descalzos me siguen llamando y quieren escribir una, otra  hoja que se llamó “te cantaré Rodriguez” y decían: somos el colectivo “te cantaré Rodriguez”  o “desde los quintos infiernos” frase acuñada por el poeta Boccanera cuando le solicitamos consejo para el título de una revista. Esa revista, era sólo una hoja oficio y tenía como logo un diablo negro dientudo con su cola y su tridente,  y se escribía a mano, sin faltas de ortografía. Ellos contaban historias que luego eran éditas o dibujadas en paredes o puestas en común en tapas pintadas de cartones, porque no era un grupo,  era como dije un “colectivo” de pibes pibas y muchachones. Cuando vino de visita Kevin Power curador de “Los mondongo” y subdirector del Moma, se enamoró de los libros y se los llevó primero a Nueva York y luego a Alicante, donde hoy viven la mayoría. Luego él nos envió un mail con el dinero, contándonos que se habían vendido todos, como era de esperarse. Hoy esos pibes están en la universidad, algunos son profesores, otros devinieron diputados de la Nación Argentina, o están en un campus alejado de toda coquetería y del marasmo de nuestro endiablado mundillo de las artes y las letras. Son pibes que hacen festivales, declaran capital de la cultura a pueblos perdidos en la niebla. En fin, quiero dejar constancia de que esto ocurría allá por el noventa y los cartoneros de Moreno eran solidarios con este proyecto. Así se fue construyendo la novela. Es como te decía, una cinta que a veces ficciona, otras fricciona y muchas es apenas un dolor que no cesa. En ese devenir, muere -o matan- al “Naza” (el protagonista).

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Esta nueva edición tiene otra tapa que la anterior ¿Por qué decidiste cambiarla?

La primera y segunda edición muestra una cola tentadora, y en la feria del libro quienes peleaban por comprarla eran niños de colegios religiosos, y por eso en esta edición se decidió cambiar la tapa. Para no despertar pasiones equívocas.

¿Cómo llegaste a la editorial Wu Wei y por qué decidiste publicar con ellos?

Wu Wei signifca “no hacer” y ese no hacer me fascinó desde que nací. Nosotros éramos tres amigos en un sucucho del codo de Peña y Ayacucho, me refiero a Dalmiro, apodado “el mítico”, que por aquella época restauraba muebles, Miguel Briante “el que deliraba” dueño y señor de una magnífica escritura, y yo, a quien llamaban “la nena”, porque lo era. Los tres queríamos hacer algo que fuera un “no hacer”. Cuando ví el nombre de la editorial y conocí a Luis en una estación de servicio, me enamoré de él y de su sombrero. Recuerdo que nos encontramos en la Shell de Ciudadela, armamos el estudio y la editora y ahí pactamos lo que se hizo, que es lo que ahí está.

¿Vas a presentar la novela en el interior del país?

Ahora me voy de viaje una semana a México DF y vamos a llevar la novela allá porque soy la invitada de un grupo parecido al colectivo “te cantaré Rodriguez”. Por ahí me quedo comiendo tacos al paso por un tiempo. Los tacos son sabrosos y picantes y requieren vino tinto. Me gusta. Lo digo por Wu Wei y el vino tinto. Además Luis, el hombre del sombrero, me banca la locura y eso esta bueno.

Leí en las redes que estás escribiendo una novela sobre un amor que se gesta en Facebook. ¿Es así? ¿En qué instancia del proceso se encuentra?

La historia de un amor en Facebook ocurrió en un desalojo. Ya está finalizada. Los amantes decidieron irse a otro lado porque los echaron de la red: bloquearon la cuenta y viven ahora en La Isla La Juncal que es un barco verde encallado en la desembocadura del río Uruguay, entre el Guazucito, del lado argentino, y Carmelo, del lado uruguayo, frente al lugar donde naufragó en 1962 la Ciudad de Buenos Aires. Allí nació y vive hace unos 90 años doña Julia Lanfranconi que en 1915 comandó el barco El tiempo lo dirá, estableció en la isla un saladero y hoy sobrevive como guardabosque, título que heredó de su padre. Vive entre árboles y juncos y nutrias y carpinchos. Todos los 19 de junio los amigos de la vieja surcan el río y el invierno y desembarcan en la isla para festejar su cumpleaños y el casamiento de los amantes fugitivos de Facebook. Allí se recuenta toda la historia y en un día de vino y mate ellos renacen y transcurren históricos hasta los noventa de la vieja que jamás pasa de allí. Tal vez por eso se mantiene viva. Igual que ellos.

“Yo  escribo en la rumorosa cabina que cruje como un mueble viejo estas simples líneas que, naturalmente, dedico a doña Julia Lanfranconi a los amantes echados de Facebook. La casa con sus nutrias ahí queda remontándose sobre el agua, ellos solos, hasta el otro invierno”. HAROLDO CONTI. (Fragmento con arreglos que se citan en la novela)

¿Cómo conviven en vos la narradora y la poeta?

Los géneros son para la confección de ropa, no me parece todavía, para la escritura y Leticia Martín, vos lo sabés mejor que yo, tus poesías son novelas y viceversa. Y si no preguntale a “la hombre” y vas a ver que te responde lo mismo.

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Categorías:Entrevistas

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