La desidia mental

Por Leticia Martin

Me invitaron al ciclo Las Nuevas Tendencias en la Literatura Argentina, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores y el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, y por alguna razón dije que sí. Un mediodía, hace unos meses, me reuní a escuchar de qué se trataba el ciclo y me tomé el trabajo de escribir algunas ideas sobre el tema. La propuesta era debatir junto a Florencia Abbate, Leandro Avalos Blacha, Nicolás Hochman y Nicolás Di Candia, los avatares de la literatura en la era Internet. El viernes pasado, tras ordenar algunas cuestiones laborales y personales, me acerqué al edificio que la SADE tiene en el barrio de Recoleta. Como es habitual llegué con tiempo para conversar con los organizadores, pero ninguno de ellos se había hecho presente todavía. Ni Juano Villafañe, ni Santiago Alonso, ni el anunciado presentador: Alejandro Vaccaro.

Una mujer malhumorada me impidió que esperara en el lugar del evento y me envió a la confitería del tercer piso, todavía más desolada que la planta baja. Una vez que estuve arriba, se me acercó otra mujer, de unos casi ochenta años, encorvada, bajita, que me preguntó por la editorial Mandala y me habló de libros sobre árboles y plantas. Después de un rato subió Leandro Ávalos Blacha. Tomamos un café, me contó sobre su experiencia en la Feria del libro de París, y me avisó que abajo se comentaba que el ciclo iba a empezar media hora más tarde. Cuando se hicieron las siete y media, bajamos. La sala del primer piso seguía casi vacía. Un pequeño estrado con una mesa, cuatro sillas, cuatro micrófonos y cuatro vasos, aguardaba la llegada de los invitados que, aparentemente, tampoco estaban. Pero -oh sorpresa- cuando me detuve a observar al público detecté al resto de los panelistas. Me senté junto a ellos, esperando que se dé comienzo a la actividad, pero eso ya había sucedido.

SADE

La imagen resultaba extraña. Cinco invitados dispersos entre un escaso público, y un moderador, solo, ubicado sobre el estrado que escoltaban cuatro pesadas sillas de cuero. Imaginé a Borges y a Lugones disertando en esa misma sala y sentí vergüenza. Alonso excusó al coordinador del ciclo, Juano Villafañe, que no estaría presente porque -en ese mismo momento⎯ estaba participando del Festival Nacional de Poesía. Sin embargo no hizo ninguna alusión a la ausencia del presentador, a quien también estaba supliendo. Sin usar el micrófono -tal vez por el pudor que suscitaba el fracaso de la convocatoria- Alonso explicó el desdibujado propósito del ciclo. “Queremos dar a conocer las problemáticas de los diversos campos de la literatura contemporánea”. No está mal diagnosticar, pensé. Pero, ¿hasta cuándo? Más que una muestra del “estado actual de la literatura contemporánea”, pensé, el ciclo parecía una performance de la falta de interés, el desgano, la desmotivación y el desconocimiento absoluto del “estado actual de la literatura contemporánea”. Recordé a Leónidas Barletta y supe que por ahí no flotaría su espíritu ni de casualidad.

Florencia-Abbate

Para no desestructurar tanto orden atrofiado, se le pidió a Florencia Abbatte que de comienzo a su exposición, ya que su apellido era el primero de la lista si seguíamos el orden alfabético. Abbatte explicó que iba a tomar algunas ideas de Patricio Pron y habló sobre las redes sociales y el estado de la crítica. Mientras lo hacía un hombre atravesó el salón hasta ubicarse en la primera fila. Todos lo miramos. Me alegró que una cuarta persona se sumara al público, pero el hombre sacó su cámara de fotos y en menos de diez minutos hizo lo suyo. Todavía no había terminado de exponer Abbatte cuando el fotógrafo atendió un llamado telefónico, guardó todo y salió del salón pisando sin delicadeza la restaurada pinotea.

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Cuando fue el turno de Ávalos Blacha una de las tres personas del público interrumpió la exposición para preguntar quién estaba hablando. El moderador le pidió a la mujer que gire en su silla para verlo. Recién entonces cayó en la cuenta. No había presentado a nadie. Acto seguido, señalándonos, dijo el nombre y apellido de cada uno de los presentes. La señora de los libros de botánica se acomodó el audífonoAvalos Blacha hiló en un texto impecable una cantidad de ficciones que hacen intervenir a las nuevas tecnologías en sus tramas: “Casete”, el cuento de Norberto Soares, El tucumanazo, la nouvelle de Esteban Castromán, Keres cojer?=guan tu fak, de Alejandro López, Los muertos, de Jorge Carrión y Los cuerpos del verano, ópera prima de Martín Felipe Castagnet.

Una rubia, que antes explicó que era poeta, interrumpió para decir algo. Alonso le señaló que ése no era el momento adecuado y la mujer se ofuscó, pero mantuvo la boca cerrada. Mientras tanto, rápidamente, sumé las edades de los tres asistentes y, un segundo después, doblé mi texto para guardarlo en la mochila

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Hochman, que de nuevas tecnologías sabe un poco, relató en tres ejes temáticos su década ganada en el Grupo Alejandría, la novedad del Congreso Internacional Witold Gombrowicz, que ideó y organiza, y el crecimiento abrupto del Premio Itaú Cuento Digital Ahora sí, la poeta rubia estalló. Esta vez no pudo tolerar su rol de espectadora y arremetió con ganas contra el límite de edad del Premio Itaú, “qué, ¿y los que tenemos más de cuarenta ya no podemos escribir?”.

Finalmente, leí algunas partes de lo que llevaba escrito. Lo hice a gran velocidad y pensando en el modelo comunicacional de Roman Jakobson. Ni siquiera esa estructura básica y obsoleta podía aplicarse a la incomunicación que reinaba en la sala. Obviamente también fui interrumpida, aunque por motivos que no vale la pena comentar. Un tanto cansada dije que había terminadoEntonces sucedió el último malentendido de la extensa lista. Alonso habilitó las preguntas del público sin dar lugar al quinto invitado, el poeta Nicolás Di Candia,  que escuchaba -como el resto de nosotros- sentado entre los asistentes.

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Pienso lo siguiente: la SADE existe desde 1928. Desde entonces se propuso defender los intereses legales y económicos de los escritores afiliados. Su primer director, Rómulo Zavala, insistió en que la SADE debía incorporar a escritores de diversos grupos literarios. La moción fue apoyada por voto unánime y Leopoldo Lugones fue el presidente de la primera Comisión Directiva, acompañado en la fórmula por Horacio Quiroga¿Hubiera sido posible un ciclo de estas características en aquel entonces? ¿A quiénes sirvió nuestro humilde aporte de tiempo y presencia física en la sede? Mientras me hacía esas preguntas pensé que, al menos, después de todo, me había quedado el texto escrito y la posibilidad de narrar los hechos, o mi versión de los mismos. Tal vez debería pretender menos y sentirme satisfecha con eso. No lo séCierro con el siguiente dato. La SADE, en pleno siglo XXI, tiene su página web “en construcción” y apenas cuenta con un blog lo suficientemente raquítico como para representar lo que sucede en el panorama joven de la nueva narrativa.

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Categorías:Crónicas

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