El género en disputa, de Judith Butler

judithbutler

Por Anahí Perez Pavez/ @anahpavez

El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad

de Judith Butler.

Editorial Paidós, 2013 (5ta. Edición), 316 páginas, $229.

Judith Butler, la filósofa post-estructuralista estadounidense, publicó El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad en 1990 y desde entonces el libro se constituyó como obra fundante de los nuevos estudios de género y la teoría queer. Fue traducido a 20 idiomas y aparece como agotado en varias bateas de Buenos Aires. Entre otras obras que sobresalen de la autora figuran Cuerpos que importan, El límite discursivo del sexo y, de reciente coautoría con Ernesto Laclau y Slavoj Zizek, Contingencia, hegemonía, universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda.

Butler nació en 1956 en Ohio en el seno de una familia judía. Por indisciplina, a los catorce años, la echaron de la escuela y la opción educativa fue la tutoría personal de un rabino. Su familia estaba comprometida políticamente y trabajaba en la industria cinematográfica. La pequeña Butler, según declaró de adulta, creció rodeada de múltiples y disonantes estereotipos. Los tradicionales del judaísmo amalgamados a los producidos por Hollywood. Actualmente se desempeña en la Universidad de Berkeley, California.

Leer El género en disputa es una tarea difícil. Hoy se habla mucho de violencia de género y se catalogan actos criminales así, al punto de confundir violencias y género, llevando la discusión a terrenos que por momentos la paralizan. Tal fusión no es ingenua ni vana porque clasificar implica una coacción, y en ese sentido puede afirmarse que el lenguaje implica un ejercicio de violencia. Desentrañar ese funcionamiento del lenguaje es una de las iniciativas de Butler.

Desde las primeras líneas agita las aguas de los debates y problemas feministas. “El sujeto feminista está discursivamente formado por la misma estructura política que, supuestamente, permitirá su emancipación”, arranca planteando. A eso suma que la identidad común “mujeres” le resulta un término problemático y cuestiona la universalidad esencialista de la idea de mujer. Afirma que esa “región de lo específicamente femenino” sólo cabe en un marco exclusivo: el de la oposición binaria masculino/ femenino. De esa manera critica  las “limitaciones del discurso de representación en el que participa el sujeto del feminismo” y  alerta sobre que la reiteración prematura de un sujeto estable del feminismo lo arriesga a “consecuencias coercitivas y reguladoras de esa construcción, aunque ésta se haya llevado a cabo con objetivos de emancipación”.

Luego Butler repasa el hecho de que el marco binario de género es parte de un discurso cultural hegemónico que se manifiesta como “el lenguaje de la racionalidad universal”. Dentro de ese lenguaje, juzgado de masculinista y falogocéntrico por otras feministas como Luce Irigaray, la mujer aparecería desde una perspectiva relacional como lo “no representable” o como lo “no sujeto”. En ese comienzo Butler dialoga con Simone de Beauvoir; con su aporte acerca del “ser mujer” como constructo y con la cuestión altamente tematizada por la última de la asimetría entre hombre y mujer. Ahí aparece Beauvoir y la potencialidad se despliega: “el cuerpo femenino debe ser la situación y el instrumento de la libertad, no una esencia definidora y limitadora.” Beauvoir e Irigaray tienen dos posturas diferentes, señala Butler: “la primera apela a la reciprocidad fallida de una dialéctica asimétrica y la segunda argumenta que la dialéctica en sí es la construcción monológica de una economía significante masculinista”.

En esas primeras instancias del libro Butler apunta con audacia: “La crítica feminista debe explicar las afirmaciones totalizadoras de una economía significante masculinista, pero también debe ser autocrítica respecto de las acciones totalizadoras del feminismo”. “El empeño por describir al enemigo como una forma singular es un discurso invertido que imita la estrategia del dominador, sin ponerla en duda”, agrega. De fondo lo que critica la autora es el esencialismo y las contradicciones de la coalición feminista a la hora de embolsar a su opuesto.

Por ejemplo, Judith Butler se distingue del feminismo “imperialista” y pro lesbiano de Monique Wittig. Ve que si bien aporta al hablar de la “matriz heterosexual y de reproducción obligatoria” y sobre la materialidad del lenguaje, considera que su estrategia de lesbianizar el mundo para derrocar el orden heterosexual no contiene el propósito de llamar la atención sobre los derechos de las mujeres sino que es “oponerse por medio de un discurso invertido de la misma extensión y poder.” Esta “purificación de la homosexualidad”, aclara Butler, es incluso “refutada por muchos discursos gays y lésbicos”.

Judith Butler define el género como un efecto cuya construcción se debe a factores políticos. El género en Butler es performativo, en tanto es una invención, una estilización repetida del cuerpo, que se inmoviliza con el tiempo y crea la apariencia de sustancia, de “naturalidad” del ser. Para concluir eso discute y trae a diversos autores de múltiples disciplinas tales como Jacques Lacan, Joan Riviere, Sigmund Freud y Claude Lévi Strauss. En medio del libro se distingue fuertemente de autoras como Julia Kristeva, de quien dice que “la subversión cultural no le interesa realmente” ya que Kristeva adscribe a la idea de “los impulsos maternales” como un “destino biológico”, sin ver la categoría ficticia del sexo.

Del autor que más se vale Butler es de Michel Foucault. Lo usa con maestría para explicar, por un lado, la prohibición como un poder productivo y por otro, y fundamentalmente, el papel del cuerpo como superficie de inscripción cultural capaz de dar cuenta, en su genealogía que distingue “sexo” de “sexualidad”, el carácter construido y posibilitador del género. Hay un pasaje especialmente interesante en que Butler hace referencia a la única entrevista en que se le preguntó directamente a Foucault sobre su homosexualidad. En aquel fragmento lo único que hizo el pelado fue reírse. Reírse y hablar de Borges como inspiración de su libro The order of things. Esa “risa paródica” a su vez, inspiró a Butler para introducir su posición política acerca de las identidades paródicas.

Cuando habla de “identidades paródicas” refiere al travestismo y a la estilización sexual butch/ femme. Identidades que tienen como objeto de parodia el concepto de una identidad de género original o primaria y proporcionan pistas acerca de las tres dimensiones contingentes del género: el sexo anatómico, la identidad de género y la actuación de género. Esos “elementos de la experiencia de género que erróneamente se han naturalizado como unidad, mediante la ficción reguladora de la coherencia heterosexual” son los que pone en jaque la travestida en donde vemos “el sexo y el género desnaturalizados mediante una actuación que asume su carácter diferente y dramatiza el mecanismo cultural de su unidad inventada”. La parodia de género es una producción que se presenta como imitación y, aunque no se lo proponga, combate la idea esencialista y “natural” del género. De igual modo Butler aclara que “la parodia por sí sola no es subversiva”.

En De la parodia a la política, el apartado conclusivo del libro, Judith Butler vuelve a cargar contra “el nosotros feminista”, razona que no es preciso “un agente detrás de la acción, sino que el agente se construye de manera variable en la acción y a través de ella”. Luego manifiesta cuestiones novedosas: señala fracasos y equívocos del feminismo. En la misma línea habla acerca de localizar las distintas capacidades de acción y la “viabilidad del sujeto en el campo cultural que negocia” y de visualizar su “grado de inserción cultural”. Butler propone participar en prácticas que generen desplazamientos y multipliquen configuraciones culturales de sexo y género, revelando la anti naturalidad del binarismo y abriendo los márgenes de lo culturalmente inteligible. Parece también querer recortarse del “feminismo” de modo que se produzca una ruptura capaz de abrir otras disputas. Leyéndola, resulta posible imaginar su imagen butch señalando asertiva: Hay problemas y hay que hacer una autocrítica, hay que dejar de llorar como nenas y ponernos a laburar. Luego de leerla me viene cierto vértigo. Como si Judith Butler fuera un contra agente cuya astuta tarea fuera empujar el objeto para que se rompa y de lugar a algo nuevo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s