“A la mujer, además de ser feminista, le conviene avanzar haciendo lo que quiere”

Por Leticia Martin

Rosario Blefari nació en Mar del Plata, en vísperas de las navidades de 1965. Es cantante, actriz, escritora, y se la considera referente del rock independiente desde la década del 90. Lideró el grupo pop experimental, Suárez, y desarrolló varios papeles como actriz, destacándose su participación en la película Silvia Prieto, de Martín Rejtman. Actualmente lidera la banda Sué Mon Mont, y en abril de este año publicó el libro de relatos El cuerpo mártir, en el Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense, que puede descargarse gratis, acá.

¿Sos feminista?

Sí, soy feminista por instinto y a conciencia pura.

¿Qué significa ser feminista para vos?

Prestar atención a todas las situaciones en que una mujer es menospreciada, marginada, condenada, estigmatizada, apartada o utilizada en mayor o menor medida por el sólo hecho de ser mujer. Poner esas situaciones en evidencia de alguna manera, por la palabra o con alguna acción. Es algo que fui aprendiendo a lo largo de la vida, cuando era muy joven no me daba cuenta de muchas situaciones, o trataba de dejarlas pasar para no desmoralizarme, o desanimarme, o enojarme demasiado y desistir, o llenarme de odio. Ser feminista es algo que hubiera preferido que no fuera necesario ser. Hubiera preferido que ese conflicto no existiera en la especie humana, hubiera preferido no tener que lidiar con eso, ni siendo hombre siquiera. Es algo absurdo y que me avergüenza de los seres humanos, aunque tampoco me hubiese gustado que existiera el conflicto racial y ni el de clases, pero todos están estrechamente relacionados y nos encierran. La conciencia humana nos evidencia al menos estos hervideros y agradezco de todos modos el conflicto y la conciencia. No me conformaría con la aceptación resignada de comportamientos construidos en base a generalizaciones por comodidad de organización, o por  fuerza  y orden social que posterguen la libertad en pro de un funcionamiento establecido previsible, ni bajo la excusa de la naturaleza predominante animal. Ya se reconoce que en los animales también hay excepciones que evidencian -en los comportamientos- una diversidad que relativiza muchas categorizaciones. Las etiquetas que tratan de hacer encajar mujeres, hombres, jóvenes, viejos, nacionalidades, generaciones, etc. en bolsas donde no hay diferenciación, me sacan de quicio y al conversar con cualquiera están siempre presentes.
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¿Tenemos que tender a la igualdad o a la diversidad?
A la igualdad de derechos de género y a la diversidad como individuos.

¿Qué pensás de las categorías de varón y mujer?

Siempre, desde muy chica, lo recuerdo, me parecieron arbitrarias (tenía seis años y estaba subida a un árbol y un tipo me dijo marimacho, no sabía que quería decir pero sentí que lo dijo como algo agresivo y odié a esa persona). A pesar de las imposiciones socio culturales que nos moldean, creo más en la diversidad individual que subyace y emerge a pesar de cualquier cohersión categórica. Quien no puede detectar esa particularidad que lo diferencia -en la combinación individual de características de gusto y comportamiento- o no puede ejercerla libremente por alguna razón, se siente mal, sometido/a, frustrado/a, disconforme. Ninguna persona encaja totalmente en una definición categórica aunque se haya criado bajo las más estrictas normas de comportamiento aceptado. Somos diferentes, en algunas cosas nos parecemos a quien tenemos al lado. Hay que aprender a vivir sin categorías, es difícil porque la sociedad de consumo refuerza a diario vestuario, gustos, comportamientos aceptados que necesita para clasificar, dividir, y agrupar, según lo requieran las estrategias de venta, facilitando la promoción y adquisición de bienes. Esas categorías terminamos aceptándolas y generándolas nosotros mismos ya que somos parte de esa sociedad de consumo (compramos y vendemos) construyendo y reafirmando nuestra personalidad según gustos y preferencias en cuanto a qué, dónde y cómo consumimos algo (comidas, ambientes, películas, casas, sábanas, bicicletas, música, sexo) y lo que ofrecemos. Eso está más presente de lo que creemos en nuestra vida personal. Construimos nuestra identidad en base a lo que “nos gusta” y lo que “no nos gusta”, lo cual conviene grandemente a los mercados que así pueden segmentarnos en distintos grupos para vendernos direccionadamente más rápido y fácil, más y más cosas.
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¿Qué es lo más dificultoso de ser mina?
Sin perder de vista las características que arbitrariamente nos asignan, advirtiendo la construcción impuesta o codificada, poder a la vez hacer caso omiso de todo eso para detectar libremente qué puede construir nuestra identidad sin necesidad de mantener una coherencia completa dentro de alguna de las categorías reconocibles. Otra de las dificultades es reconocer en el hombre un otro pero a la vez no extranjerizarlo, o alienarlo al punto de dejar de comprender la naturaleza humana que prevalece, y nos emparenta. El desafío es reconocer más allá del poder -o nuestro posible empoderamiento- las diferencias y similitudes, entender que nadie nace con un pecado original, no focalizar exclusivamente en la prevalencia del machismo como un enemigo permanente,  más o menos disfrazado, olvidando que en la medida que cumplamos con nuestros objetivos en lo que respecta a las aspiraciones vocacionales, afectivas, sociales, artísticas, lograremos no sólo ser más felices sino ganar históricamente la batalla del sometimiento y la marginalización, cuidando de no auto postergarnos, como bien le convendría al orden establecido, perdidas en el puro ejercicio del discurso reivindicatorio o la denuncia. A la mujer, además de ser feminista, le conviene avanzar haciendo lo que quiere, estudiando, ejerciendo, concentrándose en sus asuntos, sin descuidar los afectos o la salud pero ejerciendo todas sus posibilidades, o hasta inventando las que no tiene, abriendo nuevos caminos, siendo ejemplo para las que nos siguen.
¿Cuál es a tu juicio la forma de violencia hacia el género que habría que atender con más premura?
La más urgente es la de la violencia física y psicológica. Pero es todo parte de lo mismo, es la desvalorización del ser humano que nos lleva al ejercicio de la violencia doméstica, no solo contra las mujeres sino también contra los niños, el maltrato permanente que se naturaliza entre las personas en la forma de hablar por ejemplo ya se nota, el egoísmo, y otra forma de violencia de género impostergable porque es formadora, es la que ejerce la publicidad de manera muy agresiva de continuo, mujeres limpiando, cuidando y cocinando, hombres estudiando o con maletines, en autos, con mujeres jóvenes de adorno como bienes preciados alimentando continuamente la violencia y la separación de los géneros, el enfrentamiento.
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¿En qué situaciones te sentís cosificada (vos, no otras mujeres)?
Cuando veo publicidades, es decir todo el tiempo, en la calle, en el cine, en la tele, dentro de las películas muchas veces, en ciertas lecturas, en las revistas de consultorio médico, las revistas de actualidad que le llaman, en la radio a veces también en esos programas donde se habla de que el hombre es así y la mujer es asá, a veces son mujeres las que se refieren a eso, a veces pasa en una conversación donde alguien dice “eso es de minita”, en la calle muchas veces en el trato con algunos hombres taxistas, colectiveros, choferes de larga distancia, vendedores, yo trato de romper eso, de sacarlos de ese plano en el que me ven de tal o cual manera, ahora que soy más grande es peor, soy una “señora”, nada más despreciado por un hombre machista y por muchas mujeres también. Una señora es algo feo, una cosa, ya sin atractivo sexual, que molesta porque no se deja pasar por arriba así nomás, porque discute o no responde todo “sí” a las opiniones más aberrantes, porque no se calla y ya no interesa como mujer deseable. Trato de sacarlos en general de plano, y muchas veces lo logro sin enojarme, tranquila, aunque el corazón me late a mil como siempre en este tipo de situaciones, y lo sufro y sufriré eternamente.
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Categorías:Entrevistas, Feminismos

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