Una sucesión de muñecas

Por Florencia Blanca

No-se-dice-mamushka

No se dice Mamushka, Karina Wainschenker.

Milena Caserola, 2013.

182 páginas.

 

Una rusalka es un ser de la mitología eslava, un espíritu del agua, muy similar a una sirena. Es también una ópera de Dvořák que no termina bien. Incluye la Canción a la luna que al verla interpretada por Anna Netrebko puede inducir a una especie de éxtasis estético. Rusalka también es el apodo del personaje principal de la primera novela de Karina Wainschenker. Su nombre es Olga, una argentina de ascendencia rusa que puede sufrir por amor con la misma magnitud que la heroína de aquella ópera. Y como los eslavos parecían no tenerle tanto miedo a la muerte, su objeto de deseo es un zombie llamado Mavorte. Mediante la lectura de las conversaciones con él (un duelo sexual e intelectual que va de lo irónico a lo melodramático), los escritos de Olga y la narración de Anna (una amiga de ambos) podemos acceder a su vínculo y entrever como el poder va fluctuando en esa relación. Desde el título mismo nos encontramos con una corrección y podría decirse que en definitiva ese es el núcleo duro de la novela: el aprendizaje, el crecimiento, el cambio.

Además de la coexistencia de distintos registros culturales, diversas formas hacen a la estrategia narrativa de la novela: estructuras teatrales y musicales, la inclusión de poesías o algunos elementos propios de la novela de formación y el género epistolar. Y con insistencia, con cierta fascinación, como quién desea mostrar que está al tanto de las especificidades de su época, la web como medio de expresión se imprime: mails, chats, un Google doc. En esa línea el personaje de Anna, consiente del aparato narrativo, resulta un aporte fundamental a la novela. Esta solo existe en función de Olga, es decir, no tiene matices propios. Como si en tiempos donde la información circula muy rápido fuese necesario tener varias fuentes para afirmar una individualidad. Esto es sintomático de una novela que no se aleja nunca del ombligo del personaje principal, hundido en el narcisismo y la autocompasión. Y ahí, ya lejos de tierras rusas, se encuentra lo más porteño de la novela. Sin embargo, cuando en el relato aparecen algunos destellos de política argentina (la participación de los protagonistas, el relato de Olga sobre la muerte de Kirchner o una comparación entre Olga y Mavorte con Argentina y Perón) responden más a una cita obligada al manual de conversaciones de café que a una necesidad de la narración.

“Esta sucesión de elementos al final de la cual se encuentra el alma, como el amor o el corazón en otros relatos, es análoga al juego de muñecas de madera: las matrioshkas.” Wainschenker se maneja con fluidez cuando toca lo eslavo y dan ganas de que continúe escribiendo porque no hay una palabra de más o una oración esforzada cuando relata sobre el mundo ruso, sus criaturas fantásticas o cuentos de hadas, con los que va tejiendo paralelos a lo largo de la novela dejando patente que hay una idea, un proyecto que la soporta. Detrás de la sucesión de referencias, de la variedad de formas, No se dice Mamushka tiene lo esencial del género novela: algo para contar.

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Categorías:Reseñas

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