“La mujer no existe”

Por Leticia Martin

Helga Fernández es escritora y psicoanalista. Forma parte del directorio de la Escuela Freudiana de la Argentina fundada Oscar Masotta en el año 1974. Está cargo del grupo de trabajo: Schreber, ¿un escritor?. Metáfora delirio y letra además de dictar cursos y seminarios. Publicó artículos en La carta del Inconsciente y El hilo en el Laberinto, (Editorial Kliné) y en revistas como El Sigma, Acheronta, Con-versiones, Revista Umbra y Carta Psicoanalítica. Conversamos con ella algunas ideas sobre lenguaje y feminismos.

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¿Sos feminista?

No lo soy en tanto “ser feminista” es estar de acuerdo con que la diferencia hombre-mujer se establece desde la noción de género. Esa diferencia, a mi juicio, no se sostiene sólo en los comportamientos y roles determinados -sociocultural e históricamente- sino que se asienta en la historia subjetiva e inconsciente de cada quien. Sí lo soy en tanto “ser feminista” significa que mi posibilidad de pronunciarme en contra del trato de niñas como mercancía para la prostitución, en tanto estoy en contra de que se apedree a una mujer porque fue infiel, en tanto me opongo a la práctica de coser la vagina o cortar el clítoris, o en tanto me pronuncio en contra de que las mujeres sean retribuidas con un sueldo menor al de los hombres ocupando el mismo cargo o función. También alguna vez soy feminista, de manera más atenuada, cuando me encuentro con el desconocimiento de los hombres ante lo que, como mujer, me parece evidente; o cuando escuchó a hombres y a mujeres juzgar moralmente la sexualidad femenina, como si las mujeres no tuviéramos o no debiéramos desear. Aunque también tengo que reconocer que muchas veces tampoco yo entiendo la lógica con la que piensan, entienden o viven ciertas cosas los hombres. Ni unos ni otros somos capaces de comprender cabalmente la lógica femenina o masculina. Los seres humanos somos tan complejos que la mayor parte de las veces ni uno mismo se comprende a sí mismo. Entonces, ¿por qué esperarlo del otro? Es fácil decir “no soy feminista”, en este tiempo y en esta geografía. Por suerte pasaron varios siglos y mucha agua corrió bajo el puente desde la sentencia teologal de la Iglesia que rezaba que “la mujer es un pozo sin fondo de lascivia”, aunque no tanto desde que tenemos el derecho a votar.

¿Qué significa ser feminista para vos?

No puedo definir qué es el feminismo con una única y global definición. Hacerlo sería traicionar a las mujeres e, incluso, a esa enorme diversidad, que a los fines de cierta pertenencia y/o reconocimiento de su existencia, se nombra y es nombrada como feminismo. Incluso, de modo establecido, existen heterógenas y hasta contrarias clases de feminismo: feminismo separatista, feminismo francés, feminismo marxista/materialista, ecofeminismo, anarcofeminismo, feminismo radical, feminismo pro-pornografía, feminismo filosófico, feminismo de igualdad, feminismo clásico u original. En fin, debe haber tantas definiciones de feminismo como mujeres existen y existieron en este mundo. Por lo que, definirlo bajo una definición única, implicaría reducir la singularidad femenina a la lógica macho. Una lógica que cuenta con la práctica pragmática y necesaria de construir conjuntos y totalidades, pero que en este caso aplana y, entonces, desdibuja eso a lo que quiero apuntar.

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¿Cómo define a la mujer Lacan?

Cuenta el mito que un día Lacan entraba a su consultorio en el mismo momento en que algunas feministas, acompañadas por ciertos medios de comunicación, le preguntaron: “Dr. Nos gustaría saber qué piensa de la mujer”. Lacan se dió vuelta y, con la capacidad que tenía de resumir en aforismos una larga elaboración, contestó: “La Mujer no existe”. Porque La Mujer (así con mayúsculas) no existe. Contamos una por una. ¿Qué tenemos en común mi abuela, Simone de Beauvoir, yo, Hannah Arendt, mi amiga Silvana Valle, Sor Juana o Marguerite Duras? Todas somos mujeres, sí, pero eso ¿qué otra cosa quiere decir más que, que somos distintas y singulares? Cada mujer, cuando tiene un deseo, desafía u objeta el poder fálico, incluido a Dios, porque si algo nos define es que no cabemos en el Todo  totalizante, somos no-Todas.

¿Cuáles son todas esas clases de feminismos que detectás cuando decís que hay tantos feminismos como mujeres?

Así, arriesgando algunas posibilidades, diría que el feminismo puede ser el nombre del odio a los hombres, el nombre del odio a las mujeres salvaguardado en la lucha por la igualdad hasta borrar la diferencia; el nombre de una idea que cree que la “mujer” es el antónimo de “hombre”, o-puesta a ellos -como siendo lo que los hombres no tienen-; el nombre de una lucha para mejorar los roles asignados a la mujer por la cultura; una lucha que logró el sufragio femenino, el empleo igualitario, el derecho de pedir el divorcio, el derecho de las mujeres de controlar sus propios cuerpos y decisiones médicas, la lucha por la conquista de un “salario igual por igual trabajo”. Pero, el feminismo, también puede ser el nombre de una idea que considera que tanto los hombres como las mujeres somos distintos y que esa diferencia no se explica ni por la complementariedad, ni por la oposición. Que no hace de hombre o mujer una jerarquía ni una superioridad y, por tanto, tampoco una rivalidad, reivindicación o competencia.

¿Tenemos que tender a la igualdad o a la diversidad?

A la diversidad. La única igualdad posible es la que cuenta e incluye la diferencia. Una búsqueda de la igualdad que rechaza la diferencia se aleja de eso mismo que dice querer alcanzar. Por ejemplo, algo que pregonaba el feminismo de antaño es que no existen los orgasmos vaginales, que todos los orgasmos son clitorianos. De manera que esta idea, basada en la supuesta igualdad del pene y el clítoris, no hace más que desconocer la sexualidad femenina. Tampoco estoy de acuerdo con esa tendencia que intenta igualdad al hombre con la mujer, por ejemplo, cuando se dice: “quedaron embarazados”. La que se embaraza es mujer. Ellas es quien lo siente en y con su cuerpo. Por más sensibilidad, contemplación y comprensiónn de la que sea dueño un hombre, jamás sentirá lo que una mujer embarazada siente. Como así tampoco una mujer sentirá lo que implica ser padre y ejercer la paternidad. Lo que me recuerda a dos preguntas que Freud “confesó” que  nunca pudo contestar y que, quizá, siguen siendo un enigma: ¿Qué es ser un padre? ¿Qué quiere una mujer?

¿Qué pensás de las categorías de varón y mujer?

Que no son solo categorías. La identidad sexual trasciende lo orgánico, lo cultural y lo sociológico para constituirse y construirse a partir de lo inconsciente y también de lo irrepresentable e indefinible. Es cierto que existen parámetros más o menos instalados socialmente,  pero no creo que la diferencia se sostenga en la categoría. Entonces, ¿qué marca la diferencia sexual? ¿Se es o se deviene hombre/mujer? ¿Alcanzan dos palabras para dar cuenta de las diferentes posiciones desde donde se vive la sexualidad? La geografía sexual tiene que ser pensada más allá de sus coordenadas biológicas, pero también culturales. Estoy de acuerdo con Judith Butler en cuanto a que no es suficiente una matriz heterosexual para comprender el deseo, de hecho lo que llamamos identidad sexual tampoco se define por la elección de objeto. Nada dice de mi identidad sexual el hecho de que yo esté con un hombre o una mujer. La diferencia sexual se despliega en múltiples direcciones, heterosexuales, homosexuales, vouyeristas, exhibicionistas, sádicas, masoquistas, queers, entre otras. Tal diferencia no es asible en una definición. A Uno le es necesario Otro, Otro que no es ni la media naranja, ni el enemigo. No hay dos sexos, pero tampoco hay un solo sexo, o un transexo. De existir no habría más sexo ni  sexualidad.

Fotografía: Isabel Gruppo

¿Cuál es a tu juicio la forma de violencia hacia el género que habría que atender con más premura?

En el caso de nuestro país, eso que tan feamente se llama “trata de personas”.

¿En qué situaciones te sentís cosificada (vos, no otras mujeres)?

Me siento cosificada muchas veces, de diferentes formas. Pero puedo decir que, en mi caso, siempre fui y soy responsable de tal cosificación. Siempre que fui cosificada hubo un orden de participación de mi persona, lo supiera o no. Con el solo hecho de desmarcarme de tal cosificación salí o se me sacó de ese lugar. Creo que habría que considerar que no solo se cosifica a las mujeres, en su forma extrema de la trata, sino que es posible que también se cosifique a los hombres valiéndose de ciertas cualidades/atributos que ellos portan. Es así que en el caso de que haya guerras los hombres son “reclutados” o se los llama a que lo sean. También se cosifica al hombre cuando se reduce a su capacidad de engendrar sin su consentimiento, o se los piensa en su rol de proveedores. Sobre todo se cosifica a los seres humanos, sin distinción de sexo, en el caso del trabajo esclavo, cuando se hace de hombres y mujeres mercancía. El capitalismo nos cosifica. Quiero aclarar, por otra parte, que no considero cosificación a ese momento, más o menos extenso, en el que una mujer va al lugar del objeto de deseo de un hombre. Lo que no significa, de ningún modo, que este último sea nuestro propietario o disponga de nosotras como de su automóvil, sino de hacerse hacer y dejarse hacer una metáfora del deseo, y entonces, disfrutar de eso. Una de las cosas más lindas de la feminidad.

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Categorías:Entrevistas, Feminismos

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