La inutilidad de la crítica de teatro

butacas

por Natalia Gauna

 

“Cualquier creación artística sin espíritu crítico es indigna de ese nombre” (Gilbert)

El crítico artista de Oscar Wilde

Valorar una obra de arte parece ser la esencia de la crítica. Así resulta sencillo determinar qué es lo que tienen que decir los críticos -aquellos que observan, analizan, reflexionan y finalmente, valoran lo que otro crea-. Sin embargo, los abordajes teóricas que han intentado contener lo que la crítica de arte -y, específicamente, la de teatro-  es y separarla de lo que no es no han podido determinar parámetros infranqueables. El problema no está en la teoría sino en la práctica porque es allí donde los conflictos aparecen.

¿Quiénes pueden determinar el valor estético de una obra de teatro? ¿Por qué? ¿Qué competencias tienen? ¿Cómo construyen ese lugar “de poder”? Estos interrogantes no aparecen de manera azarosa sino que atraviesan las cientos y cientos de páginas dedicadas a pensar la crítica de teatro y sus especificaciones. Ahora bien, si el problema está en la práctica es ahí donde se debe tratar de dar respuesta a la pregunta por su definición e injerencia. Esa es la razón de una serie de entrevistas realizadas a varios críticos y/o periodistas culturales en busca de que sean ellos mismos quienes aborden el tema.

Carlos Fos, Mónica Berman, Daniel Gaguine, Ivanna Soto, Natalia Laube, Verónica EscalanteNara Mansur, Omar Pacheco y Teresa Gatto se animaron a reflexionar sobre las cuestiones que atañen a la crítica de teatro. Pero luego de leer y releer cada una de estas entrevistas las dudas vuelven a aparecer más allá de cierto atisbo de claridad que produce esta especie de pensamiento colectivo.

Todos coinciden en que definir qué es la crítica de teatro y qué es un crítico es una tarea demasiado compleja. Mónica Berman dice que es imposible y que incluso sería una falta de respeto abordarlo en pocas líneas. Otros se animan a dar algunas puntas teóricas o prácticas que ayuden a dilucidar este primer interrogante.

“Un crítico es alguien que ve teatro y, en función de conceptos teóricos y sensibles, escribe sobre él”, dirían casi al unísono los entrevistados. “Verdad de perogrullo”, agregaría Laube. Es cierto. Estas líneas definen a grandes rasgos qué es un crítico. Pero falta algo más, eso por lo cual nadie podría dudar en decir: “esto sí que es una crítica de teatro”. Una especie de esencia que permita dar por concluido largos años de debate. Sin embargo, no sucede aún preguntando a los que ejercen a diario esta tarea porque, evidentemente, la crítica no es más que lo que no es. Su definición está en la diferencia con todo aquello que intenta sumarse como especie de apéndice a la misma. Un crítico de teatro no asiste al teatro como mero espectador. No es objetivo ni desprejuiciado (no podría serlo nunca más allá de los intentos teóricos por otorgarle estas características). No es un improvisado de la escena ni un difusor de espectáculos, no le interesa que el público en general vea o no esa obra (por lo menos no debería) ni le importa la recepción que su crítica pueda tener en los artistas (al menos no tendría que importarle “quedar bien o mal con alguien”). En definitiva, el crítico es parte presente, activa y afectada por esa obra de teatro. No es alguien que llega de afuera y se ubica en una especie de cápsula en la que dentro están sólo las cuestiones teóricas que se pondrán en funcionamiento para valorar ese espectáculo. Sino que es, en primera instancia, una persona conmovida por el arte sino no podría estar ahí. Está “atravesada por la experiencia” y vulnerado por la misma, como dice Omar Pacheco. En una segunda instancia, tratará de desplegar todo un abordaje racional, reflexivo y analítico pero siempre a posteriori. “La crítica es inmanente a la obra”, dice Teresa Gatto. Por lo tanto, la búsqueda de su especificidad es quimérica.

Deberíamos tratar de comprender que es parte y no un discurso por fuera. También un crítico es alguien que “trata de reponer un sentido posible problematizando cuestiones que tienen que ver con su contexto de producción y de circulación”, como expresa también Gatto, pero esta tarea la hace una vez frente a la pantalla en blanco de su computadora y no antes ni durante la instancia experimental. Además, esto ayuda a desmitificar el lugar supremo que algunos críticos se autoproclaman. Por lo cual, un crítico no debería “pretender hacer algún tipo de traducción de la obra (un “iluminado” que le brinda a otro lo que no puede hacer) sino más bien plantear una lectura posible entre tantas, incluso entre la del propio lector, que permita abrir un diálogo”, tomando las palabras de Verónica Escalante.

Entonces, si la crítica es parte de la obra definirla sería tan imposible como definir el arte mismo. Ahora bien ¿Para qué sirve una crítica de arte? Para nada. Tratar de hacer de la crítica una cuestión útil sería ridícula y caeríamos,una vez más, en el error de tener que encontrarle una finalidad al arte ¿Quién podría?.

La crítica de teatro no condiciona en términos generales la asistencia de espectadores a las salas. Las razones por las que una persona va o deja de ir al teatro son múltiples y esencialmente, multi mediatizadas. Es decir, en un contexto en el que una obra de teatro define su público tanto por las críticas en la prensa gráfica, televisiva o radial como por la cantidad de “Me gusta” en su página de Facebook, sumado a los tuits y retuits, más el famoso “boca en boca” -y podría seguir enumerando- tratar de contestar cuánto influye la crítica es, otra vez, imposible. Y aún más, ¿cómo se explica que espectáculos con muy poca aceptación y “valoración positiva” de los críticos sean un éxito en cantidad de espectadores? No hay razones porque, al fin de cuentas, la crítica no puede explicar nada. No tiene finalidad alguna.

Este panorama no es desolador sino, por el contrario, alentador. Si los críticos se sacaran de encima la pesada mochila de tener que explicar porqué dicen lo que dicen, piensan lo que piensan y escriben lo que escriben. Si dejaran de buscar definir su arte, contestar los agravios de los artistas enojados con su punto de vista, si evitaran tener que diferenciarse de aquellos que funcionan más como “agentes de prensa” que como críticos, la crítica tendría su instancia superadora. Ya no es necesario preguntarse por el qué ni el para qué sino por el cómo, por la forma. Cómo lograr expresar en palabras la experimentación del arte cada vez que el crítico se sienta en una butaca, cómo pensar sobre aquello que afecta, que sucede en ese “aquí y ahora”. Allí, está el acto superador que hará a la crítica inevitable y hasta necesaria.

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