“No ganás nada ni perdés nada por ser mujer”

Por Leticia Martin // Fotografía Juan Pablo Sánchez Noli

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María Lobo nació en Tucumán, en 1977. Es madre de tres hijos, docente, Licenciada en Comunicación e Investigadora en las Universidades de Tucumán y del Norte. Sus trabajos académicos han sido publicados en Argentina e Iberoamérica. Durante algún tiempo ejerció el periodismo en el diario La Gaceta y este año publicó su primer libro de cuentos Un pequeño militante del PO, (Pirani Ediciones). Además de preparar su tesis de doctorado, Lobo coordina y dicta el Taller de Narrativa del Centro Cultural Eugenio F. Virla, de la UNT, donde también dicta un seminario de lectura, centrado en la narrativa de Alice Munro y Jhumpa Lahiri. No usa Facebook, ni Twitter. Gusta de pintar muebles de colores y de beber buen vino, siempre que sea tinto. Conversamos con ella.

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¿Qué significa para vos ser feminista?

Los desencantos me han llevado a pensar desde otro lugar a todas las causas que implican luchas. Descreo de las metas colectivas, más bien me inclino por las individuales porque en definitiva gran parte de nuestra vida nos la pasamos sobreviviendo. Entonces, si feminismo es ir detrás de conquistas para un colectivo de mujeres, es algo que puedo aceptar. También puedo respetar a quienes van detrás de esa masa incorpórea. Pero no me pidan que me suba al barco. Ya me bajé de todos los barcos. Sigo asombrándome de lo que leo en los diarios y veo en la televisión. También estoy fuera de los shows y de las escenificaciones que nos quieren hacer ver. Las respuestas a lo que sucede no están ahí.

¿Dónde están las respuestas?

En los libros. Probablemente haya más respuestas en la filosofía y en la literatura que en ninguna otra parte. Soy muy consciente de que pensar es lo único que nos hará subsistir. Las escenificaciones no sirven para pensar. Las causas colectivas, por lo menos para mí, tampoco. Por supuesto que hablo de pensar desde un lugar, desde una elección ética.

¿Cuál sería esa “ética” con la que te identificás?

Me identifico con la ética objetivista. ¿Qué es lo colectivo? ¿Qué lugar ocupamos nosotros como individuos detrás de unas metas que no nos son propias? Ayn Rand dice que detrás de esos colectivos hay una pérdida de la individualidad, que es lo más triste que puede pasarle a una persona. Eso que se llama colectivo lo construyen ciertos sujetos que por determinada razón ocupan un lugar por sobre el resto. En algún momento, quienes integran ese colectivo dejan de ser sujetos y de pronto pasan a ser parte de esa entidad que se supone superadora, que te convierte en mejor persona. Yo no creo que pensar en los demás, en el colectivo de las mujeres, por ejemplo, te convierta en mejor persona. Te sacan de tu individualidad, luego te proponen pensar en clave mística, “no lo hago por mí sino por otros”, sacrificar ciertas convicciones por ese colectivo que no podemos ver, ni tocar, ni percibir más que en un discurso. ¿Quién cree en los discursos? El mundo es un mar que sólo podemos cruzar a nado, no en ninguno de esos botes que nos dijeron que iban a salvarnos.

¿Qué pensás de las categorías varón y mujer?

Pienso que son eso: categorías. Siempre son agotables y renovables, y siempre las realidades las modifican. En general las categorías deberían alegrarse de que las realidades las excedan. A las categorías debería bastarles con estar vivas, es decir, con que sigamos usándolas para pensar. Pero ninguna debería pretender explicar nada de forma absoluta. Pongamos las categorías de Richard Ford para pensar a la literatura realista, las de Benjamin para pensar la obra de arte moderna. Todas agotables.

¿Por qué?

Porque hay literatura realista que no es del todo universal, porque Benjamin no estaba hiperconectado. Varón y mujer son categorías que cualquier ser humano puede usar para interpretarse a sí mismo. Varón y mujer, ¿desde la genitalidad? Ahí ya se agotaron. Las personas, por suerte, no se definen en la naturaleza anatómica, sino que son libres de pensarse desde una identidad. Así que en el medio de varón y mujer hay un montón de posibilidades. Sobre todo, estas categorías no implican nada por sí mismas. No ganás nada ni perdés nada por ser mujer. Lo que sucede es que muchos se amparan en estas categorías porque la identidad implica un trabajo: hay que construirla y sostenerla todos los días.

¿Tenemos que tender a la diversidad o a la igualdad?

Por la misma razón que me hace descreer de los colectivos, desconfío un poco de la “igualdad”. Los colectivos suelen ir detrás de la igualdad, claro. Ahí en esa masa informe da lo mismo que produzcas o no, que pienses o que no lo hagas. En fin, me da esa espina de que salen beneficiados muchos sujetos que no han hecho absolutamente nada para ocupar el lugar que ocupan dentro de esos colectivos. Detrás de ese espacio común donde se supone que todos son iguales, muchos reciben cosas que no han dado, o peor aun, pretenden beneficios sin hacer nada. El principio de igualdad me parece artificial y poco justo. Obtener algo por estar en un lugar de igualdad, también. La diversidad, en cambio, te protege menos: mostrarte diferente te expone en tu individualidad. Queda a la vista qué hacés, cuánto hacés, cómo lo hacés, la magnitud (poca o mucha) de tu individualidad. Creo mucho en el desafío de diferenciarte. Para eso tenés que pensar, estar enfocado intelectualmente, trabajar y producir, tener control de lo que sos y de lo que escribís, es decir, concentrarte con esfuerzo en la eficacia. Distinta sería una sociedad de individuos que piensan y que son productivos, pero pareciera que está mal pensar y que está bien adherir. Ni qué hablar de enorgullecerse de lo que uno piensa y de lo que uno produce. Vivimos en un mundo de personas que adhieren. Un mundo que celebra mucho más la adhesión.

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¿Qué es para vos lo más dificultoso de ser mina?

Me cuesta pensar que haya algo difícil sólo para las mujeres. Parece que Susan Sontag, que era feminista, pensaba que los hombres tenían más ventajas para escribir porque contaban con la protección de una esposa que se ocupaba de las cuestiones prácticas. Lo leí en una nota que escribió María Moreno para Página/12. Realmente no creo que sea así. Para escribir necesitás estar enfocado intelectualmente, y para estar enfocado no hace falta un marido, sino en todo caso un buen analista. El foco intelectual te convierte en un sujeto apasionado. La pasión ya es un buen comienzo para escribir. Luego hay que domesticarla con trabajo, disciplina y sensibilidad. Pero la pasión te permite escribir y ocuparte de cuestiones prácticas al mismo tiempo.

¿Pero no hay dificultades?

Me parece, en todo caso, que a esta pregunta puedo responderla desde lo que siento como una dificultad individual. Creo que mis problemas como mujer no son muy distintos a los de un hombre. Me siento muy afectada por la injusticia, es decir, con frecuencia me encuentro rodeada de personas que no saben amar comercialmente. Entiendo a las relaciones humanas como un intercambio de virtudes: entrego las mías y espero las de los demás. Pero siempre me decepciono. Hay personas que tienen una mirada altruista sobre el trabajo, el amor y la amistad. Incluso te lo dicen, “hay que dar sin esperar nada a cambio”. Eso es muy raro, pero piensan y actúan así. Reciben y, sin embargo, no se sienten obligados a dar nada. Yo creo que los estragos más grandes del altruismo están ahí: no sé si es responsable de las guerras, pero sí de esa concepción cómoda y poco productiva que afecta a las relaciones humanas.

¿Cuál es a tu juicio la forma de violencia de género que habría que atender con más premura?

Voy a tratar de responder con un ejemplo que tenga que ver con lo femenino. Una vez, el jefe de una de las cátedras de la UNT en las que enseño me contó que cuando me presenté al concurso para ingresar a la cátedra, después de la clase, le pareció que ese cargo tenía que ser mío. Concursaban otras tres personas, todos hombres. Dijo que eso lo hacía dudar: mi clase había sido la mejor, pero a los hombres no iba a tener que darles licencias por embarazo. El problema se solucionó cuando leyó en mi curriculum que tenía tres hijos. Dijo que se imaginó que si ya tenía tres, no iba a querer más. Todavía me pregunto si lo dijo para halagarme. Creo que sí. Pero si me pongo más seria, hay un montón de lecturas trágicas. No pienso que haya maldad en lo que dijo esta persona, ni siquiera que se haya propuesto decir “las mujeres traen problemas, los hombres no”, o “los hijos que tengas son un problema”, o “no tengas hijos si querés trabajar acá”, o “los hombres te pueden ganar porque no van a parir a los hijos”. No, no lo creo. Sin embargo es lo que dijo. Yo sé que hay muchas mujeres que mueren todos los días víctimas de la violencia de género. Pero pienso que la violencia física es consecuencia de eso que parece no dicho, pero que efectivamente está dicho. Naturalizamos palabras y acciones que tratan de poner por debajo al otro, y digo, otra vez pienso, que esto no es exclusivo de las mujeres. Lo no dicho, lo que esconden las palabras una vez que salen a la luz, hace estallar todo. Como en la ficción, claro. Solo que aquí estamos hablando de la vida real. Por eso creo que todas las personas deberían tener la garantía de poder focalizarse como individuos valiosos. Deberían tener la posibilidad de ver que no todo lo que se nos dice merece ser naturalizado.

¿En qué situaciones te sentís cosificada?

En muchas. Pero todas corresponden al ámbito de mi vida privada. Así que son cosificaciones hermosas.

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