Las posibilidades del recuerdo

libroMargarita García Robayo

Lo que no aprendí (Planeta, 2013)

231 páginas

 

 Por Leticia Martin

¿A quién miramos cuando todavía somos parte de la familia nuclear? ¿Cómo se conforman esas primeras identificaciones? ¿Qué rechazamos? ¿De qué modo nos determinan las imágenes que nuestros progenitores proyectan sobre nosotros? En su novela Infancia, el escritor sudafricano J. M. Coetzee, narra el modo en que un niño construye la relación con su madre a partir de la imagen del fracaso que le devuelve su padre. “Si a su padre le gusta Shakespeare, entonces, resuelve que Shakespeare debe de ser malo”. Sacrificada y trabajadora, esa madre que en apariencia es amada por su hijo, produce en él una especie de amor-odio producto de la deuda insalvable a que la entrega de esa “primera mujer” lo someterá de por vida.

Sin trabajar exactamente la misma temática, esta segunda novela de García Robayo -en 2012 publicó Hasta que pase el huracán– transita cierto andarivel temático que la emparenta con la primera parte de la famosa trilogía de Coetzee. Niños entrando en la pre-adolescencia, algo más lúcidos que el resto de los niños, introspectivos y a la vez curiosos, espían el mundo adulto y lo piensan sin ingenuidad, reconociendo los dobleces que las apariencias familiares siembran, adivinando mentiras y desenmascarando prejuicios.

El globo terráqueo gira y pasamos de Ciudad del Cabo a Cartagena. Nos movemos en el tiempo de un libro a otro. Cambiamos de género y de clase social. Corre la década del ´90. Catalina, una niña de 11 años, atraviesa el límite que separa la infancia de la adolescencia y es atravesada, a su vez, por un secreto familiar. “Mi papá era raro”, asegura la narradora. “Todo el que lo conocía sabía eso”. ¿Qué le sucede al padre de Catalina? ¿Cuál es ese dato que la niña esconde al lector desde el primer capítulo? ¿Una mentira? ¿Una transgresión a la ley? ¿Un conflicto de adultos? La novela se construye rápidamente alrededor de esa intriga inicial. Con elementos simples y una trama sencilla, García Robayo encuentra el modo de indagar cuestiones más hondas. Un juez retirado -que se tilda a ratos con la boca abierta- esconde un secreto al resto de su familia. Unos hermanos asustadizos no comprenden absolutamente nada de lo que pasa. Una madre atenta a todo intenta aislar a los hijos de la problemática del padre. Vecinos, mucamas, amigos, y clientes del padre, van adquiriendo más y menos trascendencia en la trama, generando distintas tensiones, siempre en relación a la subjetividad de la niña, que va creciendo y sospechando “ciertas cosas”.

La madre le dice a Catalina que su papá cura a sus clientes. “…Los cura de adentro -murmuré- repitiendo la idiotez que me había dicho mi mamá”. La chica escucha y repite el relato oficial, pero nunca termina de creerlo. Astuta, sospecha de todo lo que le cuentan y, aunque obnubilada por la relación edípica con su papá, se permite desconfiar, también de él. Caty es curiosa, inquieta, expresiva. Sabe transgredir las normas familiares y buscar sus propias identificaciones.

marga 2La elección de una narradora tan joven le permite a la autora recorrer distintos caminos con la protagonista, a la vez que llevar a los lectores por los pasillos secretos de la vida familiar latinoamericana, en la que a ratos podemos encontrarnos argentinos y chilenos, venezolanos y mexicanos, siempre poniendo los ojos en el norte primermundista. Es clave entender que García Robayo es heredera natural de aquel ya lejano boom latinoamericano, fiel a la influencia del más interesante Gabriel García Márquez.

Tímidos, esporádicos, continuos, los consumos mediáticos de los personajes señalan ciertos rasgos de época como cierto estado de la cuestión social de fines del Siglo XX. A veces la madre castiga a la adolescente a no ver televisión, o la obliga a levantar los platos de la mesa, o irse a dormir cuando todavía es temprano. Siempre en una especie de orden corta, didáctica; otras veces en forma de amenazas: “te voy a dejar en una vereda de Turbaco. Sin comida, sin ropa, sin nada. Y ahí vas a estar hasta que alguien se apiade y te lleve a un orfanato”. Pero ese castigo -en apariencia planteado como límite y represión- desdobla a la niña en posibilidades y ocurrencias. Caty encuentra una casa abandonada, conoce a una pareja de hippies que la usurpan, produce artesanías, descubre la mariguana y desaparece en su bici cada vez que puede. Esas escapadas pueden ser leídas como la apertura a un espacio retirado de lo social donde se establecen unas “normas otras”, que amplían la vida familiar y habilitan un orden nuevo del deseo.

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El interjuego entre los hechos públicos y los secretos familiares -que la narradora también desconoce- nos conduce a través de una lectura amena, ágil y ávida de información. Como en Infancia, de Coetzee, la narradora de García Robayo nunca está segura de contar con sus hermanas en esa guerra que le ha declarado a las “normas familiares” y también corre y se organiza tras un secreto que -primero sospecha- y luego se siente llamada a comprender.

En Coetzee el protagonista descubre el secreto de su padre un día que no asiste al colegio fingiendo estar enfermo. Robayo -en la misma línea- revisa los libros de su progenitor y descorre el velo de ciertos contratos familiares, dibujando una narradora inteligente y perspicaz -de corta edad y amplia inteligencia- que se sabe llamada a la imaginación y la novelística. En este rescate de los fragmentos de infancia que consigue recordar, Robayo reconstruye su propia versión de la historia  familiar esbozada a partir de fracasos, debilidades y contradicciones.

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