Los catorce cuadernos, de Juan Sklar

sklar

Por Anahí Pérez Pavez

Leer Los catorce cuadernos, el primer libro del guionista Juan Sklar, nacido en Buenos Aires en 1983, publicado por la editorial rosarina Beatriz Viterbo, puede ser un lindo paseo o una buena joda. El oficio de guionista otorga a Juan Sklar buen ritmo, posibilidad de gag y carcajada. Las dos tardes que ocupa leerlo sumergen en una historia menor, la de un flaco que se va un mes al Tigre a vacacionar con conocidos y se metejonea con una mina, con sus pormenores y consecuencias.

¿Por qué menor? Menor en el sentido de que no pavonea la ambición de ser un relato trascendente. Es una historia que cuenta muy bien, desde el llano y sin medias tintas, los detalles físicos que implica un affaire. La primera vista del objeto deseado, las percepciones corporales, la tensión que decanta en encuentro.

El escenario es una casa en el Tigre. Los personajes están taggeados bajo sobrenombres elocuentes. Acertada es la transmisión que hace Sklar de un universo de sentido que corresponde a su clase y época. Jóvenes sobreinformados que leen a Michel Houellebecq a la par que fuman porro, comentan Mad Men, cogen, se bien alimentan al modo vegano y se tiran el tarot.

En tal sentido se lo puede comparar como un fragmento malogrado de Rayuela. Sí, aunque raspe la comparación, eso de ser jóvenes medio al pedo y medio ocupados, envalentonados gracias a su educación sentimental y viajados bajo el efecto de algún estímulo, es muy rasgo de época, con altibajos, desde hace 60 años.

“Palito pertenece a esa rara clase de hombres que no se enamoran de la mujer que otros querrían tener, sino de la mujer con que simplemente están bien. Esa clase de hombres que toman la máxima houellebecquiana (La sexualidad es un sistema de jerarquía social) y se la pasan por las bolas”. Eso dice Macho Isleño –su nombre de guerra en el delta– sobre la forma de relacionarse de otros hombres y se aboca sin éxito, ni intención, a la forma opuesta, instrumental y de “libre mercado sexual”, que promueve su escritor favorito.

Juan Sklar, cual Macho Isleño, la pone bastante durante la novela. Al menos la emboca tratando de saciarse hasta el encuentro de esa, “A ninguna, todavía”, con que encara la narración. Ese lugar vacante, ese llamado, es repuesto ansiosamente con buenas escenas sexuales donde cuenta performances eróticas. Lo cierto es que Los catorce cuadernos entretiene por tales avatares pero hace décadas que hay quienes escriben bien sobre sexo.

Pese a que Sklar cita a otros jóvenes escritores como Luis Mey, parece que hay algo de lo masculino que no está leyendo. En Los catorce cuadernos hay algo de masculinidad reivindicada y esquiva y una redundancia, en los modos de contar y en la nula ambición de escribir sin frivolidad, que llaman la atención. Como si la vacancia no fuera “esa mujer”, de la que habla el protagonista con su tarotista, sino la literatura misma. Como si cierto hedonismo de clase y género, que en la novela aparece en diversos consumos y en los modos lábiles de relacionarse de la generación que refleja, impidiera pensar la literatura con la gravedad que, por momentos, precisa.

 

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