Ficciones de hombre

hacete hombre

Por Florencia Blanca

Hacete hombre: historia personal de la masculinidad, Gonzalo Garcés.

Marea, 2014.

184 páginas.

En varios divanes de Buenos Aires probablemente se hayan escuchado las preguntas «¿Cómo es tu papá? o ¿Qué modelos masculinos tuviste?». Y para el paciente promedio esa respuesta no es fácil: dice más sobre nosotros que sobre ellos. Siempre queda más por escarbar debajo de esa lista de adjetivos que le quedan bien a los padres: distantes, irresponsables, ausentes, sobreprotectores, irritables, egocéntricos.

En Hacete hombre: historia personal de la masculinidad, Gonzalo Garcés recibe un mensaje de texto de su padre ficcional pidiéndole que lo lleve a Mendoza en auto para pagar una multa. A través del relato de Gonzalo personaje vamos siendo participes de un viaje donde las respuestas a las típicas preguntas de diván se van vislumbrando a partir de ejemplos en la historia y la mitología, pero también en películas y series. Y al igual que en una sesión de terapia aparecen sueños y chistes, a la par de anécdotas tan dispares sobre su padre que nunca termina por ser del todo un héroe anónimo o un triste pendeviejo.

Hacete Hombre comparte con El miedo (Mondadori, 2012un tono de confidencia, veloz, vaciado de pretensiones y una zona difusa (pero por supuesto existente) que separa autor y personaje. Como aclara la contratapa, la nueva novela de Gonzalo Garcés tiene algo de road movie literaria, pero a la par desarrolla otros niveles ligados a la narración principal (notas, mails, poemas). El libro se encuentra dividido en tres partes: Historia, El futuro del varón y Proyecto. Mientras que en la primera parte los diversos registros se encuentran en función de la narración de la crónica, El futuro del varón se encuadra claramente bajo el ensayo. Como si el relato llegara a un punto de algidez -una discusión con el padre en torno a la definición de hombría- en el que es necesario poner las ideas en orden: un texto segundo, autónomo dentro de la novela, destinado a profundizar en torno a la cuestión del varón pero que deja patente su motivación en el universo ficcional de la primera parte. Y justamente resulta ser la hombría la que se define como una ficción. Ha funcionado como instrumento de progreso en momentos particulares de la historia y es por ello que el arquetipo que más le interesa a Garcés es el «hombre del proyecto»: «desprecio por la propia vida, apego al proyecto, tolerancia hacia la debilidad ajena, conocimiento de sí mismo, compasión, humor». Pero ese es un arquetipo que no puede ser promovido en la sociedad actual: «Al ciudadano libre de la modernidad, consumidor discreto, la nueva economía lo remplaza por el arquetipo del consumidor masivo. (…) Es que el consumidor posee todas las características que el viejo sistema patriarcal les atribuía a las mujeres. El “paradigma femenino” persiste, aunque los actores hayan cambiado, porque ahora incluye también a casi todos los hombres. La casta de los ilotas, de los pasivos, se ha extendido a todos los sexos. (…) La hombría, por supuesto, no desapareció del mundo; sólo se volvió más exclusiva que nuncaEl ensayo sin duda se encuentra a tono con el marketinero debate «de género» pero escapando a la lista de obviedades que pueden acompañar a términos como femicidio, equidad o patriarcado.

ggarces

Mientras la figura del padre comienza siendo céntrica, para la tercera parte de la novela la que termina por afianzarse es la figura del hijo: su intimidad, sus contradicciones, sus defectos. Si a lo largo de la primera parte de Hacete hombre el reclamo es sobre un padre adolescente que no deja al hijo tomar su lugar, el hijo se cobra una revancha literaria: lo desplaza, es su historia la que termina por tomar protagonismo. Es como si aquellas piezas que pertenecían al padre terminaran por armar un rompecabezas del hijo. Entonces se constata en qué medida los papeles estaban invertidos: quizás era el hijo el que depositaba sus frustraciones en el padre.

¿Es posible hacerse hombre? ¿Cómo responder al imperativo del título? Lo que le interesa a Garcés es esa exigencia, la hombría como objetivo, aquella que puede ayudar a «vivir de manera luminosa en una sociedad de mierda.» Es frente a su propio hijo que Garcés personaje decide mostrarse mejor de lo que es, ponerse la capa de superhéroe (aunque sea la del Batman interpretado por Adam West) y formar «un mundo del cual el Mal ha sido exiliado». El arquetipo del superhéroe kitsch finalmente no dista tanto del «hombre del proyecto»: ambos se encuentran pensando a futuro.

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