Christian Ferrer: “La tarea crítica implica alguna forma de autodestrucción”  

ferrer

Por Anahí Perez Pavez

La filosofía de la técnica, la moral y el anarquismo, son sólo algunos de los temas sobre los que escribió y escribe Christian Ferrer. En octubre de este año Sudamericana publicó La amargura metódica, su libro sobre la vida de Ezequiel Martínez Estrada.

¿Por qué eligió hacer la biografía de Ezequiel Martínez Estrada? ¿Por qué le parece necesario repasar su trayectoria hoy?

Más que un electivo, diría que me fue tema ineludible, como esos signos de interrogación que muchas veces se interponen en nuestro camino. No percibo al libro como una biografía sino como un acompañamiento de los tiempos que tocaron en suerte a Martínez Estrada, a él y al país, al que ciertamente amó, aunque sin ilusiones. Por otra parte, en la historia de las ideas argentinas, es un autor necesario e inevitable, quizás incluso indestructible, con cuya obra nadie sabe bien qué se puede hacer. Tampoco yo. Si bien nunca fue olvidado, y de vez en cuando sus libros fueron revisitados y discutidos, tampoco fueron reivindicados. Fue quedando en un lugar excéntrico, no marginal sino descentrado, en una zona solitaria de la biblioteca argentina. O quizás releí sus libros para que él estuviera menos solo, para que supiera, allá en el reino de los muertos, que existen lectores a los que todavía les importa lo que alguna vez dijo o escribió, aunque muchas veces pareciera excesivamente arbitrario, exigente o impiadoso.

¿Cuánto tiempo le llevó realizarla? ¿Cómo describiría las horas de trabajo sobre esta figura?

Es difícil saberlo. A los libros los precede una larga preparación. Puedo recordar indicios antiguos. Quizás una frase suya, agria o luminosa, no importa, leída hace muchos años en una librería de viejo, que me decidió a llevarme el libro; o la mención de su nombre en un lejano local libertario del barrio de Constitución, en boca de alguien a quien escuché decir “era de los nuestros”, es decir un afín; o cuando un profesor querido habló un rato, en clase, sobre uno u otro de los libros de Martínez Estrada, que por cierto no eran bibliografía en la carrera universitaria que cursé. Las horas que dediqué a Martínez Estrada no fueron de trabajo, sino de desciframiento, y de conversación con él. En todo caso, leyendo revistas antiguas, tratando de comprender las motivaciones de polémicas ya perimidas, reconstruyendo los relieves de épocas en apariencia dejadas atrás, aprendí que mucho de lo que parece importante en su momento se disuelve al cabo de un tiempo y que lo significativo se hace notorio mucho después. Dicho esto pensando tanto en páginas suyas, o de otros.

¿Con qué aspectos del escritor se identifica más?

Me gustaría decir que con su labor de desmitificación, con el esfuerzo dedicado a combatir las ficciones que todo país requiere para seguir su camino, pero es posible que me atraigan más sus principios morales, resumidos en “no matar, no robar y no mentir”, así como su insaciable curiosidad y su amor dolido y sincero por las personas, por los muertos a quienes nadie jamás hará justicia y por quienes aún no habían nacido y ya estaban bajo amenaza. Por otra parte, es difícil no gustar de un autor que superponía paradojas una tras otra hasta desbaratar las certezas del lector. Su convicción de que la tarea crítica implica alguna forma de autodestrucción no es un lema fácil, quizás haya que tomarlo como una advertencia.

¿Ese tono entre amargo y lúcido, entre incomprendido y alucinante, que implica pensar a Martínez Estrada, dice algo acerca de cómo lee usted el campo intelectual hoy?

No logro habituarme a la idea de un “campo intelectual”, aunque entiendo su alcance conceptual y apreció mucho a quienes se dedican a la historia de las ideas. Lo cierto es que nadie sabe si los debates vigentes actualmente interesarán al porvenir, así como nosotros hoy podemos prestar atención a escenas del pasado que entonces eran periféricas o a voces inaudibles, o que disponían de audiencias mínimas. En otro tiempo los “intelectuales” eran todo un tema, pero no ahora, no sé si por desplazamientos culturales o tecnológicos que los excedieron, por falta de potencia de enunciados y enunciadores, o porque el final de la “Guerra Fría” descolocó a todos. En todo caso, ninguna palabra se pierde, aunque dormite años y años en libros y bibliotecas, pueden rebrotar, volver a prender, a veces en floraciones híbridas o impensadas. Lectores siempre hay.

¿Cómo evalúa la escena de la crítica literaria hoy? ¿Existe tal cosa? 

Conozco poco y nada de eso, no tengo formación en ese terreno, apenas soy un lector. Me gustan los autores que logran saltar por sobre los círculos hermenéuticos que tratan de enlazarlos, pero también me gustan aquellos críticos que dilucidan a un autor más allá de lo que estos mismos pudieron comprender sobre su obra y su época. Más raros son los escritores que dejan a sus biógrafos e intérpretes en estado de desconcierto.

tapaferrer

En 1951 Martínez Estrada contrajo una grave enfermedad de piel, entre la psoriasis y la hiperqueratosis, que le ennegreció el cuerpo de forma completa y lo llevó a pesar 44 kilos. Semejante crisis lo mantuvo internado hasta 1955 en paralelo a la segunda presidencia de Perón, lo que llevó a rotular esa dura etapa como reflejo somático del ejercicio peronista en el poder. El mismo Martínez Estrada, según cuenta Ferrer, atribuía su síntoma al acontecer político social de entonces, pero también cargaba con la idea de padecer algún castigo por su rol en la escena de ideas que le tocó vivir. Un joven David Viñas lo visitó en el Hospital Tornú, entre otros, y fue su amiga Victoria Ocampo quien, finalmente, asiló y recomendó los mejores profesionales para procurar su cura.

¿La relación de Martínez Estrada con el peronismo puede arrojar luz sobre cómo se piensa la política actual? ¿Su relación con la izquierda y las causas de Latinoamérica?

Martínez Estrada mantuvo un diálogo tenso, dramático e irresuelto con el peronismo clásico. Diría que indeciso. No gustaba de Perón, pero menos aún le conformaron sus sucesores. Creo que el peronismo, para él, fue un hecho imposible de evitar, porque la cuestión plebeya había sido negada una y otra vez por los fundadores de la nación argentina. Creía también que el peronismo precedía largamente a Perón y que lo sobreviviría por medio de todo tipo de metamorfosis. La única forma de superar al peronismo hubiera sido multiplicarlo en imaginación y fantasía, y eso no ha sido posible hasta el momento. De todos modos, lo que hoy se llama populismo es bastante más que el peronismo, una imaginación que hunde sus raíces en problemas irresueltos de todo el continente americano.

m estrada

¿Por dónde recomienda empezar a leer la obra de Ezequiel Martínez Estrada?

El primero que yo leí fue La cabeza de Goliat, su libro sobre la ciudad de Buenos Aires, que es áspero y diamantino, a la vez malhumorado y burlón. Para una iniciación más lírica y amable, quizás La vida maravillosa de Guillermo Enrique Hudson sea el más indicado. En paralelo, para lanzar amarras hacia los parentescos, habría que leer Walden, o bien Desobediencia civil, ambos de David Henry Thoreau.

¿Qué le deja, como resonancia final, la figura de Ezequiel Martínez Estrada?

Un rumor de oráculo. Admiración por su valentía. Sobre todo la imagen de un hombre que criaba pájaros sin jaula. Casi nadie lo hace.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s