Rosario: La cultura es una sonrisita nerviosa

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Por Pablo Suárez

Estamos acostumbrados a que el viajero amable llegue a Rosario y suelte su elogio a la candente y rica “vida cultural” de la ciudad. Más allá del lugar común que indica que nuestra ciudad tiene una identidad propia (y la consabida lista que va de Lito Bayardo hasta Gonzalo Aloras) a los que nos interesan las condiciones de producción cultural en Rosario les propongo un análisis de las condiciones con que se encuentran durante todo el año, todos los años, desde hace años, quienes pretenden hacer conocer sus producciones artísticas, culturales o intelectuales en estos pagos.

Producciones

Sin meternos a evaluar la calidad de las producciones locales, -no somos críticos de arte- consideramos que algo de lo que dice el viajero es cierto. En Rosario se produce mucho y bueno. Aunque haya que viajar para ver determinadas perfomances que no tienen referentes por nuestras calles, creemos que -en general- hay volumen y variedad suficiente para todos los gustos. Los músicos tocan, graban y filman sus videos, las editoriales publican, y hay programas de radio y TV que se encargan de hacerlos conocer (veremos si el impacto de la Ley de medios, a futuro, genera nuevos espacios que permitan darle más masividad).

Escenarios

No creemos que el problema sea que hay pocos escenarios. Aunque la Municipalidad ha salido a clausurar lugares que no se amoldan a una ordenanza que data del año 2001, cuando en realidad lo que habría que hacer es modificar la ordenanza para reglar el contexto actual que es muy distinto del de aquellos años, creemos que la cantidad y calidad de los lugares para mostrar espectáculos (hablamos más bien de teatro y música) es suficiente. Incluso, la gran cantidad de pequeños lugares es funcional a la grandísima cantidad de grupos que no tienen gran convocatoria, con lo cual, permite a los mismos reducir los costos de alquiler, sonido, etc. Más allá del público específico de los locales, la gente se mueve detrás de los artistas. En muchos casos, el público mismo está compuesto por otros artistas que van a “hacerle el aguante” a sus compañeros, generando cierta obligatoria reciprocidad para el futuro.

Pensamos que detrás del celo clausurativo (?) de las autoridades municipales se esconde no sólo la pretensión de dirigir la oferta hacia el futuro “Polo cultural” proyectado junto al río, sino más bien una pretensión de constituirse como el mecenas exclusivo de la oferta cultural local, amenazando de esta forma la autonomía a los artistas que deberían ir a mendigar subsidios a las oficinas públicas, pero ya volveremos sobre este tema.

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Público

Acá es donde encontramos un problema de difícil solución. Descartados de arranque los empresarios privados a los que les interese fomentar la cultura (salvo excepciones que no modifican el grueso de estos argumentos), cuesta asumir que una ciudad como Rosario no haya podido consolidar un volumen de público tal que permita sostener económicamente las producciones culturales locales. Si bien los artistas de cartel nacional llenan los grandes recintos por los cuales se pagan entradas no menores a los 200 pesos, a los artistas locales les cuesta mucho llenar salas pequeñas con valores inferiores a los 50. Y, aunque el problema es de la industria, es impactante reconocer que el millón y pico de habitantes que somos, no permita realizar ediciones de libros mayores a los 300 ejemplares de autores locales, por poner un ejemplo.

Podemos echarle la culpa de todo a la dictadura y luego al menemismo y luego a Tinelli, hasta que aparezca otro monstruo que justifique -como los mencionados lo hacen plenamente- la acusación. Pero también debemos reconocer que alguna cosa habremos hecho mal para que no hayamos podido generar para nuestras producciones una recepción de público que nos permita vivir del trabajo creativo.

No creemos que el problema radique exclusivamente en la imposibilidad de financiarse. En la búsqueda desesperada de algún recurso, la producción cultural rosarina está demasiado enfocada en mostrarse, tocar, publicar, editar, cuando la solución estratégica a este problema es el diseño de una política cultural de largo aliento que permita ir generando esa base de sustentación. Sería un error gravísimo para los artistas dejar en manos exclusivas de las autoridades ese diseño, porque ya sabemos que la gestión cultural estatal afecta demasiado la autonomía de los artistas (nos referimos al desarrollo de la capacidad de gestión independiente, no a la censura) y sabemos también que la política cultural es un aspecto que no le es indiferente a los gobiernos, que intentarán el máximo de control sobre esta gestión. Aunque su éxito resolvería un aspecto del problema, la experiencia de Espacios culturales unidos de Rosario (ECUR) nos da una de las claves. Quizás el hecho de que estos espacios sean la única fuente de ingreso de sus participantes ha tornado imperiosa la acción gremial. Por el lado del artista individual(ista) la acción colectiva resulta un tanto más difícil de generar, aunque no tenemos dudas de que ahí se encuentra una de las claves. La inexistencia de medios masivos de debate cultural (no Vasto mundo; no 32 pies, productos de cultura de diseño gourmet y de circuito reducido), genera que mucho de lo que se habla y analiza sea en forma privada o en los encuentros ocasionales, dificultando aún más la generación de perspectivas conjuntas. 1098070_637180829634665_942231498_n

Recursos

Entonces, hay que ver qué se hace con los recursos públicos (dinero e infraestructura). La solución a corto plazo es darles dinero y espacios a los artistas. Que toquen -aunque sea ante poca gente- que expongan en los ámbitos disponibles, que editen -bajo régimen de concurso o por adjudicación directa- y que mantengan viva la sensación de que Rosario produce cultura. Pero esto sólo sirve para que esta generación de artistas desarrolle su hobby -ya que estos recursos no dan para mucho más- y dentro de unos años, los más exitosos se vayan a Buenos Aires y el resto se queden aquí, despuntando el vicio en sus ratos libres.

Mientras no se desarrolle una política cultural de largo aliento, tendiente a crear un público masivo para generar artistas que puedan vivir de lo suyo, la escena cultural rosarina quedará presa de una complicada pinza: artistas dependientes económicamente de los subsidios estatales y un estado municipal que conspira contra los lugares más pequeños que hoy funcionan como los escenarios realmente existentes para las producciones locales.

Los funcionarios que afronten esta tarea deberán comprender que si el mercado cultural generara sus propios recursos –y en esto ellos tienen un rol fundamental-, los fondos públicos servirían para darle aún más relevancia y proyección a lo que se esté haciendo (viajes, producciones, capacitación internacional, etc.), que luego ellos sabrán convertir en “gestión”. Y, por el lado de los artistas, esa mirada de largo plazo debería ir más allá de obtener un subsidio para comprar insumos básicos de la actividad, implicarse, y tratar de pasar de la ventanilla de pedir subsidios a la mesa en la que se proyectan políticas.

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