Knausgard, el enamorado

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Por Anahí Pérez Pavez

Un hombre enamorado, el último libro del noruego Karl Ove Knausgard (1968) es el segundo de los seis tomos que componen su magistral obra autobiográfica. Leerlo da cuenta de una certeza: el autor reconoce una crisis en la ficción -y en sus propias elecciones literarias- y decide emprender otro camino, el de escribir de la única manera que puede, de forma introspectiva y profunda, una novela de ideas cuyo propósito implícito es comunicar verdad.

Hacia el final de las 629 carillas redondea: “estábamos completamente invadidos por ficción y cuento. Tanto que había perdido el sentido. Por todas partes te encontrabas ficción, todo trataba de personas inventadas, en un mundo inventado, pero realista” y agrega que “la distancia mantenida con la realidad era constante. Y eso que era nuestro mundo, tan único, de lo que todos hablaban, era por tanto anulado, no existía, era mentira. Vivir con eso, con la certeza de que todo podría haber sido distinto, era desesperante. Yo era incapaz de escribir así. Lo único que para mí seguía teniendo valor era la parte de la literatura que no es narración”. En ese tramo de la novela, por momentos tomada por la voz del ensayista, establece una comparación con las elecciones de otros escritores que rechazarían su visión estableciendo distinta relación con la realidad, el tiempo y las formas y continúa retratando  –y documentando- la vida de un padre de mediana edad que procura serlo mientras atiende la pulsión de su mayor pasión: la escritura.

Un hombre enamorado es una novela inmensa que trata cuestiones trascendentales. Knausgard señala el vitalismo como una fuerza literaria que él matiza hasta distinguirse y volverse oscuro. Retoma autores extintos en la actual circulación de contenidos como el noruego Knut Hamsun, nobel en 1920, quien gozaba de popularidad hasta su apoyo al régimen nazi. Lo rescata entendiendo su medio y se atreve a declarar respecto del poeta Olav Hauge que escribió que “Hitler era un gran hombre”: “esas ganas de quitarse de encima todo lo pequeño y mezquino que está pudriéndose dentro de uno, que pueden crear la añoranza de algo puro y grande con lo que uno puede fusionarse y desaparecer. Un solo pueblo, una sola sangre, una sola tierra. Bueno, ese tema ya está desacreditado para siempre. Pero me refiero a lo que hay detrás. Es algo que no me cuesta nada entender. Y como soy tan influenciable ante la presión social cruzada, y estoy tan sujeto a lo que los demás opinan de mí, Dios sabe lo que habría hecho si hubiera  vivido en la década de los cuarenta”. De tal manera descarga tinta -o caracteres virtuales- para hablar de nazismo y asumir, por momentos, tonos fascistas.

Mientras se narra a sí mismo, con honestidad psicológica y tintes existencialistas, durante los recreos en bares que le permite el traslado de sus bebés en cochecito por Suecia, Knausgard lee Los hermanos Karamazov y parece apuntalarse en el enfoque del ruso. Sus palabras son refugio e inspiración: “En los libros de Dostoievski todo es humano, o mejor dicho, lo humano es todo. La humillación y la abnegación son los ideales de sus novelas más importantes y su grandeza reside en que aquellos nunca se llevan a cabo dentro del marco de acción de dichas novelas, lo que es resultado de su propia humildad o abnegación. En el texto no puede leerse una moral única, Dostoievski emplea toda su cordura y diligencia en hacer individuales a los personajes, y como hay tanto en el ser humano que se resiste a dejarse humillar o aniquilar, la lucha y la actividad son siempre más fuertes que esa pasividad de la merced y el perdón en la que se disuelve”. De esa manera, el hastío de su vida cotidiana entre el cambio de pañales, el fregadero de platos y los roces con su mujer, encuentra aire y alimento en la conversación imaginaria con sus autores favoritos.

Knausgard también cuenta, en varias oportunidades, cuan feliz se siente y cuan poco dura cada periodo de felicidad. Se despliega, con el resplandor de un hombre enamorado, contando acerca de su consecuencia con el compromiso de una vida adulta, monogámica y burguesa, hasta terminar evidenciando una moral. Su amigo Geir, contraparte en elecciones vitales, balanza y cable a tierra, lo burla y juzga de “archiprotestante”. Nota que nunca disfruta de sus logros y está siempre pensando qué más debe hacer. Pese a esa moral, Karl Ove Knausgard es un hombre que además de enamorado se encuentra contrariado por sus tendencias internas. Cuando esta lúcido busca “la bondad” de una manera casi utópica, mientras que cuando bebe revive a su padre, el borracho de La muerte del padre y revela su cara más impúdica. Cara que no desarrolla, más allá de lo sugerente del título, ya que el libro carece de escenas sexuales.

“Su mujer lo miraba con indulgencia cuando él decía algo y ella estaba presente, como hacen todas las mujeres casadas con niños. Era enfermera, y estaba acercándose al límite de su aguante, porque además de tener que ocuparse de su marido enfermo, su hija acababa de tener gemelos, lo que también exigía mucha ocupación de su parte”, dice Karl Ove sobre un personaje. La indulgencia y los umbrales de tolerancia que exige la rutina son otros de los grandes temas de su novela. Una de las cosas que más lo enfurecen de la mujer que eligió como madre de sus hijos es lo que cualquiera catalogaría de pereza. Knausgard, cual practicante de una nueva masculinidad con el machismo vacante, se ocupa de los menesteres hogareños en un porcentaje que a veces supera el fifty-fifty. ¿Qué puede hacer el autor si ama a una joven de clase media alta con un perfil que bordea la depresión? Piensa en separarse de Linda y a veces la aborrece. Pero Linda tiene algo. Algo que ancla a muchos hombres en un matrimonio. Hombres que son capaces de feminizarse –el amor implica feminización- porque: “una cosa sí tenía Linda, fuerza física y una buena salud” y “puede que la intranquilidad fuera grande, pero incluso en medio de ella había siempre en Linda algo seguro y entero”. Si hay quien escribió que Knausgard en este libro se mueve como un sumiso feminizado, es algo discutible. Karl Ove lo dice de entrada con las titulaciones de su lucha. Knausgard es un hombre enamorado de la vida, de sus hijas Vanja y Heidi, que cuando las ve dormir con su mamá lo colman de alegría. Karl Ove ama la literatura cuando critica el prestigio y los lugares comunes y hace uso de su narcisismo para revolucionarla. Karl Ove no deja de ser masculino por hablar de formalismo ruso y vitalismo noruego, mientras envuelve con sus manos la caca de un pañal.

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A lo largo del tomo refiere varias veces a Buenos Aires y recorre el mundo usando Google Earth. Visita Argentina, pasa por Río Gallegos y llega al barrio de La Boca que le despierta la idea de estar viendo “chozas de madera policromada”. Su imagen seductora de intelectual despeinado hace juego con una prosa que logra un acercamiento intimista con el lector. Algo afectivo se pone de su lado cuando describe una escena en la que juega al fútbol usando el equipo argentino, sudando la camiseta y declarando admiración. Otro punto fuerte es cómo logra describir personalidades y relaciones con una sensibilidad que cruza sociología, desfachatez y prejuicio: “La gente del resto de los despachos era amable, pero tan rebosante de bondad izquierdista radical que un día me quedé boquiabierto charlando con ellos, mientras esperaba a que se hiciera el café, cuando usé la palabra “negro” e inmediatamente fui corregido, y de repente descubrí que el hombre que les fregaba la oficina y los váteres, era negro. Eran solidarios, igualitarios y buenos en el lenguaje, que ponían como una especie de red sobre esa realidad que se movía tan injusta y discriminatoria debajo de ellos”.

En tiempos de espectáculo, en que la literatura se nutre de lo pop y las imágenes más efectistas y sensacionales del mundo audiovisual, Knausgard elige otro estilo. Cual árbol enraizado, que crece y mira desde el pie, despliega su rizoma que se nutre de tradiciones originarias a la vez que da lugar a ramificaciones originales acerca de cómo siente y se las ingenia para vivir un escritor del siglo XXI. Un hombre que dio un volantazo a su vida y en siete años se mudó de país, tuvo tres hijos y escribe una de las empresas más promisorias de la literatura.

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