En favor de la independencia

 

Por J.S. De Montfort

el arte de la fugaEl arte de la fuga
Vicente Valero
Periférica,
2015, Cáceres, 101 págs.

La independencia es una huída, un viaje. Pero también una liberación. Una fuga verdadera es mirar hacia delante, sólo importa el camino. No se hacen preguntas. Se trata, en definitiva, de ir a buscar la certidumbre que aguarda siempre entre los escombros. Es un deseo banzai, y que exige cierto arte. Una decisión difícil pero la única verdadera para un artista. Premoniciones, invasiones psíquicas, levitaciones; He aquí los caminos hacia la invisibilidad del espíritu: el modo en el que el hombre se vuelve poesía.

De esto nos habla el poeta Vicente Valero en su libro El arte de la fuga (Periférica, 2015. Tres viajes: muerte, amor y poesía. Un tríptico de poetas místicos que se nos presentan desde su nobleza sufriente, Juan [San Juan de la Cruz]. Friedrich [Holdërlin] y Fernando [Pessoa]. Semblanzas narrativas del estado del espíritu en un punto determinado de la vida de estos tres grandes poetas; un punto de giro, de no retorno, y que les llevará a la inmortalidad pero también -paradójicamente- al olvido (de sí). Tres poetas que alcanzarán el punto sublime de la desaparición, emancipándose de la tiranía del cuerpo. Valero nos describe tres modos de abrazar a Dios: a través del deceso de la carne, en virtud de la locura, o confundiéndose con la naturaleza. Modos humanos, pues, que abandonan la especulación para abrazar una cierta condición iluminista, de rimas impalpables, tres hombres que caminan sobre su dolor para ascender así hacia las alturas.

Este libro se lee con congoja y fervor, con admiración y recato, con pasión y en la armonía silenciosa de un grande respeto prudente porque la independencia no es cosa sola del escritor, del poeta, sino también del lector, aquel que exige abandonarse a la calma sencilla, al sosiego de una página mágica. Aquel que emprende igualmente un viaje sin retorno. Pues sabe que se puede ser muchos y seguir estando solo, como solía decir Fernando Pessoa.

Fugarse es morar por ningún sitio, abandonar buhardillas, habitaciones prestadas y celdas y perderse en la página del libro.
Un buen libro no es sólo el que cuenta y nos cuenta, sino el que (des)cuenta. Y esto no es un juego de palabras. Esto tiene que ver con aquella cita de Withman, que alumbra el libro de Valero, y que dice así: “Mundo, entérate bien: se desvanece la plata de las estrellas”. Así actúa El arte de la fuga, permitiendo que se desprenda sobre sí el lujo del ocio, la banalidad de la vanidad porque independizarse es también volver al origen, regresar a la nada. La emancipación es el mejor modo para la verdad, dada su naturaleza improductiva. Es el suicidio de la razón, que deja al alma libre. Provechosa y, justo por ello, intrascendente.

Juan [San Juan de la Cruz], un fraile distraído y un poco loco, místico, santo y poeta, arriba moribundo a su último destierro, en Úbeda, en el verano andaluz de 1591. Allí repartió sus últimas rimas, sus últimos milagros. Juan, que se dejó devorar por un rosario de úlceras que no consiguieron cicatrizar, castigando al cuerpo, sin piedad. La independencia como una constatación, un hecho, no ya un deseo ni un anuncio: un silencio enamorado. Escribe Valero: “morir es unirse a los más claro, transformarse en serena claridad”. Juan murió un 13 de diciembre, de 1591.

También Friedrich [Holdërlin] era un hombre enamorado, que por mor de Susette, su gran amor, realiza un viaje a pie de más de mil kilómetros, de Burdeos a Francfort, con parada en Stutttgart; guiado por las odas de Píndaro. El solitario cantor de Nürtingen, espoleado por un presentimiento, se devuelve con la intención de ver a su amada. Así nos describe Valero su destino: “el de [ser] relámpago enamorado, luz y dolor, himno abierto a los sueños más altos y a los misterios más bellos en una edad de plomo”.

Friedrich no llegará nunca a Francfort, pues en los días de su estancia en Stuttgart recibe la funesta noticia de la muerte de su amada. Friedrich regresará, por contra, a su patria odiada, con su madre, a dedicar su vida a guardianear los himnos sagrados.
La liberación de Fernando Pessoa se producirá en virtud de su sometimiento a esas otras voces del mundo, que le llevarán a convertirse en un medium literario. Valero nos da cuenta de la noche en la que a Fernando le posee la voz de Alberto Caeiro, de cómo su alma se convierte en un evangelio de heterónimos. Así, se libera de sí mismo a fuerza de dejar de pensar el mundo (metafísicamente), simplemente mirándolo y estando conforme con él. Fomentando la despersonalización, gracias a la multiplicidad, Fernando se hace naturaleza de la que, en una sola noche, surgen limpios, sin tachaduras, más de trescientos versos que le desgranan (a Fernando) en porciones ideales de sí mismo.

Esto concluye en que la independencia es un camino que se hace andando, como bien nos muestra Valero, y aquel que camina, nos dice el poeta ibicenco, “ama y odia a la vez el mundo tal como está hecho y le ha sido dado, con una fuerza titánica, abrasadora, y seguramente nunca consigue comprenderlo bien”.

El alma del caminante está llena de voces diferentes, voces de otro mundo, sombras amorosas a las que conviene perseguir, si es que uno, desea saber, al fin, cuál es el sentido último de su propia existencia. Si es que uno tiene la valentía suficiente para dejar que esa aparición misteriosa que es la verdad del mundo sea capaz de abrirse camino entre la niebla.

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