El hombre que amaba a las mujeres

2010 08 28 JUAN TERRANOVA - Audiovideoteca de Buenos Aires CCR 01 (foto Vito Rivelli) (1)

Por Virginia Ruano

“La piel, nuestra piel, esta maldita piel. Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel”, escribió Curzio Malaparte, uno de los escritores italianos más polémicos del siglo pasado, en su novela La piel. Recientemente, el escritor Juan Terranova publicó su última novela, con título homónimo: “Desde mi humildísimo lugar, busco homenajear al que fue uno de los grandes escritores italianos del siglo XX. Su novela no tiene tanto que ver con la mía… ¿o sí? Quizás se podrían hacer algunas comparaciones y encontrar algunas relaciones con el capítulo que le da el título a la suya. Malaparte me resulta siempre una inspiración. Y como todo homenaje, también se trata de un robo. Él lo entendería”.

La novela comienza con un despido que puede leerse en clave autobiográfica, sumado a ciertos tópicos que pueden rastrearse a lo largo de todos tus libros, como las reflexiones que el personaje principal hace sobre el periodismo, la presencia ineludible de Buenos Aires, una escritura atravesada por el discurso psicoanalítico, ¿puede ser que estemos frente a tu novela más personal, más íntima?

Bueno, las novelas son artefactos que permiten todo tipo de especulaciones a ese nivel. Es como si estuvieran hechos de espejos. Sí, la novela argentina es, un poco, como la bola de espejos colgando del techo oscuro de un salón de fiestas. La fiesta ya terminó, ahora suena otra música, menos estridente, la pista está vacía, pero la bola de espejos sigue girando. A diferencia de los idiotas de la crónica contemporánea, para los que el logos es apenas un medio de comunicación y la realidad, un beneficio maleable, el novelista, por el mismo hecho de poner su texto bajo el amparo de ese género, consigue borrar y construir marcas que pueden ser leídas de muchas maneras diferentes, incluso opuestas. En este caso puntual exploré dos fantasías clásicas, primero la del ermitaño, después la del libertino. Si hay verdad en mi libro es porque en algún momento esas fantasías fueron seductoras para mí. La vida simple, austera, despojada, luego la vida voluptuosa, amoral. ¿Se puede decir que soy el único en fantasear con eso?

La estructura de la novela es similar a la de un diario íntimo, pero no queda registrado de qué día ni de qué año se trata. ¿Qué buscás con estas omisiones?

En realidad, escribí la novela pensando en el estilo de los muros de Facebook. Pero no para reproducir lo que se cuenta ahí, sino, justamente, lo que no se cuenta ahí.

¿Cómo te interesaste por el mundo de la cirugía plástica?

Un editor de una revista me encargó un artículo sobre el tema y cuando la hice, me la rechazó. Así que en respuesta a esa frustración escribí la novela.

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¿Cómo pensaste el uso del lenguaje en la escritura de las escenas eróticas? Llama la atención la elección del verbo fornicar, sobre todo por la carga religiosa que connota.

Es una palabra que yo uso siempre. Una palabra fuerte, que no deja dudas. La efe, la erre central, la c sonando como k y la erre final. Tres sílabas que hablan de una insistencia, de un ritmo, de una repetición, es un verbo casi percusivo, serruchador. El otro día le grité a una mujer por la calle: “¡Fornicadora!”. Ella giró y me tiró un beso.

¿Te impusiste límites en la escritura de estas escenas? Más allá de los pensamientos y deseos que tiene el personaje, siempre termina haciendo solo aquello que le piden las mujeres.

Es curioso que digas eso porque hace poco me preguntaron cómo había logrado hacer tan misógino al personaje. ¿Odia a las mujeres y les hace caso?

Al menos en las escenas eróticas, siempre hay un acuerdo entre las partes, una búsqueda sexual compartida, ¿por dónde entraría la misoginia?

Es una buena pregunta. Son palabras que hoy se usan con mucha facilidad, todo es “misógino” o “fascista” o “violento”. Hay una paranoia muy rápida, casi vertiginosa con ese vocabulario. La prepotencia del correcto, la verdad de la indignación. El siglo pasado la pregunta fue por la banalidad del mal, creo que  este siglo deberíamos preguntarnos por la banalidad del bien.

En la contratapa, Gonzalo Garcés plantea que el personaje es siniestro y un psicópata. ¿Pensás que es así? ¿No hay un atisbo de romanticismo en la estafa que realiza (que incluso podría vincularse con Los siete locos)? ¿No es acaso su relación con Majo una historia de amor?

Gonzalo Garcés es tan buen editor, tan amable, prolijo y atento, lee tan bien y explica sus ideas y lecturas con tanta precisión que no me animé a contradecirlo. La experiencia de tenerlo de editor fue tan buena que no pude ir contra esa contratapa, que después de todo es una lectura más. Yo disfruté mucho la escritura de mi novela. Cuando me perdía, cuando perdía el hilo de la narración, lo único que tenía que hacer era leer mi diario interior, el que se escribe del lado de adentro de la caja craneal, justo entre la libido y la neurosis. Así que no puedo dar muchas interpretaciones pero me encanta, cómo no, que se asocie al protagonista con Los siete locos. Y quiero decir que siempre lo vi como un hombre que amaba a las mujeres. Quizás demasiado. Seguro que no como ellas desean ser amadas. Pero ¿no es esa una de las características fundamentales del amor? Nos llega, nos llega siempre, pero nunca como lo estamos esperando.

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